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sábado, 14 de enero de 2017

Capítulo 2



Marianna Baldassari caminaba a lo largo del pasillo del subterráneo, con la mente sumida en la tristeza y los recuerdos. Su bien amado rey se marchó para disfrutar de la luna de miel con su joven esposa, luego de que esta superara la etapa crítica de los tres años y no mordiera al primer humano que se le cruzara por el camino.

Allison Owens –que así se llamaba la chica– era la culpable de su desdicha. Una insignificante mujer, recién conversa, cuya escasa belleza dejaba mucho que desear. Tuvo la osadía de posar sus ojos sobre David Colbert. Grigori de la Casa del León y Señor de los vampiros occidentales. La odiaba por habérselo arrebatado. Durante un tiempo, ese perfecto hombre fue su amante, otorgándole interminables noches de placer. Por ahora, su afecto recaía sobre esa neonata que renunció a ser Portadora. Los gobernantes de las diferentes Casas Reales, impusieron que, para que esos dos pudieran convivir juntos, ella debía abrazar el vampirismo.

Si por Marianna fuera la decapitaría de un zarpazo y patearía la cabeza lejos de Bamburgh.

Pero no lo haría… ni podría.

Era su ama y señora.

Se observó a sí misma. Quedó congelada en sus «26», hacía once años. Por David, ella era así, y no le recriminaba, pese a que no era muy adepta a la noche. Un rasgo que muchos consideraban una locura. De origen italiano, de apenas un metro sesenta y siete, cabello castaño oscuro y a mitad de espalda, era considerada una de las neonatas más sexys del reino británico.

Sin embargo, no era suficiente…

Suspiró.

Lo extrañaba. Pasaron seis semanas desde que él y su esposa decidieron que era hora de tener un viaje a solas sin que nadie los custodiara. Nunca tuvieron su noche de bodas en alguna paradisíaca isla o país exuberante. Aguardaron a que esta controlara la sed de sangre humana y no causara una masacre, pero podía merodear, a puertas cerradas, cada lindero del castillo como si fuera la propietaria.

Y eso a Marianna la fastidiaba.

Echaba de menos su sonrisa, su calidez y buena vibra. Era sin duda alguna el mejor de los reyes. El más regio y el más poderoso.

Pero esa afabilidad no era para ella. Desde la noche en que él la torturó en las celdas, por mandato de Amara, había cambiado. La maldita Grigori –siendo huésped del castillo– la sacó de las casillas, y la chica, sin pelos en la lengua, le contestó con unas cuantas verdades. Solo que el tiro le salió por la culata. Por bocona, sufrió un duro castigo. Debía ser reprendida mediante el dolor infligido para sentar un precedente. Nadie debía irrespetar a un Soberano.

Aunque agradecía que David se hubiese mantenido firme con perdonarle la vida, no pudo evitar su padecimiento. Eso demostraba que, pese a todo, le importaba.

—¡Marianna! —la llamó una vampira de piel canela que caminaba detrás de ella sin mucha prisa. Con su metro ochenta de estatura y formas grandes, se contoneaba con una elegancia propia de una latina que le quitaba el aliento al sector masculino.

La aludida se volvió y frunció las cejas, esperando alguna crítica de su parte.

—Hola, Lily —la saludó con desgana. Era una de las pocas amigas que contaba. Su mal carácter le impedía relacionarse con los demás, solía contestar con sinceridad a cualquier comentario fuera de lugar.

La joven vampira, con una gran sonrisa de oreja a oreja, se detuvo a su lado. Tenía una mirada de complicidad que inquietaba. Lo que fuera a revelarle, la podría molestar. Y ella no deseaba descargar sus frustraciones sobre su amiga.

—¿Te enteraste? —preguntó Lily bajando la voz. La cotilla se le daba muy bien.

Marianna la observó con precaución, elevando sus ojos azules hacia la chica que aparentaba tener unos «18» años, pero que en realidad tenía más de 50.

—¿Sobre qué…? —replicó preparándose para recibir malas noticias. Algo le decía que no sería de su agrado.

Lily rodó sus ojos marrones hacia cada extremo del pasillo, para comprobar que no fuese escuchada por alguien.

—Del Sigma… Se comprometió.

Marianna parpadeó.

