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jueves, 12 de enero de 2017

Capítulo 1



Poco a poco fui abriendo los ojos mientras salía de la inconsciencia. Los párpados me pesaban horrores; un pestañeo era un gran esfuerzo y, la sed, tremenda. Había logrado emerger de una densa capa de oscuridad. La nada misma. Podría decir que estuve allí por un tiempo difícil de calcular. ¿Un mes? ¿Un año? ¿Un siglo? Solo Dios lo sabrá. Estuve atrapada y ahora era libre.  
Carraspeé, sintiendo que la garganta me ardía; el tiempo atrapada en la vacuidad me había desprovisto de alimentos y bebidas de forma inmisericorde. ¿Qué mal había hecho como para merecer tal castigo? Más que el hambre, la sed me mortificada. Demasiado dolorosa; ni cuando me perdí en los Apalaches, había sufrido con tanta crueldad.
Entonces, a mi mente acudieron recuerdos aterradores de una muerte violenta: mi propia muerte.
Me sobresalté y me llevé la mano al cuello.
Cielos…
No sentía dolor; la piel la tenía lisa, sin perforaciones.
 ¿Realmente ocurrió?
Lo pensé un instante.
Sí, realmente ocurrió. Fui mordida por un vampiro. Un hecho insólito en un mundo plagado de gente que no creía en mitos o leyendas. Y yo era una de ellas.
Era… ya no.
Por Dios, los vampiros existían… ¡Existían! ¡¡Existían!!
Quién me iba a decir que yo sería una de sus víctimas.
Las descripciones en las películas, las novelas… Todo era real. Estábamos rodeados en un constante peligro y sin darnos cuenta. La mejor forma de mantener un importante secreto, era contándolo a voces. ¿Quién lo refutaría? ¿Los fanáticos de lo paranormal?
Mis párpados se expandieron perplejos hacia el techo tallado en madera y adornado con detalles majestuosos que le daban un aire de estar cobijando a la misma realeza.         
Me senté y reparé que estaba sobre una cama digna de reyes. Y lo hice con mucha rapidez, tan veloz, que hasta yo misma me asusté. Un movimiento particular de abrir y cerrar de ojos, y ya estaba acomodada en otra posición.  
Miré  mi entorno.         
¿Dónde estaba?
El lujo respiraba en cada mueble, en cada lámpara y en cada objeto que había en la habitación. Exuberante y refinado. Hasta la sábana que cubría mis piernas decía en silencio que los habitantes de dicha morada no escatimaban en dinero.
La rabia me atenazó al darme cuenta que había sobrevivido de milagro a un ser vil y sanguinario. No tuvo piedad de mí, solo le importó saciar su sed de sangre; que la pobre chica muriera drenada por sus labios.
Me arrinconé en la cama, observándolo todo, y sintiendo que estaba demasiado asustada para levantarme, demasiado preocupada para explorar el lugar y demasiado enojada como para hacer algo. En ese punto mi corazón debería estar como potro salvaje: corriendo azorado y huyendo del peligro. Sin embargo, no era así, su palpitar era cadencioso, como si lo que estuviera experimentando no le afectara; muy tranquilo y seguro, para mi sorpresa; una contradicción a mi estupefacción.
Lo curioso es que mi vista había mejorado; podía apreciar los colores con mayor intensidad; no me perdía detalle alguno de las formas y tamaños de cuanto había a mi alrededor.
Muy cerca revoloteó un insecto pequeño para el ojo humano, pero gigante para mí. Era un zancudo, solitario y molesto, en busca de sangre, como el sujeto que me acorraló en aquel callejón. Ni el más potente de los binoculares podía captar semejante visión. ¡¿Qué me sucedía?! Podía enfocar, alejando y acercando el objetivo a voluntad. Las alas del zancudo se batían en el aire con una lentitud sorprendente; no tenía prisas, estaba allí para ser observado sin un atisbo de miedo de ser aplastado de un manotazo. Estudiaba la cantidad de patas que tenía, el número de aleteos que hacía para mantenerse en pleno vuelo, la dimensión de su cuerpo, y la fealdad que lo caracterizaba. Todo bien pensado por la Madre Naturaleza. Apreciaba el mundo de un modo diferente a lo que me había acostumbrado. ¡Cuánta belleza nos rodeaba y nosotros sin darnos cuenta! Entendía a esas personas que se interesaban por la ciencia oculta, todo era extraordinario.
La luz de la habitación era tenue, apenas alumbrada por una lámpara de mesa en una esquina alejada; no molestaba, pero observaba su brillo de una forma que nunca había previsto. La pequeña bombilla irradiaba electricidad, brindándome un gran espectáculo; miles de partículas microscópicas la cubrían, tanto por dentro como por fuera, como si danzaran al compás de la música instrumental que se escuchaba de fondo.          
Busqué, sin éxito, de dónde provenía la melodía,  pero al cabo de un segundo, me percaté que el exquisito sonido de un violín se filtraba por debajo de la puerta. Era suave, armónica, con una sensibilidad maravillosa que hacía que mis lágrimas afloraran sin control. Tenía una marejada de sentimientos y emociones que a cualquiera hubiera vuelto loco: furiosa por haber sido atacada, feliz por estar viva, sorprendida del lugar donde me encontraba, y eufórica de las nuevas sensaciones que estaba experimentando.       
De nuevo la sed me atenazaba, esa sed despiadada que me arañaba por dentro. Me picaba, queriéndome introducir un cepillo de dientes en la garganta y rascarme con mucha fuerza. Tosía, no porque estuviese enferma y mis pulmones habían pagado un alto precio a los sucesos anteriores. No…, lo que añoraba conseguir era una calma momentánea ante dicha picazón.         
Me llamó la atención que no existiera ni un espejo como parte del fino decorado de la habitación; puede que su uso estuviera limitado a los confines del baño por considerarse burdo y poco elegante. ¿Qué sabía yo de las costumbres de la gente adinerada?
Nada.         
Y una explosión de preguntas salió de mi cabeza a mil kilómetros por hora:        
¿Dónde estaba? ¿Por qué no me llevaron a un hospital? ¿Por qué la policía no estaba sobre mí para interrogarme? ¿Acaso a nadie le importaba? Y… ¡¿qué llevaba puesto?! 
No había reparado en mi indumentaria: la mejor prenda de dormir de Victoria´s Secret; una bata de seda blanca que se amoldaba con delicadeza a mi figura.         
El rubor me coloreó el rostro y la vergüenza me azotó el pudor; quien haya sido la persona que se atrevió a cambiarme de ropa sin mi permiso, me iba a oír.       
Sin embargo, temblé de preocupación.
¿Para qué me secuestraron?
No me estimaba especial. Era de estatura baja, 1.65 para ser exacta, ojos azules, cabello negro y largo, pero no sedoso como para sentirme orgullosa. Apenas una maraña que me llegaba a mitad de espalda. Y de mi cuerpo, no era precisamente Mis USA, sino una chica común y silvestre, con curvas donde no deberían de estar.
Suspiré ante mis reflexiones; había escapado de la muerte, intacta y sin ninguna explicación que me satisficiera. Me animé a salir de la cama; la sed y la curiosidad pugnaban por alzarse al primer lugar. Las dos me estaban acribillando; necesitaba llenar mi estómago hasta la saciedad con cualquier líquido disponible y averiguar, a como diera lugar, adónde rayos había ido a parar.          
Pero antes de poner siquiera un pie fuera de la cama; incluso antes de iniciar un nuevo pestañeo o una respiración de la que hasta el momento no había utilizado…         
Lo vi.         
A él…         

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