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domingo, 15 de enero de 2017

Capítulo 1



Un año después.

Domingo de Ramos.



Es un hecho maravilloso cuando la Semana Santa le da un respiro a mi ajetreada rutina en la universidad. Siete días, en lo que la mayoría de la gente se pierde entre playa, excursiones, rezos y algarabía. Mis amigos y yo no escapamos a eso y decidimos apartarnos del bullicio de Caracas y refugiarnos en la tranquilidad de la Madre Naturaleza. 

Verónica, mi buena amiga, me convenció de acompañarla a la hacienda de su familia que queda en El Jarillo, estado Miranda. Estaría a la disposición las veces que ella quisiera. La Ponderosa, bautizada así por la famosa y antigua serie de televisión: Bonanza, y del cual su padre se declaraba un ferviente admirador, era un lugar de ensueño, muy cómodo, para despejar la mente y purificar los pulmones de tanta contaminación ambiental.

A pesar de todo, yo no superaba mi incomodidad. Sentada en la parte trasera de un Chevrolet Blazer, gris plata del 2008, me sentía como la quinta pata de la mesa, siendo la única del grupo que no tenía pareja; y desde hacía meses, la cosa venía siendo así: soltera  y a la orden, pero con ningún prospecto masculino a la vista. No uno que lograra atrapar mi atención como lo hacía Isaac Martínez, mi ex mejor amigo. Y vaya que ese chico me hacía temblar como gelatina. Pero le pertenecía a otra, cuyos sentimientos no eran compartidos con la misma intensidad. Caprichosa, interesada, hija de papi... solo tiene visión para la moda y el dinero. 

Ha pasado un año desde que Isaac y yo discutimos en la fiesta de su cumpleaños por culpa de esa idiota. Patricia, una vez que posó sus garras de rapiña sobre él, lo seguía a todas partes. 

Me dolió que Isaac me dejara plantada en la cocina. Desde ese entonces, no nos dirigimos la palabra. Reconozco que lo extraño. Éramos carne y uña. Nos contábamos todo, hasta desnudar el alma. Siempre fue así, a pesar de amarlo en secreto. Nunca fui de su tipo. Le gustaban las rubias voluptuosas y desenfrenadas. En cambio, yo: bajita, con algunos kilitos de más, y de cabello oscuro, no era de su gusto personal. Más bien, fui la tabla de salvación en las incontables mentiras para salir del apuro con sus admiradoras. Sin embargo, con Patricia fue diferente, lo que me extrañó, ella no encajaba en el perfil acostumbrado; era de mi tamaño, común, y con una sonrisa, que daba méritos: atrapaba al objetivo a la primera. 

Suspiré y me enfurruñé en mi asiento, contando los minutos que faltaban para llegar a la hacienda. Miré mi reloj y eran casi las ocho de la mañana. Madrugamos con la intensión de sacar el máximo provecho a nuestras vacaciones. Pese a ser católicos, preferimos dejar la rutina de la Semana Santa a los mayores y aquellos, cuya fe era inquebrantable. Nuestra juventud nos impulsaba a ser aventureros, a tomarnos la vida más a la ligera sin caer en la irresponsabilidad, pero, sin lugar a dudas, más amena.

Viajé en la camioneta del novio de Verónica; el trayecto se me hizo insoportable, presenciando innumerables caricias entre esos dos, y los lengüetazos entre Laura y Armando, a mí lado. Dos parejitas melosas que no escatimaban el lugar ni la hora para profesarse el amor que se tenían.  

Cielos…

Y yo sola, teniendo que soportarlos.

Por lo menos la vista del entorno me mantenía abstraída, permitiéndome disfrutar del trayecto hasta El Jarillo. Comunidad fundada por alemanes, ubicada a 20 kilómetros de Los Teques y una hora de Caracas. El poblado tiene la particularidad de ser un lugar propicio para los amantes de la naturaleza y la adrenalina, allí se practican deportes extremos desde el parapente hasta el ciclismo de montaña.

Carlos y Armando llenaron la camioneta con toda clase de artilugios deportivos para pasarlo bien. A ambos suelen gustarle el ritmo fuerte, adónde quiera que fuesen. Eran como hermanos; parte de los Tres Mosqueteros, como así solía llamarlos Verónica cuando se juntaban. Pero el tercer integrante seguía ausente. Él, desde hacía un tiempo, se mantenía alejado por múltiples compromisos y porque la bendita novia era absorbente.