—¿Có-cómo? —tartamudeó. Eso no se lo esperaba.

La vampira de piel canela hizo un gesto, extrañada. A veces Marianna vivía en otro planeta.

—Lo anunciaron ayer en el Diamante Negro. Sus amigos más cercanos y los Antiguos estaban allí. ¿Cómo es que no te enteraste? —reprochó su ignorancia.

Marianna apretó la mandíbula y contuvo una palabrota. De ser otra chica la hubiese insultado. Pero tenía razón. ¡¿Cómo no se enteró?! Sven se había comprometido.

—Estuve ocupada… —se justificó. La avergonzaba revelar que ella y el Sigma ya no eran amigos.

Lily la estudió con la mirada y no dijo nada. Pecó de indiscreta al cuestionarla. No estaba al tanto de lo que sucedía entre esos dos, pero intuía que había algo más que una simple amistad.

—Bueno, ya es oficial. El Sigma se va a casar con una venezolana —expresó como si el acontecimiento no fuera tan importante. Trataba por todos los medios de resarcir su error.

Esa maldita, espetó para sus adentros Marianna.

Verónica Navarro le causó dolor de cabeza desde el momento justo en que ella puso un pie dentro de Bamburgh. Siempre mantenía una sonrisa despectiva y miraba al resto de sus compañeros como si esta fuese el epítome de la especie femenina. Lo peor de todo, era que tenía con qué lucirse; pese a su metro cincuenta y ocho, la vampira era muy hermosa. De ojos verdes y largas pestañas, boca de corazón, y un sedoso cabello marrón que le caía casi hasta la cintura y del cual producía envidia.

—Tengo que… —señaló hacia atrás, impactada por su reacción— irme a… hum… —no sabía qué decir. ¿Por qué se sentía así? Sven Dragomir podía hacer lo que le viniera en gana.

Que se fuera al carajo ese rubio idiota.

Lily asintió y siguió su camino por donde vino. Le daba pesar su amiga, era una mujer, cuya belleza, arrasaba a su paso, pero su forma de ser le restaba encanto. Si seguía así, terminaría solterona.

Marianna quedó estática en medio del amplio pasillo. Su vista se perdía en la figura de la imponente muchacha. Procesaba la información suministrada, entre enojada y apabullada. Desde que Sven asumió el máximo cargo, cambió con ella. Al igual que David, se mantenía alejado, sumido en sus obligaciones como general de los vampiros. La responsabilidad que tenía sobre sus hombros, lo hicieron más introvertido. No expresaba en público sus emociones, ni tampoco se relacionaba con los de rango inferior. Mantenía una barrera infranqueable de amo y súbdito que no debía traspasarse jamás. Tal vez, para inspirar respeto o temor; la cuestión, era que ya no era el mismo.

Y a Marianna la afectaba.



*****



Para ser un sábado por la noche, en el Antro, a Donovan Baldassari le parecía bastante desanimado. Por algún motivo, perdió su encanto, sin encontrar la diversión a todo lo que se proponía. Se le hacía insoportable tener que estar en una cita a ciegas, en donde su pareja era una morena, que no paraba de hablar. No se quejaba de su exótica belleza, tan deseable y dispuesta a satisfacerle en cuanto se lo propusiera. Pero por más que intentara ligarse a ella, veía en sus ojos marrones, los ojos de Allison Owens.

Agradecía a Dios que la música en el pub estuviera alta, porque así no tendría que escuchar las idioteces de su cita. Observaba a Daiana Domínguez bailar sola en medio de la atestada pista, mientras que un joven de anteojos grandes no le quitaba la vista de encima. Erika y Claudia, conversaban en su mesa, junto con otro de sus amigos, gesticulando con las manos, y señalando algunas parejas que no dejaban de manosearse. Todos estaban pasándola de lo mejor, a excepción de él, que se moría por largarse de ese lugar. Tuvo un respiro en cuanto su pareja decidió empolvarse la nariz en el baño.

Aprovechó el tiempo que lo dejó solo y salió a tomar un poco de aire fresco. Los pies le picaban por subirse a un monorriel y cruzar la ciudad hasta llegar a su habitación.

