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jueves, 12 de enero de 2017

Capítulo 2



—¡¿Tú?! —exclamé furiosa. Aún sentía sus colmillos clavados en mi cuello—. ¡Desgraciado!
Y como una lunática, me abalancé sobre él sin pensar en las consecuencias.
—¡Te mataré! —grité encolerizada; el sonido de mi voz tronó en la habitación a unos decibeles alarmantes.
El vampiro estaba parado justo en el marco de la puerta; la había abierto sin levantar sonido alguno; me miraba divertido, como si mi enojo fuera una menudencia. No se movía de su sitio; me acercaba a él como un misil dispuesta a pulverizarlo para que pagara caro su atrevimiento por morderme sin contemplación alguna. Él no me temía. ¿Quién era yo para representar un peligro? Me esperaba sin miedo de que le diera batalla. Más bien se rio de mí y sus ojos llamearon.
Pero cuando empuñé las manos dispuesta a borrarle la estúpida sonrisa del rostro, me detuvo.
—¡Suéltame! —vociferé conteniendo las ganas de llorar. 
Batía mis brazos en un afán de librarme de sus manos; me asqueaba que me tocara; sentía que me quemaba como brasas, no me gustaba para nada esa desagradable sensación.
Empuñé las manos, haciendo todo lo posible para acertar un golpe en su perfecta nariz; quería fracturársela y dejársela torcida para que ninguna chica cayera en las redes por su belleza.
Sin embargo, el vampiro no tuvo que hacer mucho esfuerzo para evadir cada uno de mis golpes. Ninguno le atiné, todos fueron a dar al aire; ni mis uñas le dañaron la piel que, con tanto empeño, quería lastimar.
Con un movimiento magistral me enredó entre mis propios brazos, como si tuviera una camisa de fuerza.
—Te calmas o tendré que amarrarte —amenazó con un inglés bastante tosco y sin dejar de ejercer presión en mis muñecas. 
Me sorprendió el sonido gutural que salió de mi garganta.
—¡Déjame ir! —ordené furiosa. 
—No.
El gruñido se volvió más amedrentador.
—¡Suéltame!
—Lo haré si dejas de comportarte como una niña tonta.
Maldije en voz baja y conté hasta tres para controlar el impulso de seguir luchando.
Me soltó con lentitud, previniendo que no sufriera otro ataque de furia.
Caminó al interior de la habitación, dándome la espalda; su andar era cadencioso, sin afanes, ni un grado de exaltación por mi arremetida; su imperturbabilidad me recordaba que debía tener cuidado, porque era peligroso y hasta cruel. Requerir sangre para aplacar su sed, como si fuera un felino, decía mucho en su contra.
No había reparado que la melancólica melodía del violín, acabó. Se instauró entre nosotros un silencio perturbador a pesar de que escuchaba miles de sonidos que provenían del exterior. El silencio al que hacía referencia, era debido a que no sabía qué esperar del vampiro; no me gustaba su pasividad; demasiado comedido para lo que era él en realidad. 
Miré sobre mi hombro hacia la puerta. No había nadie allí que me impidiera salir corriendo y pedir auxilio, llamar la atención de los vecinos o de quiénes convivieran en ese lujoso lugar; que supieran lo que me hizo, acusarlo, hacer justicia… porque alguien como él, no debía quedar impune.
—Te detendré antes de que llegues a la puerta —vaticinó él sin mirarme.
¡Demonios! No tenía otra alternativa que seguirle la corriente; aunque algo me decía que no fuera estúpida, que no me convenía ponerle de mal genio, tal vez no sería más condescendiente conmigo.
El vampiro se sentó en un sillón ubicado cerca de la mesita alejada donde, minutos atrás, contemplaba fascinada las partículas microscópicas que destellaba la lámpara. Me invitó a sentarme en la silla contigua para conversar como personas «decentes», pero yo permanecí estática, manteniendo mi distancia, y recelosa de lo que él pudiera hacer. Se cruzó de piernas con elegancia, no de esa forma ordinaria en la que muchos hombres se sientan para  evitar poner en duda su hombría; este lo hacía sin que se viera amanerado; muy seguro de sí mismo.
Me desnudó con la mirada. Me crucé de brazos, frunciendo las cejas por su desparpajo; no sentía remordimiento, se regodeaba del dominio que ejercía sobre mí, sin mover un dedo o pronunciar una palabra amenazante.