Lo que era bueno para mí, que no deseaba encontrármelos, con sus sonrisitas tontas y demostraciones de afecto. Detestaba que esa idiota me restregara en la cara cuánto él la adoraba, haciendo que la besara, mimándolo, llamándolo con nombres cursis, que provocaban ganas de cometer un asesinato. 

Pero más me vale que no hubiese sacado rápido conclusiones…

Tan pronto llegamos, lo primero que vi en el amplio portón de la hacienda, fue el Jeep negro de Isaac, estacionado, y él afuera, de brazos cruzados, esperando a que le abrieran.

¡¿Pero qué demonios…?!

¡¿Qué hace él ahí?!

Se suponía que viajaría al extranjero con Patricia, no que se pusiera de acuerdo con nosotros para encontrarnos en la Ponderosa.

—Verónica… —llamé a mi amiga, enojada. Me las iba a pagar por no informarme al respecto.

La condenada rubia se encogió en el asiento del copiloto y sacó su móvil para evitar escuchar mis reproches.  

Empuñé las manos y ahogué un improperio. Ese bastardo esperaba a que el capataz abriera el portón como si fuera Dios en la Tierra.

Lo observé.  

Rayos, se lo veía tan guapo, que casi me atraganto con mi propia saliva.

Cada vez su aspecto físico mejoraba. Alto, de un metro ochenta y ocho de estatura, cuerpo de infarto, piel bronceada. Su melena marrón acentuaba sus facciones tan varoniles: mentón cuadrado, labios carnosos, nariz recta y unas cejas pobladas que enmarcaban unos diabólicos ojos verde-miel.

Pero lo que más me encantó, fue que se hubiera dejado crecer la barba.

No de un modo que pareciera el hombre lobo, se la dejó incipiente, de unos días sin rasurar. Le oscurecía un poco el rostro, y lo hacía malditamente sexy.

Fue inevitable que Isaac y yo cruzáramos las miradas. La suya fue de incredulidad y la mía de desasosiego. Frunció el ceño ante el desagrado que mi presencia le causaba.

Sin duda alguna tampoco esperaba que yo estuviera ahí.

Irritado por haberle echado a perder las vacaciones, se subió al Jeep Renegado, cerrando la puerta con fuerza. Entornó sus ojos hacia el parabrisas y apretó el volante, mientras que el capataz abría de una vez el portón para permitirle el paso. 

El todoterreno fue el primero que se adentró, colina arriba, como queriendo alejarse lo más pronto posible de mí. 

Le dediqué una mirada envenenada a Verónica y la increpé:

—¡¿Por qué no me dijiste que él venía?! —Mi corazón latía desaforado. No me pasó por alto que llegó solo.

Laura y Armando dejaron de besuquearse, y Carlos soltó una risita, secundando la marcha vehicular. 

La aludida giró el rostro y sus ojos verdes se posaron sobre mí para responderme sin un atisbo de vergüenza:

—Porque si te lo decía no vendrías. 

¡¿Qué?!

Me dieron ganas de darle un pescozón. 

—¡Por supuesto que no iba a venir, tarada! No le quería ver la jeta a ese pendejo. 

Verónica endureció la mirada. 

—¡Ay, ya basta! —me gritó—. ¡Es hora que ustedes hagan las paces! 

—Sí, Andrea; haz el amor, no la guerra —expresó Carlos con picardía. Movió la palanca de cambios y aumentó la tracción de su camioneta. La hacienda se vislumbraba en la cima, imponiéndose majestuosa con sus tres plantas, balcones amplios, y arquitectura estilo europeo.

Armando se carcajeó y Laura le reprendió en voz baja. Para él, el comentario encerraba una propuesta indecorosa de la que yo tenía que tomar en cuenta.

—Já, ... —reí, cruzándome de brazos, simulando estar enojada. Pero, la verdad, es que los nervios, me ganaban la partida. 

Él estaba allí…

Carlos avanzó y se estacionó al lado del Jeep de Isaac.

Nos bajamos, respirando profundo el aire fresco de la montaña. La temperatura del ambiente oscilaba entre los 18ºC, por lo que no era necesario usar gruesos abrigos para protegernos del frío. El clima era genial, pero, aun así, temblaba incontrolable. Un defecto del cual siempre me caracterizó por mi poca resistencia a las bajas temperaturas.

––¡Eh, Isaac! ––exclamó Carlos, apenas lo vio.