Una pareja caminaba cerca, tomados de la mano. La chica lo miró y enseguida le sonrió, teniendo cuidado de que su acompañante no la pillara coqueteándole a otro hombre. Lo encontraba guapo y lamentaba que estuviera comprometida. Y no era para menos. Donovan poseía un físico de muerte. Alto de un metro ochenta y cinco, ojos azules, cabello castaño y ondulado hasta las orejas, y músculos en las extremidades para dejar sin dientes al que quisiera molestarlo.

El aludido no supo si devolverle la sonrisa o ignorarla. Lo único que quería era un poco de soledad. El novio se dio cuenta de la fijación de su compañera, pasándole el brazo por su cintura y entablando un dominio de pertenencia.

La brisa helada traspasó a Donovan, pese a que la ciudad se convergía dentro de una gigantesca pirámide de paneles solares. Esa noche festejaba con sus amigos que cruzaría el portal dimensional en unos días. Desde que Allison decidió traicionar a la Hermandad y contraer matrimonio con el Grigori, él no pudo disfrutar del exterior. Tres años tenía enclaustrado dentro de las murallas del Zigurat, sin visitar a su familia y practicar el surf que tanto le gustaba. La ciudad piramidal se convirtió en su cárcel. Un «reo» que debían mantener bajo vigilancia. El Augur así lo ordenó; por tratar de salvar a su padrino del chupasangre, le prohibieron ver a sus seres queridos.

Peter Burns era como su padre. Después de que los suyos murieran a causa de un accidente, y de que su hermana se hiciera cargo de un adolescente rebelde de 13 años, el anciano viajó a Italia y les ofreció, a ambos, que vivieran en su casa en Carolina del Norte.

Un ofrecimiento que nunca debieron aceptar.

No por Peter, su padrino era un buen hombre, pero el destino hizo que ellos se cruzaran con otro que era el mismísimo demonio.

David Colbert.

El chico maldecía al vampiro una mil veces por interponerse en su camino. Por él, perdió la amistad de Allison. Por él, fue degradado como Portador, y por él, Marianna se convirtió en vampira.

―¿Tan mal te va que hasta de portero trabajas? —la pregunta de Pablo Hernández, lo espabiló.

―Qué te importa —espetó airado. El largirucho moreno le desagradaba. Aún recordaba que, junto con el difunto Wilmer Palmer, le hicieron la vida imposible a su examiga.

Pablo, que iba de la mano con Ana Lucía Del Bue Olmedo, se soltó enseguida para darle un puñetazo. Todavía tenía atragantada unas cuentas pendientes con él.

―¿Qué te pasa, pendejo, añorando viejos tiempos? —preguntó el chico haciendo referencia cuando escapó de la Hermandad.

―¡No me jodas!

Pablo y Ana Lucía se carcajearon. Solían molestarlo cada vez que se cruzaban en su camino.

Entraron al pub, dejando a Donovan atrás, vociferando el peor léxico vulgar que pudiera expresar.

―¿Por qué estás aquí y enojado? —inquirió Zaida Dorantes, conteniendo la rabia en su voz. Había salido a buscarlo, desagradándole que la mantuviera rezagada por estar malhumorado.

―Hablaba por el móvil —mintió. No estaba para espectáculos.

—¿Con quién? —lo escrutó con sus severos ojos marrones. Si averiguaba que era alguna mujerzuela la dejaba sin greñas. Le costó conseguir una cita con él. Era su trofeo y pensaba exhibirlo por un buen tiempo.

Donovan respiró profundo para llenarse de paciencia. Le tocó una cita bastante demandante.

—Solo, pasémosla bien…

Zaida sonrió y le estampó un beso sin darle oportunidad de respirar. ¡Eso era lo que quería escuchar! Besarse con ese galán hasta que le dolieran los labios. Tuvo que ponerse en puntillas para estar a su altura. Su rizada cabellera se batía ligeramente con la brisa nocturna, y le caía debajo de los hombros.

Donovan cerró los ojos y le correspondió, pensando en los suaves labios de Allison. El beso se profundizó y pronto estaban jadeando emocionados. El rostro de Zaida desapareció para ser reemplazado por el de su adorado tormento, quien lo empujaba hacia el baño de mujeres, sin reparar que estuviese ocupado. La chica le enterró las uñas, tan pronto sus manos se posaron por su espalda, arañándolo por encima de la camisa. Donovan soltó un gemido ante el dolor sin dejarla de besar. Se separaron para respirar y reanudaron al instante el baile de sus lenguas. Las manos del joven Portador recorrieron apremiantes las curvas del esbelto cuerpo femenino, apretándola contra la pared.

