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sábado, 14 de enero de 2017

Alucinada



Pensar que han pasado dos semanas desde que él entró al anticuario y sostuvimos una pequeña charla. Todavía no concebía la idea de haberlo conocido. David W. Colbert alcanzó el reconocimiento y la fama mundial desde la adolescencia. Sus pinturas y esculturas son cotizadas y han estado en las más prestigiosas galerías del mundo desde hace quince años. Su estilo es macabro, le rinde culto a la muerte, precedida por la sangre y la violencia más extrema. Por él fue que me dio por interesarme en las Bellas Artes, aunque de «bello» no había nada en su arte. Lo catalogan de distante, misterioso y extravagante, aunque el último se refiere a la negativa constante de no permitir fotógrafos ni camarógrafos durante sus apariciones, pese a que sus fotos aparecen con frecuencia en las portadas de las principales revistas del país. Jamás se le ve en público; nadie sabe dónde vive ni con quiénes se relaciona. Poco se conoce de su vida personal: es británico y huérfano de ambos padres desde muy niño. Lo criaron unos tíos paternos los cuales nunca habla. Tiene una fortuna que lo haría jubilarse antes de los treinta. Vivió un tiempo en Nueva York y después desapareció, para luego incrementar ese halo tan misterioso con el que la gente lo ha querido envolver.
Bajé del auto, hurgando en el bolso las llaves del anticuario. Me lamentaba no haber aprovechado para intercambiar opiniones con alguien que compartía mi amor por el arte, y esa oportunidad jamás se me volvería a presentar.
Di con las llaves, y en el preciso momento en que me disponía a abrir la puerta… el descapotable negro se aproximaba como si lo hubiera invocado.
Permanecí estática contemplando la magnificencia que ejercía la potente máquina sobre los demás automóviles estacionados cerca. Era fenomenal, un Lamborghini de líneas perfiladas y aerodinámicas. A mis ojos, el auto de Batman, en su última película, se había quedado en pañales.
Se estacionó a las puertas del Delta, el edificio que estaba justo enfrente del anticuario.
Al bajarse David de su auto, me emocioné saludándolo con la mano. Pero enseguida mi sonrisa se desvaneció y la mano quedó congelada en el aire al advertir que no me devolvía el saludo. Lo peor fue que desde el asiento del copiloto se bajaba una mujer elegante y muy rubia. Tan rubia que sus cabellos eran casi blancos.
Me paralicé al verlos alejarse hacia el edificio. «La rubia platinada» lo abrazaba con cariño, como cualquier mujer a su hombre cuando está enamorada, aunque me fijé –para mi dicha– que él no buscó su abrazo.
Furiosa por su indiferencia y sintiéndome como una tonta, me apresuré en abrir la puerta. No volteé el letrero de «Abierto» ni encendí las luces y me fui hasta el fondo de la tienda.
En penumbras permanecí pensativa conteniendo las ganas de llorar por considerarme tan patética.
Pero ¡¿en qué estaba pensando?! —Me senté en el escritorio de tía Matilde— ¿Que se iba a enamorar de mí a penas me viera?
Pobre idiota.


*****



Mientras transcurría la tarde, mi curiosidad por saber de David aumentaba. Era la primera vez que me obsesionaba con alguien. ¡Quería saber todo de él! ¿Dónde residía? ¿Tenía amigos en el condado? ¿En Morehead City? ¿Beaufort? ¿Isla Esmeralda? Y si no… ¿qué hacía para divertirse? Aparte de entretenerse con las mujeres, claro. ¿Tenía pasatiempos?, ¿cómo cuáles?
Estuve sola durante el día. Tía Matilde hacía unas diligencias importantes fuera del pueblo. Entre tanto, yo mantenía la mente ocupada en el computador, revisando las redes sociales. Dando «me gusta» a las fotos que mis amigos subían al Facebook, o un «retuit» a los comentarios que escribían por el Twitter.
Estaba tan abstraída que no escuché la campanilla de la puerta ni me percaté de la persona que estaba detrás del mostrador aguardando por mi atención.
Era David.
Me sobresalté, alucinada. Lo último que hubiera imaginado, era verlo de nuevo en el anticuario y menos cuando pareció que me había ignorado en la mañana.
Hola. ¿Me recuerdas?—sonrió con un poco de timidez.
¡¿Que si lo recuerdo?!
No me lo quitaba de la cabeza.
Detrás del monitor, asentí y me levanté de la silla con torpeza.
—Sí, claro. ¡Cómo olvidarlo! —Me ruboricé—. ¿Viene por la caja musical?
David sonrió.
La verdad es que no estoy interesado en comprar —dijo sin quitarme la mirada de encima.
No me movía, mis pies seguían detrás del escritorio y con el corazón desenfrenado.
¿Ah, no? Entonces, ¿en qué está interesado?
Bueno…
Para mi desconsuelo, la campanilla sonó y esa vez pude percatarme de la persona que entraba.
¡Oh! ¡Aquí estás! —exclamó la mujer de cabello platinado—. ¿Qué haces aquí, David? —inquirió, llevando sus huesudas manos sobre el pecho de él.
Supuse que era su esposa, aunque enseguida me fijé en la ausencia de anillo matrimonial y, que por suerte, tampoco tenía un anillo de compromiso. Concluí que se trataba de otra conquista más.
De cerca, la mujer era mucho más hermosa, casi tan alta como él, con unos fríos ojos azules que podrían matar a cualquiera con solo mirarlos.
Observé la reacción de David al percatarse de su compañera. Estaba serio, casi molesto, parecía que no le hacía mucha gracia verla en el anticuario.
—Curioseaba —respondió, monocorde.
La mujer fingió sorpresa y lanzó una mirada despectiva a su rededor.
—¿Desde cuándo te gustan los trastos viejos? —sonrió con jactancia.
La sangre me hirvió.
No son «trastos viejos», señora —casi le grité—. Son objetos antiguos y de valor.
¡Señorita! —me corrigió enojada. Luego se volvió hacia David cambiando su áspera voz a una melodiosa—. Amor, recuerda que hay muchos estafadores por ahí…
Disculpe, «señorita» —volví a replicar—, pero somos miembro de la Asociación Nacional de Coleccionistas y Anticuarios, y no vendemos «trastos viejos», como usted dice.
A David casi se le escapa una sonrisa, en cambio a la mujer le cambiaron los colores del rostro.
¿Acaso eres una experta? —Me miró con hostilidad.
Lo suficiente dije sin dejarme amedrentar. Y puedo garantizarle que los objetos que vendemos son legítimos. Cada uno de ellos tiene un documento que avala su procedencia y antigüedad.
De veras… —expresó con pedantería.
Basta, Ilva —intervino David susurrándole al oído.
Alcancé a leerle los labios, le decía algo como: «Todos los objetos son antiguos. Si te lo digo yo…».
La mujer, enojada, dio media vuelta hacia la puerta, retumbando sus tacones de aguja. David me miró tan intensamente que casi se me explota el corazón de la emoción. Me habló despacio y sin sonido alguno de voz. No obstante, pude leerle los labios con mucha facilidad, y era que de ellos brotaban las palabras: «lo siento».
Luego se marchó detrás de la odiosa mujer.

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