Mi pie comenzó a moverse nervioso contra la alfombra, con el afán de socavar la ansiedad que me estaba carcomiendo por dentro. ¿Por qué no me mataba? ¿Qué ganaba manteniéndome con vida? ¿Acaso tenía planeado torturarme hasta la muerte?
Contuve una sonrisa mordaz, me había tocado un demonio seductor que no dejaba de observarme con lascivia. Pero yo hacía lo mismo, ese sujeto era en extremo guapo, con un rostro de portada que podía provocar la admiración hasta en los difuntos. De mentón cuadrado, nariz recta, cejas pobladas y negras, que enmarcaban unos ojos claros y dominantes. Tenía el cabello negro y corto, sin ningún estilo moderno; como el de los antiguos soldados romanos, dispuestos a morir por su imperio.
No me atreví a detallar sus labios, por un segundo me perdí en ellos, molesta por mi flaqueza.
Tragué saliva y esperé a que él iniciara la conversación.
—Mi nombre es Velkan Sergéeich Angelov —se presentó—. Vampiro de Cuarta Casta de la Casa de Azael. Adalid y Recolector.
A juzgar por el nombre y su apariencia, el sujeto no era ningún alemán.
¿Ruso?
Lo más probable.
Le expresé una mirada interrogante.
—¿Se le zafaron las tuercas de la cabeza? ¡Déjeme salir de aquí! —¿De qué me valía escuchar historias asombrosas de su vida y sus obras, si a la larga me iba a matar?
—Lo siento, Vanessa, no estás en condiciones de salir.
Me conmocionó que supiera mi nombre.
—¿Cómo sabe mi nombre? —¿Habré delirado?
No respondió. Pero formuló otra pregunta a cambio:
—¿Te molesta la sed?
Fruncí las cejas. ¿Qué clase de pregunta era esa? 
—Un poco —revelé—. Pero no me estoy muriendo, así que no requiero de un médico para que me examine. Lo que deseo es marcharme de este lugar y olvidarme que usted existe.
Él esbozó una siniestra sonrisa.
—Por supuesto —concedió—. Pero no te puedes marchar. No aún…
Levanté la mano y lo señalé.
—Escúchame bien. Eh… ¿Velkan? Más le vale que me deje ir o le patearé el trasero hasta que le quede plano como tabla.
Se carcajeó, encontraba divertida mi amenaza.
—¿Siempre eres tan gruñona?
Entrecerré los ojos como una cobra.
—¿Cómo quieres que reaccione? ¡Me mordiste! —siseé con los dientes apretados y señalando mi cuello.
—Tuve mis razones —se excusó.
Empuñé las manos con unas fuertes ganas de dejarlo sin dientes.
—¿Qué razones son esas en las que me agujereaste el cuello para sacarme sangre? —cuestioné.
—No fue por sed.
—¿Ah, no? ¿Y entonces por qué? —pregunté con brusquedad, poniendo las manos en la cintura.
De nuevo decidió dejarme sin respuestas. 
Entonces el vampiro se levantó sin apartar sus ojos de mí; eran casi hipnóticos, intensos y de un poder de atracción que me hacía sentir  insignificante. Se acercó, con su suave andar, con una sonrisa de medio lado, estudiando la provocativa indumentaria que yo traía puesta.
El ritmo de mi respiración aumentó, aunque me pareció extraño que antes no la hubiese necesitado, como si de pronto me acordara que tenía pulmones que se agitaban y se ensanchaban de aire sin llegar hasta su máxima capacidad. Estaba nerviosa, pensando en lo que él me pudiera hacer. La lujuria la tenía reflejada en sus ojos, quería placer y lo encontraría aunque me resistiera.
—Eres un monstruo —espeté con todo mi odio. Un vampiro como él no merecía ninguna consideración.
Velkan se plantó a veinte centímetros de mí. Me veía pequeñita a su lado, era alto, como de 1.85 y de complexión fuerte. Sus ojos, que ya no los tenía del color de la noche anterior, estaban teñidos de un extrañísimo gris claro.
—Tú también —replicó en seguida sintiéndose indignado.
Fruncí las cejas.
—¿Qué? —le inquirí y él sonrió con incredulidad.
—¿No lo sientes? El cambio…
Levanté los hombros sin comprender.
—¿Qué cambio?
Sus ojos cristalinos se clavaron en mis labios.
—Siéntelos…
—Pero ¿qué…?
Y, entonces, me di cuenta.
Con mucho cuidado pasé la punta de la lengua por el borde de mis dientes, sentí dos enormes estacas que sobresalían de mis encías superiores y dos de menor tamaño de las inferiores. Los colmillos tenían las mismas dimensiones a las de Velkan cuando me atacó en el callejón: largos, puntiagudos, mortales.
Explayé los ojos de par en par, abrumada, por lo que sería mi vida de ahora en adelante.

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