El aludido entornó la mirada hacia este y luego hacia mí, como un acto de reflejo, para luego fruncir las cejas con enojo.

Estrecharon las manos y luego se dieron un abrazo fraternal. Tenían varias semanas sin verse. Isaac se alejó del grupo por estar atendiendo a su demandante novia y los muchachos lo extrañaban.

Isaac dijo algo al oído de su amigo pelirrojo y me miró de refilón. No supe qué, pero tuve la sensación de que mi presencia tenía que ver.

Armando también se acercó para saludarlo. Le agradaba verlo en la hacienda, como si el sol apenas comenzara a salir, tras meses de plena oscuridad.

Me mantuve relegada, dejando que ellos se pusieran al día. Era un acontecimiento feliz de la que toda chica no comprendía muy bien. Los tres amigos se reunían de nuevo, para emprender, una vez más, aventuras descabelladas de las que hablarían después con orgullo.

—¡Hasta que te decidiste!, ¿eh? —expresó Armando, dándole una palmada en la espalda.

Isaac lo empujó sonriente.

—No tuve alternativa, ella tuvo otros compromisos.

Armando lo estudió con detenimiento. Al parecer, la explicación no le convencía. Por norma general, Isaac hacía lo que le daba la gana sin rendirle cuentas a nadie. Planeaba un viaje al extranjero de la noche a la mañana, llevando consigo un morral y el pasaporte, y se perdía durante días. Que sus acciones dependieran de otra persona era reprochable. Desde que lo conocía, este se jactaba de ser independiente, aventurero, explorando cada tramo del mundo con pericia…, ahora era un remedo de sí mismo que daba lástima.  

—Bueno, lo importante es que estás aquí —dijo Carlos en completa sinceridad. Él, más que nadie, desaprobaba que Isaac prefiriera disfrutar en soledad, diversos países exóticos, en vez de pasarlo en la compañía de los más allegados.

Este medio sonrió y, por enésima vez, sus ojos se enfocaron sobre mí con severidad.

Verónica y Laura intercambiaron miradas silenciosas, aprensivas por la situación. Si a los dos nos daba por discutir, se acababa los días de asueto vacacional.

Verónica se acercó hasta los dos chicos que conversaban confidentes y abrazó a Isaac de forma cariñosa. Era como su hermano menor, que la entristecía por su lejanía. En cierto modo se sentía culpable.

—Por fin te apareces, ingrato. ¿Acaso te arrojamos agua caliente, para que no se te volviera a ver ese lindo rostro? —increpó con socarronería. Su larga melena rubia se batía con suavidad por el viento.

Isaac sonrió como un niño travieso de cinco años y correspondió a su abrazo. Fue una reacción que me desconcertó, pero me encantó. Al estar cerca de sus amigos, su expresión era alegre, limpia, sin esa sombra que yo solía captar cuando se fijaba en mí.

Por un instante sentí envidia de mi amiga, no porque tuviera su atención sobre ella, sino que era él mismo, como una vez lo fue conmigo: atento, sencillo, con sueños que deseaba cumplir. Una personalidad abrumadora que envolvía con su candor.

Me rasqué la mejilla, incómoda por estar parada en medio de los vehículos. No sabía qué hacer, si esperar a que Carlos abriera el portaequipaje y sacara las maletas, o acercarme hasta ellos y dar mi brazo a torcer para hablarle.

Suspiré y me decidí por lo primero.

No tenía ganas de esbozar una sonrisa tonta y soportar los latidos de mi corazón.

Las risas de Laura y Armando capturaron mi atención. Se alejaron un poco del grupo, hablando confidentes para que nadie los escuchara.

Puse los ojos en blanco.

Esos dos parecían estar en celo a toda hora, tocándose entre sí y susurrando estupideces.

Laura es una morena alta, de 24 años, contemporánea a la mayoría del grupo. Nunca fue a la universidad, se forjó su propio destino, trabajando en una línea de ropa casual deportiva desde casi la adolescencia.

En cambio, Armando, es el típico venezolano que sobresale con sus payasadas. Por él, todos somos amigos –o casi todos–, le gusta ser el centro de atención, sin importar el lugar. En más de una ocasión se metía en problemas por sus bromas pesadas, de las que Isaac, con frecuencia libraba para que no le volaran los dientes.

—¡Andrea! —me llamó Verónica con una sonrisa de millón de dólares.

