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domingo, 15 de enero de 2017

Capítulo 1



Un mes después…



—Estoy indecisa. ¿Lo tienes menos llamativo? Es para una boda, no para un concurso de belleza —expresó una anciana de 70 años, mirándose en el espejo sobre el mostrador.

Sarah respiró profundo, haciendo acopio de su paciencia, la clienta resultó difícil desde el mismo instante en que entró a su negocio.

—Tengo este —le acercó un collar de una de las tantas bases de cuello de terciopelo negro, ubicado en la estantería a su espalda—. Es sencillo, acorde con la ocasión.

La anciana lo estudió con detenimiento.

—Sí, puede ser… Es bonito. ¿Lo tiene con las piedras negras? Las rojas no me gustan.

Sarah cabeceó.

—Cada prenda jamás se repite —le hizo ver—. Son exclusivos.  Pero si lo desea más regio, le encantará este… —Le mostró otro exhibido dentro del mostrador.  

La clienta sonrió, contenta de haber encontrado el accesorio ideal.

Pagó con tarjeta de crédito, sin protestar por el precio, y se marchó con la promesa de volver a comprar más collares, pronto.

Sarah Simons asintió complacida, sus creaciones eran exquisitas y muy conocidas en toda Nueva Jersey. Desde hacía dos años abandonó Nueva York para emprender un nuevo camino en otro estado. Aunque no se marchó lejos, la distancia se le hacía corta si viajaba en tren, pero eso le tenía sin cuidado, lo que pretendía era estar cerca de los suyos y mantener su tranquilidad mental.

Sobre todo, la de su corazón, que aún no se recuperaba de la decepción causada por su ex prometido al serle infiel con una de sus mejores amigas. Para su desgracia, siempre recordaría la posición sexual en cómo los encontró a los dos en el apartamento que compartían. Irrespetaron la santidad del hogar y su cama, convirtiéndolo todo en algo grotesco, que causaba repugnancia.

Pero logró dejar aquello atrás, ignorando las súplicas de sus padres y amigos, que trataron de convencerla de no alejarse.

No obstante, Sarah consideraba importante poner kilómetros de tierra de por medio entre el dolor causado por Oliver Morgan y Beatriz Davenport.

En más de una ocasión se preguntaba en qué falló. Se consideraba lista, extrovertida, atrevida… Sensual cuando se requería. Una chica guapa de 28 años, de cabello castaño oscuro y ojos verdes, cuya estatura apenas superaba el metro sesenta. Consciente que le faltaba mucho para ostentar la figura de una modelo de pasarela, pero a los hombres les gustaba y se lo demostraban con innumerables piropos y coqueteos. Además, su habilidad para el diseño de accesorios le daba independencia económica y le permitía conocer a una gran variedad de personas de todas las clases e influencias. Esto le brindaba la oportunidad de abrirse paso en el mercado empresarial de los diseñadores.  

Por esa razón, le costaba comprender por qué la traicionaron. Si fuese fría y calculadora, lo entendía, pero jamás fue así, para ella, el amor, la amistad, la familia, ocupaba el escaño más alto en la lista de sus prioridades.

Echó un vistazo a su alrededor y comprobó que, a pesar de todo, su decisión de marcharse valió la pena. Logró abrir un pequeño local en la mejor zona comercial de Madison, una pequeña comunidad suburbana ubicada al sureste del condado de Morris.

Fue un acierto establecerse allí, existía un abanico multicultural entre sus residentes, del cual se enorgullecían.

Aun así…

Se sentía vacía.

Desde su rompimiento con Oliver, le ha costado encontrar pareja. Su ojo selectivo se tornó más crítico. En unos, muy habladores; otros, sus manos cobraban vida propia, terminado en su cuerpo sin que ella lo permitiera. También entraban en la lista negra los que escaneaban cuanto palo con faldas se paseaba cerca.

Un lamentable desfile de inútiles citas a ciegas.

Se hizo el juramento de no volver a caer en ese predicamento. El hombre apropiado vendría en su momento oportuno y la amaría con sus virtudes y defectos.

