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domingo, 15 de enero de 2017

Capítulo 2



Nos acercamos a la casa. Una pareja de ancianos fueron los encargados de mostrarnos cada una de las estancias. Llevaban cuidando la Ponderosa más de treinta años, siendo unos empleados muy atentos y servidores.

Josefa –la señora– nos dio la bienvenida y enseguida nos hizo sentir como en nuestra propia casa. Era una mujer de cintura gruesa, rostro bonachón y cabellera canosa, recogida en un moño. Su esposo, Pedro Contreras, fungía de capataz, un hombre con sus sesenta y tantos marcados en sus arrugados ojos y complexión robusta. Ambos parecían llevarse bien entre sí, con las décadas compartidas en el matrimonio y la experiencia de la vida misma.

Me llevé una grata sorpresa al admirar el interior de la casa. Su belleza y confort superaba las expectativas. Piso y techo de madera, muebles de estilo retro, e innumerables pinturas al óleo, cuyos artistas desconocía.

Un ambiente sereno, para los que deseaban pasar unos días en completa tranquilidad.

¡Ah, pero no todo tenía que ser perfecto!

Verónica habló con el ama de llaves para que, los que mantenían una relación sentimental, por obvia razón, compartirían una misma cama; y los que no…

Tendrían la «dicha» de dormir en solitario.

Hasta ahí todo bien, pero me estremecí cuando me fijé que la habitación de Isaac daba justo al lado de la mía.

A simple vista no parecía tan malo, el problema radicaba en que ambas habitaciones estaban retiradas de las del resto.

Estaríamos él y yo compartiendo una sección de la casa.

¡Ufs!

Por lo visto iba a cometer asesinato. Y empezaría por mi mejor amiga.

Los Contreras nos permitieron unos minutos a solas en nuestras respectivas habitaciones, para poder refrescarnos antes de servirnos el desayuno.

Me recosté en la cama, mirando el techo y preguntándome en silencio, qué rayos hacía allí. La idea de la diversión se esfumó, tan pronto vi a Isaac con su ceño fruncido y mala actitud. Si estuviera en otra parte habría agarrado mi maleta y me hubiera largado sin importar levantar habladurías. Al menos estaría fuera del alcance de su mirada avinagrada, dándome un merecido descanso.

Cerré los ojos y una lágrima se deslizó por mi mejilla al darme cuenta que lo extrañaba.

Nunca me trató mal, siempre hubo alguna palabra de aliento para los días en que me sentía fatal. Por eso no entendía por qué tanta mezquindad. Comprendía que se me fue la mano, reprochándole a su novia por acaparadora, pero no era para tanto. Tal vez con halarme las orejas, bastaba; sin embargo, no fue suficiente, el rechazo que sentía por mí no tenía precedentes.

Di un puñetazo al colchón y me levanté de volada.

¡Arrrrrgh! ¡Era un tonto! Odiarme por tanto tiempo por una tontería como esa.

Porque era una tontería, ¿cierto?

Digo… no es que fuera una entrometida, que desestima el amor que a él otra le pueda ofrecer, pero…

¿Qué podía hacer?

¿Concederle a esa idiota la razón?

Jamás.

Isaac era mi amigo, y…

Suspiré y caminé hasta el baño.

Me observé en el espejo, sin gustarme la imagen que este me devolvía. Pálida, ojerosa, con mirada triste. ¿Cómo haría para que todo aquello se revertiera?

¿Disculparme?

No.

Ya lo había hecho y él no las aceptó. Solo me dio la espalda y se marchó dejándome con la palabra en la boca.

Abrí el grifo del lavabo y me aventé agua en el rostro tres veces de forma enérgica, como si con ello limpiara todo lo malo que habitaba en mí. A tientas tomé la toalla colgada en una barra a mi izquierda. Era pequeña, destinada para esos menesteres. La delicadeza con que fue decorado el baño me agradaba. De mobiliario azul claro, con cerámica estampada de aves diminutas a mitad de pared. Las luces alógenas le daban cierta distinción y la modernizaba del resto de la casa. Tal vez experimentaban diversos estilos para dar comodidad a sus huéspedes. Pero eso me tenía sin cuidado.

Di un último vistazo al espejo, acomodándome el cabello. Lo tenía a mitad de espalda, sin la necesidad de acudir al estilista cada semana para que lo alisara. Por desgracia, no era un punto focal para atrapar chicos.

Salí del baño en el momento preciso en que tocaron a la puerta de la habitación.

