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sábado, 14 de enero de 2017

Capítulo 1



Noah despertó sobresaltado. Esa noche sus sueños cambiaron. Le presagiaban desgracias que podrían alterar los destinos de muchas personas. La paz, que tanto Allison Owens, luchó por conseguir, entre Portadores y Grigoris, se iría por el desagüe. Y todo, porque algún sujeto decidió que Amara von Dielmissen debía morir.

Eso era un hecho que traería serias repercusiones, tanto para los humanos como los vampiros. Las confrontaciones serían inminentes, si aquella alemana odiosa perecía en un dudoso accidente aéreo. La sangre correría una vez más, hasta que el último adversario se extinguiera de la faz de la Tierra. No habría piedad.

Con manos temblorosas se secó el sudor de la frente. Maldita sea, expresó, cansado de tener a esa mujer siempre en su cabeza. Lo atormentaba a menudo con imágenes candentes de un cuerpo esculpido por los dioses, frotándose desnudo contra el suyo. Pero, en esa ocasión, el erotismo no formaba parte, solo el fuego envolviéndola hasta restarle su belleza, lo dominaba todo.

Y, eso… lo asustaba.

¿Por qué?

Él no sentía nada por ella que no fuera desprecio. Le asqueaba su naturaleza vampírica; que necesitara de un ser humano para alimentarse de este y prolongar su vida a través de los siglos era imperdonable. Porque solo una criatura abominable era capaz de cometer tales actos sin importar a quién lastimaba. Una zorra depredadora que también utilizaba el sexo para manipular a los hombres y después desecharlos como basura. Merecía morir.

Sí… lo merecía.

No obstante, muy en el fondo de su corazón, le indicaba lo contrario. Amara no merecía ese destino.

Se levantó de la cama sintiendo un gran peso sobre su espalda. No era su responsabilidad velar por ella, era una vampira fuerte que sobrevivió a muchos atentados sin la necesidad de pedir ayuda externa. Por algo le temían, sabía cómo defenderse de sus enemigos.

Noah suspiró y la opresión en su pecho aumentó, necesitaba aire fresco para aplacar la inquietud que le embargaba. Caminó hasta unas puertas dobles y las abrió de par en par, emitiendo un sonido en las bisagras por la falta de lubricación. Salió al balcón. Estaba en el tercer piso de un hotel de mediana categoría, en las costas del estado Vargas, en Venezuela. Como teleportador, podía darse el lujo de hospedarse en los mejores lugares y disfrutar del esplendor de los países tropicales sin pagar un centavo. Su poder «saltador» le ofrecía la ventaja de movilizarse de un sitio a otro en un abrir y cerrar de ojos. Pero no estaba para disfrutar como si fuera un vago, ya lo había hecho y aquello no alcanzaba para hacerle sentir bien. Así que un hotel con pocas estrellas y pagando su estadía no le haría menos infeliz.

Respiró profundo el aire salino proveniente del Mar Caribe, llenando sus pulmones hasta su máxima capacidad. Lo soltó de golpe como si con eso pudiera revitalizarse. Hacía calor, la temperatura oscilaba por los 38ºC y amenazaba con empeorar y sofocar a los temporadistas. Hacia el norte del continente americano el otoño estaba en su apogeo, pero, por esas latitudes, el clima era inclemente. Le tenía sin cuidado que alguien lo pillará en calzoncillos, dudaba que se escandalizara por estar escaso de ropas y faltara a las «buenas costumbres» de la zona.

Sus ojos, en extremo grises, se fijaron con atención sobre el paisaje y se maravilló. Su cabello negro y alborotado se ondeó un poco con la brisa marina. Por estar ensimismado no apreció lo que tenía enfrente. La playa Candilejas, de arena fina y oleaje moderado, era hermosa, con un azul impactante que se perdía en el horizonte. Una excelente opción para todos aquellos que deseaban escapar del bullicio de la ciudad y refugiarse en la tranquilidad de la naturaleza.

Suspiró.