Me volví hacia ella para averiguar qué quería, pese a que ya tenía una idea.

—¿Sí? —le respondí insegura de mí misma.

—Ven.

Parpadeé.

Mierda, esta tenía planeado un acercamiento entre Isaac y yo.

Mi mente trabajó a mil revoluciones por minuto, para encontrar un pretexto de no acudir a ellos. Entre más alejada, mejor.

—¡Ven, chica! —exclamó, abanicando las manos para animarme a que dejara de lado los rencores.

Respiré profundo y caminé hacia ellos como un condenado que se enfila al patíbulo. Si Isaac me salía con un desplante lo insultaba.

Verónica sonreía sin percatarse de mi incomodidad. Ella en su intento por hacernos reconciliar, forzaba una situación que distaba mucho de mejorar. Isaac, por su parte, conversaba con Carlos, como si mi presencia no le importara. Por supuesto que así era, la tensión en sus hombros y la inexpresividad en su rostro indicaban el estado emocional en su fuero interno.

Le costaba sostenerme la mirada; apenas posaba sus ojos amielados sobre los míos, los retiraba en el acto para concentrarse en lo que hablaba su amigo.

—Hola —dije restándole formalismo al saludo. Los nervios hacían de las suyas, provocándome severos retortijones. Quería huir y no enfrentarme a su avasallante presencia.

—Hola —respondió Isaac de igual forma. Sus ojos se enfocaron en el suelo, esquivándome la mirada. Verónica y Carlos aguardaron a que la conversación fluyera, como si nada hubiera ocurrido entre los dos. 

Pero ni él ni yo teníamos nada que agregar.

—Andrea, le contaba a Isaac que en la Ponderosa hay un nuevo semental —dijo Verónica—. ¡Es hermoso! Se llama Zeus; corre como un rayo y salta como un campeón.

—¿Ah, sí? —fingí interés, mis pies pugnaban por estar del otro lado de la hacienda.

—¡Sí! Lo vas a adorar —ella sonrió—. Papá dice que estará una temporada aquí, ya que las montañas no es buen lugar para un caballo de carreras.

—Vaya, qué bien… —apenas expresé. Batallaba para evitar rodar los ojos hacia Isaac y perderme en su mirada.

No obstante, él se mantenía en silencio, escuchando sin más remedio a Verónica. No sabía determinar si la molestia lo embargaba, era bueno ocultando sus sentimientos a los que le rodeaba.

—¿Quieren verlo? —preguntó Vero, emocionada.

—Luego —respondimos Isaac y yo al mismo tiempo.

Ambos intercambiamos una fugaz mirada de la que casi nos atrapa.

Carlos sonrió malicioso y puso las manos sobre el hombro de su novia. Era tan alto como Isaac, pero de tez marmórea.

—Yo quiero verlo, cariño.

Sin embargo, se dirigieron directo hacia Armando y Laura, que parecían estar en su propio mundo.

Tragué en seco y gruñí para mis adentros. Los desgraciados nos dejaron a solas para que limáramos asperezas.

—Parece que ellos quisieran que…

—¿Sabías que yo vendría? —interrumpió él con rudeza.

Lo observé un segundo y procesé lo que formuló con tanta arrogancia. De haberlo sabido, no habría aceptado viajar con mis amigos. Estaría en mi casa, viendo las programaciones repetitivas de la televisión.

Negué con la cabeza sin poder controlar el nerviosismo. Todo él era fuego. 

—No. ¿Y tú? ––quería saber. Era imperativo asegurarme que ambos caímos bajo la manipulación de Verónica.

Isaac respondió de la misma forma: un rotundo y silencioso «no».

—Procuremos no fastidiarnos mientras estemos aquí —dijo en voz neutra. Un tono que oscilaba entre la apatía y la indiferencia.

Ahogué una palabrota y alcé la mandíbula con altivez. Estuve a punto de reprocharle el incidente con Patricia, pero evité montar una escena de la que después me arrepentiría.

—Pierda cuidado. Así será.

Él me miró y me miró, como buscando en mí algo perdido.

—Bien.

—Bien —siseé.

Dicho eso, di media vuelta y me largué hacia la parte trasera de la camioneta de Carlos.

Este captó mi enojo, y con precaución, se acercó y abrió el portaequipaje sin hacer impertinentes preguntas. No tenía ánimos para responderlas, y tampoco el nudo en la garganta me lo permitiría. 

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