Su mente se desconectó, perdiéndose en la irrealidad.

―Allison… —suspiró en su oído.

Los besos, las caricias, los roces...

Se paralizaron.

―¡MI NOMBRE ES ZAIDA! —Tronó empujándolo lejos de ella—. ¡NO ME CONFUNDAS CON ESA TRAIDORA!

Donovan abrió los ojos y se encontró con la mirada enojada de la chica.

―Escuchaste mal —musitó. Qué caso tenía decirle la verdad si entre ellos no existía ningún tipo de relación como para rendirle explicaciones.

―Escuché muy bien que dijiste «Allison» —bajó el tono de voz. Sus labios estaba más gruesos que de costumbre y se tornaron apetecibles—. ¿Sigues pensando en ella? ¿Por qué?

Donovan lanzó una silente maldición. Sus preguntas estaban fuera de lugar.

―Apenas te conozco. No tengo por qué darte explicaciones.

Zaida sonrió pérfida. 

―Pero sí que me tenías bien agarrada.

Donovan se sintió una piltrafa.

―Tú lo comenzaste; yo te secundé.

La chica lo abofeteó. 

―¡IDIOTA! —chilló.

Corrió hacia la mesa de sus amigos, y buscó su bolso sin dar explicaciones.

Él la persiguió.

—Discúlpame, se me salió…

Erika y Claudia –ambas rubias– intercambiaron una mirada silenciosa y enseguida lo reprendieron con la mirada. ¿Qué se le había salido? Los chicos… Tendrían que escuchar las quejas de su amiga al otro día.

Zaida caminó hasta la salida, embistiendo a cuánto se le atravesaba por el camino. Sacó su móvil y marcó un número al instante.

Donovan se detuvo detrás de ella.

―Déjame que te lleve a tu casa —era lo menos que podía hacer por su metida de pata.

―No, gracias. Ya viene un carroza en camino —dijo con solemnidad, cruzándose de brazos. En el Zigurat no existían los tradicionales taxis, solo antiguos coches para dos personas y  jaladas por un ciclista.

Donovan se sintió mal por haberla ofendido. Después de todo, fue él quien le echó los perros

―Zaida, no seas necia, deja que te lleve.

Ella negó con la cabeza.

―Ya te dije que no. —Su pie comenzó a moverse impaciente en la acera mientras aguardaba por el «taxi».

El joven Portador suspiró, la acompañaría hasta que se marchara segura.

Pero no tuvieron que esperar demasiado, pasado cinco minutos, la carroza llegó y ella se subió de una zancada.

―Lo siento —se disculpó él, cerrando la puertezuela.

Zaida esquivó la mirada.

―Fuiste la peor cita de mi vida, idiota —soltó sin hacer reparos de que la oyera el ciclo-taxista.

Donovan no se lo discutió. Tenía razón, fue una pésima cita para los dos.

Miró hacia el interior del pub, y el desaliento fue peor.

Entró, para despedirse de las chicas y avisar a sus amigos que se marchaba a su residencia.

Caminó pensativo a través de las solitarias calles, dirigiéndose a la próxima estación del monorriel. ¡Qué pendejo!, se recriminó. Había echado a perder una cita con una tipa que estaba buenísima. Se iba a ganar la condecoración al «Pendejo del Año», una mujerona así no se despreciaba.

Deseó tener un cigarrillo y darle una buena calada; adquirió el vicio desde que sus problemas con los hermanos aurales comenzaron. La desconfianza entre ellos era palpable. Siempre monitoreándolo desde la perspectiva de sus visiones. Jamás tenía privacidad en su mente, era leído cada vez que los ancianos lo requerían.

Esperó el transporte eléctrico en soledad. Consultó la hora en su reloj de pulsera y eran pasadas las once de la noche. No le preocupaba que alguien lo asaltara para despojarlo de sus pertenencias. En el Gran Complejo no existían los delitos de ninguna índole, al estar rodeados por personas con poderes extrasensoriales que desnudaban el alma, todos los secretos quedaban expuestos.

Y los suyos, eran del conocimiento de todos. 




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