En cambió él… tenía tres años huyendo de sus demonios, apartado de su familia. El Augur –líder de los Portadores– los sentenció, a él y a Allison, de mantenerse fuera de sus vidas. Un castigo que era cruel. No solo ellos sufrirían del alejamiento por ser traidores de la Hermandad de Fuego y haber ayudado a David Colbert en salvar su reino, sino que sus abuelos, su padre adoptivo, la señora Matilde, pagarían con la ignorancia de sus paraderos.

Pero no se arrepentía. Si su amiga era feliz, él era feliz.

Lo que era contradictorio para el chico.

Aceptaba el matrimonio de un Grigori y una Portadora. Pero no aceptaba el amor que a él otra eterna le ofrecía.

Cerró los ojos cuando una punzada le golpeó en el estómago. Fue como un puñetazo que le recordaba su soledad y el hecho de que Amara estaba en peligro.

Sacudió la cabeza lleno de frustración. ¡¿A él qué le importaba ella?! Si se buscó una bronca entre su gente, era su problema, no el suyo. 

Se alejó del balcón, arrastrando los pies, y se dirigió al baño para asearse. La pequeña estancia apenas era un poco más grande que el ropero que tuvo en su antigua habitación. Se las arregló para que su metro ochenta y cinco de estatura estuviera al mismo nivel del roído espejo que estaba sobre el lavabo. 

Tomó el cepillo de dientes y lo untó con crema dental. No es mi problema… se repetía, una y otra vez, para convencerse a sí mismo de que era mejor mantenerse a raya de cualquier conflicto bélico. De ese modo, no pelearía una guerra ajena.

Observó su rostro en el espejo y se alarmó. Lucía diez años más viejo, con ojeras profundas y el cansancio reflejado debido a noches de insomnio. Apenas tenía 23 años y parecía que hubiese vivido muchos más. Estaba harto de tener que preocuparse por asuntos que no le concernía, no era su problema, que la vampira se las arreglase sola, él ya tenía suficiente con los suyos.

Comenzó a mover de forma enérgica el cepillo dentro de su boca, mientras sus pensamientos seguían en la pesadilla. Sus visiones nunca fallaban. ¿Podría Amara salvarse de la caída de una avioneta? Cuando un aparato de esos se desploma, las probabilidades de supervivencia son casi nulas. Aunque, existía un factor primordial que obraba a su favor: no era humana. Pero poco le garantizaba que saliera airosa del fuselaje destrozado.

¿Por qué lo hicieron? ¿Qué razones tuvieron para atentar contra ella?

No es mi problema…

Noah terminó de cepillarse los dientes y se duchó con rapidez. Tenía la creciente necesidad de largarse de allí y perderse en los brazos de alguna muchacha que quisiera brindarle su cariño. Su atractivo físico no pasaba por alto entre las féminas y, estas, gustosas, se ofrecían sin resistencia.

Salió del baño con la toalla alrededor de su cadera y las gotas de agua cayendo de su cuerpo. Buscó entre su mochila, que reposaba sobre una silla, por otra muda de ropa, y procedió a vestirse. Unos vaqueros bastante roídos y una camiseta blanca sin ningún tipo de estampado. Lo simple le gustaba. La chaqueta de cuero tendría que aguardar por un tiempo hasta que decidiera que Latinoamérica ya no le ofrecía ningún tipo de distracción. 

Entonces, un retazo de tela cayó de la mochila al piso.

Noah quedó paralizado, observándolo con detenimiento. Era un recordatorio de lo que sucedió en Inglaterra, cuando él le ofreció a Amara su sangre. La Grigori lo salvó de ser acribillado por las balas en los jardines de Bamburgh, cubriéndolo con su propio cuerpo, como un escudo protector que absorbía su fuerza letal. La acción la debilitó a tal punto que un mortal sin poderes podría aniquilarla con sus manos.

Pero él no lo permitió y se teleportó con la vampira a una de las habitaciones del castillo. La alimentó de sus venas en agradecimiento. Sus labios carnosos se posaron sobre su brazo izquierdo y se cerraron, clavándole los colmillos con delicadeza. El drenaje lo aturdió y, por un momento, que le avergonzaba admitir, lo había excitado. Se imaginó que, en vez de succionarle la sangre, le succionaba su virilidad. Tuvo que concentrarse en el odio que le tenía para evitar que tuviera una erección frente a ella. Ejerció tanta fuerza sobre la manga del vestido de la mujer que lo rasgó con facilidad.