Acudí a ella y la abrí sin hacer esperar a la persona que estuviera del otro lado. No sé por qué tenía una rara sensación de agobio, de que en cualquier momento algo pasaría y yo saldría lastimada.

—Buenos días —saludó sonriente una chica de cabello negro azabache, que no superaba los 15 años—. El desayuno está listo.

—Buenos días. Gracias.

Me marché con ella, cerrando la puerta detrás de mí.

—Por cierto, me llamo Leonor —ella se presentó sin darme la mano. Sus largas piernas de garza avanzaban a paso ligero por el pasillo. Me superaba en tamaño por unos diez centímetros aproximados, era delgada sin adquirir las formas propias de una jovencita en pleno desarrollo.

—Encantada. Mi nombre es Andrea.

—Lo sé —dijo esta—. Me pidieron que fuera por ti.

Arqueé las cejas. Por lo visto mi introspección me hizo tardar más de la cuenta.

—Lo siento —me disculpé.

Ella sonrió.

—No se preocupe. Ya todos comenzaron sin usted.

Sonreí avergonzada.

Al llegar al comedor, comprobé que Verónica y los demás engullían el desayuno.

—Siento la tardanza, yo…

—Ay, siéntate, tarada, que no estamos en un regimiento militar —expresó Verónica con la boca llena.

Asentí abochornada, sin mirar a nadie a los ojos.

La mesa era larga de ocho puestos, vestida con un hermoso mantel de tejido blanco. Sobre el tope, tres bandejas repletas con arepa, queso rallado, aguacate en rodajas y huevo revuelto, despertaron mi apetito.

De inmediato me serví una taza de café con leche, y apuré a mi plato una porción de cada alimento.

Isaac estaba a mi lado, pero en ningún momento se dignó de mirarme. Me limité a rajar la arepa en dos para rellenarla con el queso, el aguacate y un poco de mantequilla.

—¿Y bien, qué vamos hacer hoy? —preguntó Carlos, luego de sorber de su bebida caliente—. Me muero por iniciar el día con algo excitante.

Isaac sonrió.

—Hoy es propicio para el ciclismo —sugirió—. La mayoría de los turistas están en el pueblo por lo del Día de Ramos. El embalse no estará tan atestado cuando lleguemos.

—Me parece buena idea —secundó el otro, animado.

—¡Pero yo no traje bicicleta! —exclamó Laura con un puchero en la boca.

—Tranquila, nena, tú y yo haremos otra cosa… —replicó Armando con un doble sentido a sus palabras.

Los chiflidos no se hicieron esperar.

Laura enrojeció y le dio una palmada suave en el brazo a Armando. La espontaneidad de su novio de vez en cuando la apabullaba en público, pero lo disfrutaba.

—¡Yo me apunto! —Verónica exclamó, emocionada.

De repente, los ojos de mi amiga se posaron inflexibles sobre los míos.

—Vendrás con nosotros —me señaló como un mandato.

Arqueé las cejas.

—Tampoco traje bici…

—No te preocupes —dijo—. En el garaje hay una extra. Será perfecta para ti.

Por un instante, me fijé que Isaac estuvo observándome de refilón.

—Ah… qué bien… —No me emocionaba la idea de pedalear a través de la montaña. Pero viajé hasta allí para distraerme y dejar de lado las obligaciones.

Terminamos de desayunar. Evité repetir arepa rellena, para prevenir vomitar durante el trayecto. El agotamiento y la altura sobre el nivel del mar, harían mella en mi aparato digestivo.

Nos dirigimos hacia los vehículos. Carlos desmontó su bicicleta, mientras que Isaac hacía lo mismo en el Jeep. Los únicos que no tenían intenciones de acompañarnos, era Armando y Laura. Esos dos desde casi el momento en que llegamos a la hacienda, se tenían las manos encima. El deseo del uno por el otro era difícil de contener.

Los envidiaba.

Mis últimos novios apenas me excitaban. Necesitaba de una buena dosis de licor para estar con ellos y fingir gemidos placenteros. En más de una ocasión recurría a la imaginación, trasportándome a los brazos de un hombre cuyo rostro necesitaba cerca del mío. Algunas veces lograba un orgasmo, pero en otras…

La tristeza me embargaba.

Suspiré, cansada de sentirme vacía, y no tendría pareja hasta que este lograra despertar en mí el deseo por el sexo.

Fue preciso cambiarnos de ropa por unas más ligeras. Como no traje nada apropiado para practicar el deporte sobre dos ruedas, opté por un short y una blusa de tiritas. Al menos las zapatillas eran para todo terreno y no me daría problemas.