La alerta de una llamada entrante, sonó en su móvil al instante.

Sarah dejó de vagar en sus pensamientos y caminó hasta su escritorio para tomarlo.

Reparó en el nombre que figuraba en la pantalla.

Sonrió.

Su querida amiga, Luna Ramírez.

—Hola —contestó, distraída, mientras jugaba con el diminuto crucifijo de su cadena de oro. Un regalo de parte de su abuela cuando hizo la Primera Comunión a los diez años de edad.

¿Tienes planes para esta noche? —preguntó Luna sin saludarla. Se caracterizaba por ser risueña con los más allegados y una fiera con aquellos que la ofendían.

—Alquilaré una película.

La otra respiró cansina.

Qué divertida…

—¿Tienes un plan mejor? —inquirió Sarah, poniendo los ojos en blanco. Era habitual que ella propusiera salir a conocer chicos los fines de semana.

Sí, ¿qué te parece ir a Poison?

Sarah arrugó el ceño. No le apetecía asomar la nariz en un lugar donde las hormonas masculinas se alborotaban en un dos por tres. La idea de pasar la noche frente al televisor lo consideraba cada vez más tentador.

—Declino la propuesta.

Desde el otro lado de la línea telefónica, una sarta de palabras incomprensibles se escuchó.

Vamos, Sarah, ¡anímate!  

—Estoy cansada de las citas a ciegas.

¡No lo es! —replicó la otra elevando la voz.

Sarah entrecerró los ojos, intuyendo la mentira. Su amiga hacía lo posible por sacarla del caparazón en que se encerró.

—¿Quiénes van a ir? ¡Sé honesta!

Hubo unos segundos de silencio.

Mi hermano, Camila, Bruno, y… un amigo…

La sangre le hirvió a la muchacha.

—¡Lo sabía! Es una cita a ciegas. ¿Acaso no te cansas de hacer de celestina?

Sarah…

—¡No, no, y no!

¡Ufs! Qué terca eres. Te aseguro que es una salida inocente. Nada hay urdido para que cupido te fleche.

Por más que Luna le explicara, para Sarah le olía a gato encerrado.

—Olvídalo.

Anda. ¡Porfis, porfis, porfis! ¿Síííííí? Necesito olvidarme de esos pequeños demonios.

—Luna…

¿Sííííí?

Sarah respiró profundo. Siempre se salía con la suya.

—Está bien…

¡Sí! Ya verás que te vas a divertir. Bruno, ¿recuerdas a Bruno? Es el chico que te presenté hace una semana, es súper buena onda y me invitó a salir.

Sarah se extrañó.

—¿Y para qué va tu hermano y tu cuñada? ¿Serán tus chaperones? —rio. Luna era maestra de tercer grado en una escuela elemental del pueblo y con los treinta años recién cumplidos.

Já, já, muy chistosa. Nacho se encontrará con «este amigo», para conversar sobre unos asuntos de negocios; así que aprovechó llevar a Camila para que se divirtiera un poco.

—Y, de paso, echarle un vistazo a tu última conquista —agregó Sarah, convencida de que el otro buscaba el pretexto para analizar al hombre que pretendía a su hermana.

Ya se lo advertí —dijo—: si se pone intransigente, de allí lo saco a patadas.

Fue inevitable que Sarah estallara en sonoras carcajadas. Luna hacía mucho que superó la mayoría de edad y se marchó a vivir por su propia cuenta. La sobreprotegían como a una quinceañera ingenua.

A la muchacha le hubiera gustado tener un hermano, pero sus padres se inclinaron para que fuera hija única.

—Bien, nos vemos en Poison —pactó derrotada. Por más que pretendiera huir de situaciones comprometedoras, estas la buscaban.

A las ocho. ¡No me dejes embarcada!

La otra puso los ojos en blanco.

—Ahí estaré…

Colgó, lamentándose de su noche de películas, tendría que postergarlo para otro día. Por lo pronto, haría el esfuerzo de salir y fingir divertirse con una sonrisa congelada en el rostro.
Mataría a su amiga si la pasaba mal. 

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