Todavía no se explicaba qué lo motivó a mantenerlo consigo, tal vez, sería un medio para espiar sus movimientos de manera psíquica, en caso de que esta quisiera hacerle daño por haberla rechazado. La alemana era de tener cuidado.

Gruñó una palabrota y recogió el retazo de tela para devolverlo a su escondite.

Pero no contó que su clarividencia saliera a flote de forma imprevista.

La vio herida.

La vio sedienta.

La vio moribunda…

Noah parpadeó y soltó el retazo, abrumado por sus visiones. Ella lo necesitaba.

¡NO!

Se recriminó, llevándose ambas manos a la cabeza. ¡Que se jodiera! Él no la ayudaría. Que sus súbditos la buscasen y le proporcionaran la ayuda necesaria.

Sacudió la cabeza, una vez más. Amara estaba herida.

—¡SALTE DE MI MENTE! —gritó a todo pulmón, mientras caía de rodillas en el piso. Jamás permitiría que la angustia lo comandara. Era un Portador, enemigo natural de los vampiros. Nació para darles cacería y librar al mundo de la plaga que ellos representaban.

Pero Amara era diferente… Se lo demostró en más de una ocasión, era batalladora e indomable. Doblegarla sería imposible.

Sin embargo, estaba herida…

—Esta te la cobro —se quejó para sí mismo, dándose por vencido del conflicto interno padecido.

Alargó la mano y recogió el retazo de tela, para obtener otra visión. Su clarividencia era efectiva. Si quería ayudarla, debía ubicar con exactitud el lugar del siniestro.

Cerró los ojos y respiró profundo.

Árboles era lo que veía. Mucha naturaleza rodeándola. El cielo claro cortaba su piel. Estaba en medio de un bosque, y entre la escasa penumbra, sintió desconcierto.

Rápido se llevó la mano al pecho al darse cuenta de que eran los sentimientos de la que menos hubiese deseado que los tuviera. Ella se sentía derrotada con la certeza de que no vería un próximo día. Estaba enojada consigo misma, por haber sido una presa fácil de cazar.

Por la forma en cómo Noah captaba todo, se arrastraba con dificultad. Pero, ¿hacia dónde? Giró sus ojos en todas direcciones y lo único que podía captar, era árboles. No obstante, observaba que una montaña boscosa se alzaba a su alrededor. De pinos altos y terreno escarpado. Un área inaccesible para muchos hombres, pero no para él. En algunas partes, la luz del día lo cegaba, lo que hizo que se inquietara, los rayos solares impediría cualquier tipo de ayuda que Amara pudiera recibir de su gente. Para rescatarla, tendrían que esperar hasta que el sol cayera y, tal vez, sería demasiado tarde. Porque estaba seguro que ella estaba expuesta sin ningún tipo de protección.

Rogaba que dichos vampiros tuvieran trajes antisolares para movilizarse mejor. De esa forma llegarían rápido, como lo hicieron los que invadieron Bamburgh; muchos usaron esa indumentaria para protegerse del sol y tener una ventaja sobre los residentes del castillo.

Ubicarla se le complicaba. No hallaba alguna señalización o edificación que lo orientara, indicándole a qué punto geográfico la aeronave había caído. Solo veía árboles y más árboles.

Pero eso no era un problema.

Qué idiota…

Se concentró en un árbol específico. Estaba partido en dos como si un rayo le hubiese caído encima. Se teleportaría hasta allá y utilizaría el retazo de tela como una brújula que lo guiaría hasta la vampira.

—Manos a la obra.

Se levantó del piso y tomó la mochila, juntando sus cosas de mala gana. Le daría una pausa a sus largas «vacaciones» y se marcharía para emprender una nueva aventura. Ya vería qué haría cuando se encontrara con Amara.

Quizás… la mataría.



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