—Toma, te servirá —dijo Verónica mientras me entregaba un casco y un par de guantes sin dedos, para protegerme las palmas de las manos de la dureza del manubrio.

—Gracias.

Me puse los guantes y estos calzaron con precisión.

En el instante en que me acomodaba el casco, me fijé que Isaac paseaba su vista a lo largo de mis piernas. Lo hizo con aquella lentitud, que me estremeció y avivó todas mis terminaciones nerviosas.

Fue como si las hubiera acariciado, paseando sus manos desde mis tobillos hasta mis muslos.

El corazón me palpitó tan fuerte que creí sufrir un desmayo. No me tocó físicamente, pero lo hizo con su alma. Su mirada de fuego, me arropaba y atraía hacia él.

Carraspeé y terminé temblorosa de sujetarme las correas del casco debajo de la barbilla. Isaac tenía la virtud de trastocar mi mundo y transformarlo por completo.

—¡Listo, nos vamos! —anunció él montándose en su bicicleta.

El resto lo imitamos; mis pies apenas tocaban el suelo. Me tocó una cromada, de línea estilizada y muy moderna. Apta para emprender el trayecto a través del Parque Nacional Macarao.

Rodamos con Isaac encabezando el grupo y yo de última. Él era un asiduo deportista en El Jarillo. Amaba la variedad de eventos deportivos que le ofrecía el lugar. Cada año participaba en competencias importantes, ya fuera en ciclismo de montaña, parapente o lo que sugirieran los pobladores. Era amante de la adrenalina, de sentirse al borde del peligro, de exigirle a su cuerpo más de lo que una persona común haría.

En esta ocasión, iríamos bajo el límite. Pasearíamos a un ritmo pausado para admirar la naturaleza, y porque Verónica y yo, no éramos tan expertas como ellos.

En el pueblo, tuvimos que registrarnos en el puesto de Imparques, ubicado frente al comando de la Guardia Nacional. Desde allí tomamos la ruta que va en dirección a la Colonia Tovar. Pero no la seguimos del todo. Nos adentramos por un camino de tierra de muy malas condiciones, que nos llevaría directo hasta el Embalse de Agua Fría a uno ocho kilómetros de distancia.

—¿Crees que puedas pedalear más aprisa, Andrea? Pareces una anciana —apuró Carlos con su habitual impaciencia.

Lo miré enojada.

—Eso intento —dije entre jadeos ahogados. Llevar la misma velocidad de los chicos me costaba. Aunque Verónica tenía más resistencia que yo.

—Déjala. Hace lo que puede —replicó Isaac sin mirarme, rezagándose un poco para mantenerse cerca de mí.

Me sorprendió que saliera en mi defensa, pese a que no lo hizo para buscar una reconciliación. Sus ojos avellana se enfocaban hacia adelante en una actitud fría y lejana.

Procesé si sonreírle o expresarle las gracias, pero me vi interrumpida, cuando, de pronto, un ciclista salió de la nada, casi chocando con él.


Isaac lanzó el manubrio hacia la derecha, pero provocó que Carlos frenara abrupto y me obstaculizara el camino.

¡Aggghhh! —grité aterrada, perdiendo el equilibrio para no embestirlo.

Caí al suelo, quedando atrapada debajo de mi bicicleta.

—¡Andrea! —exclamó Isaac, preocupado.

Se bajó de la suya y corrió hacia mí con rapidez.

—¿Estás bien? —preguntó mientras me quitaba de encima la bicicleta. Carlos y Verónica increpaban al ciclista por su imprudencia. Los turistas que paseaban por la zona se sorprendieron y se acercaron curiosos para saber que todo estuviera bien.

—Sí —respondí adolorida.

Isaac me tomó de ambos brazos y tiró con suavidad hacia arriba para ayudarme a levantar.

Ayyyy… —me quejé ante el ardor en la rodilla izquierda. Doblé la pierna un poco, y más me vale que no lo hubiera hecho, el tirón que sentí en la piel lastimada provocó que me quejara como una niña pequeña.

Isaac soltó un improperio y miró al ciclista con ganas de asesinarlo.

Este no siguió con su trayecto. Al ver lo que causó, se acercó hasta nosotros, empalidecido.

—Lo siento —se disculpó, quitándose sus lentes oscuros—, no me fijé que…

—¡Cállate! —le gritó Isaac, interrumpiéndolo—. Por tu culpa ella está lastimada.

El ciclista, que no superaba los 29 años de edad, esbozó una mueca apenada. Al menos era un hombre que demostraba remordimiento de sus acciones, y no una bestia que andaba por ahí llevándose a todos por delante sin ningún reparo.

—Ven. —Este, sin pedir permiso, tomó uno de mis brazos y lo pasó por encima de sus hombros para llevarme hasta una gran roca, a un lado del camino de tierra.

Isaac jadeó molesto.

—¡Suéltala! —Saltó hacia nosotros como gato territorialista—. Yo lo haré.

Con rudeza retiró las manos del muchacho de mi cintura y me arrebató de él.

Me sentó en la roca con cuidado y removió de mis ropas el polvo pegado.

Se acuclilló ante mí y atendió la herida como un paramédico profesional. Con las yemas de los dedos, retiraba las piedrecillas que tenía incrustadas en la rodilla.

Por un instante se percató de lo que hacía, mirándome con intensidad. Fue como una súplica silente, que se debatía entre el perdón y la necesidad. Los meses separados se convirtieron en un calvario, extrañándonos a cada segundo, pero el orgullo era más poderoso que la confraternidad que ambos sentíamos.

Carlos, asombrado, se le cayó la mandíbula, y Verónica sonreía triunfal. Se daban cuenta que estábamos bordeando de nuevo los linderos de la amistad.

El ciclista no protestó, dejó que Isaac cuidara de mí, para evitar un enfrentamiento entre los dos. Sin embargo, se quitó su mochila que traía sobre la espalda, y extrajo de ella un pequeño recipiente de primeros auxilios. Que hiciera la labor como debía ser.

—Toma —alargó la mano hacia Isaac—, esto prevendrá una infección.

El aludido gruñó.

—No lo necesito, traje uno… —calló al percatarse que, por estar pendiente de mis piernas, olvidó la suya que traía los implementos médicos.

Sin más remedio aceptó el recipiente.

Lo abrió, tomando una gasa y alcohol isopropílico.

—¡Ay, me duele! —chillé en cuanto él lo untó en la herida. Sentía que el ardor se abría paso a través de la carne expuesta hasta alojarse en mis huesos.

Isaac sopló en la rodilla en el acto.

Cerré los ojos.

Madre del amor hermoso…

Su aliento fue como una corriente eléctrica que recorría todo mi cuerpo y se alojaba en mi vagina, hasta hacerla palpitar.

No había nada erótico en ello, pero para mí lo era. Mis pensamientos abandonaron toda traza de cordura y se sumieron en fantasías lujuriosas que rayaban en lo indecente.

Por una fracción de segundo lo imaginé desnudo, penetrándome con vigor y gimiendo en mi oído.

Abrí los ojos, azorada.

Los calorones me asaltaron, haciéndome enrojecer. Si eso lo provocaba una simple soplada, no quería pensar en lo que pasaría si me acariciaba.

Me arrojaría a él para comerlo a besos.

Parpadeé para alejar todas las fantasías sexuales que se cruzaron por mi mente, y volví a la realidad. Verónica no dejaba de sonreír y Carlos miraba con resquemor al ciclista.

Este último parecía pasarla mal, dando la impresión de querer quitarle de las manos la gasa a Isaac y ocuparse él mismo de la faena. Una forma de resarcir su imprudencia y mantener intachable alguna especie de imagen caballeresca.

—Eres una quejona —comentó Verónica, divertida. Por más que sus mejores amigos se mantuvieran enemistados, el destino parecía hacer de las suyas. Demostrábamos que sin importar los problemas que hubiesen ocurrido en el pasado, existía una posibilidad de que las cosas volvieran hacer como antes.

Así yo lo deseaba. Aunque con una variante.

Lo que sentía por él iba en aumento.

Y lo más probable, es que no fuera la única.

—Ya quisiera verte en las mismas condiciones —grazné—. Eres tan quejona como yo.

Verónica resopló, pero Carlos se carcajeó. Por lo visto él la conocía muy bien.

—Me va a quedar una cicatriz —musité en voz baja—. Una más para la colección… —Tenía las rodillas llenas de cicatrices a causa de una infancia alocada y torpe.

Isaac medio sonrió.

—No veo que afecte en algo, tus piernas son espectaculares —dijo con voz ronca.

Intenté protestar, pero mis palabras quedaron ahogadas en mi garganta. Su comentario me tomó con la guardia baja y apabulló a tal punto que enrojecí hasta las orejas.

Síp… no era la única que ansiaba algo más que una simple amistad.

Ambos deseábamos los mismos sentimientos. 

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