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domingo, 15 de enero de 2017

Capítulo 2



Para George Glen, los 50 años en las fuerzas policiales no lo prepararon para enfrentar el siguiente caso. La imagen que contemplaba era dantesca. Apenas el cuerpo femenino se cubría por una fina capa de hojarasca, dejando visible parte del macabro rostro y pecho ensangrentado. Quién le haya quitado la vida, poco se molestó por ocultarla. La dejó abandonada en las adyacencias de la reserva forestal de la Universidad Drew, con severos indicios de haber sido víctima de un enfermo mental.  

Acomodó su arma reglamentaria en su estrecha cadera y caminó despacio, teniendo cuidado de no destruir alguna evidencia. Un grupo de jóvenes curiosos, se aglutinaban cerca, entre murmuraciones y expresiones preocupadas. La escena del crimen estaba a escasos metros de su centro de estudio.

—¿Qué me tienes, Karl? —preguntó al forense que la examinaba. Un joven talento afroamericano con escasa experiencia.

—Mujer caucásica, 29 años, con múltiples heridas corto-punzantes. Le extirparon los ojos y el corazón.

Un acto producido por un sujeto que se ensañó contra ella con perversidad.

—¿Hora de la muerte? —preguntó el comisario, observando que el cadáver traía consigo sus pertenencias. Unas joyas que hacían declinar que no se tratada de un robo.

—Según la temperatura tomada en su hígado y el frío que hizo ayer, murió entre las nueve y las once de la noche.

El anciano meditó: demasiado tarde para que una mujer en sus cabales rondara por esos parajes.

—No presenta signos de defensa ni golpes en la cabeza —agregó el otro, señalando hacia los brazos inertes—, por lo que, tal vez, fue tomada por sorpresa.

—¿Alguna identificación?

—Sí. —El forense le extendió la billetera de la occisa con sus manos enguantadas para evitar dejar marcadas sus huellas dactilares. La extrajeron de su bolso a unos metros de ella.  

El comisario la recibió y revisó el contenido.

Dentro, la licencia de conducir, expedida en Nueva Jersey, le brindaba información:



Debra Cartwright

Nacida el 12 de abril de 1981

21-35 Avenida Garfield, Madison, NJ.



Observó el cuerpo inerte.

Rubia. Hermosa. De senos grandes.

Como muchas de las que salen en las portadas de las revistas para adultos. 

Su apariencia invitaba más a una orgía que ir de compras. Vestido ajustado, escote profundo, tacones que podrían dislocar tobillos, uñas rojas, y restos de un exagerado maquillaje, que se patentaba en los labios y pómulos. 

Sin duda alguna, prostituta.

—¿Portaba móvil? —preguntó con la esperanza de que esta hubiera hecho o recibido una última llamada. Le darían posibles nombres. Tal vez, de algún cliente insatisfecho.

—Sí, señor. —El forense se lo alcanzó. Un Galaxy de las primeras generaciones. Uno pasado de moda—. Ya revisamos. Hay un mensaje de voz.

El comisario deslizó su dedo por la pantalla del móvil para accionarlo.



Hola, ¿aún está en pie esa copa de vino en tu casa? Si es así, llámame a Poison; el número es: 295-62-55. Estaré esperando tu llamada.



—Hum… Voz carrasposa —comentó como dato resaltante para la identificación del sujeto.

El agente a su lado, tomó nota del nombre del local y el número telefónico. Una excelente pista para iniciar la investigación. La víctima había quedado en encontrarse con un conocido en aquel lugar.

Por otro lado, el anciano esperó a que el equipo forense recogiera muestras que fueran sospechosas y tomara algunas fotografías. En especial, la huella parcial de un neumático.  

Luego, se acuclilló, y con sus manos enguantadas, removió parte de las hojas sobre la pierna izquierda de la difunta mujer.

El vestido que esta usaba lo tenía subido hasta la ingle, permitiendo apreciar con facilidad un corte transversal de unos dos centímetros de ancho en el muslo.

—La forma en cómo se inclina las heridas, indica que fue producida por un zurdo —informó Karl, señalando hacia cada uno de los cortes—. Y lo hizo con un cuchillo delgado.

El comisario asintió.

En efecto, el cadáver presentaba pequeñas hendiduras que revelaba un hecho: el que la asesinó, quería que la encontraran.

De otro modo… ¿por qué no se molestó en ocultarla?

La dejó allí tirada como a un perro.

Se acicaló su canosa barba, en un gesto que solía hacer cuando analizaba una situación.

¿Se asustó?

¿No le dio tiempo de deshacerse del cuerpo?

¿Fue producto de una venganza?

¿Qué?

Observó el entorno y reparó la inexistencia de salpicaduras de sangre.

La víctima fue asesinada en otra parte.

Pero lo que más resaltaba, es que ni los ojos ni el corazón yacían cerca de la escena del crimen.

—¿Hallaron los órganos? —Alguien que mata con tanta rabia, termina por cometer muchas equivocaciones.

El forense cabeceó.

—Debió llevárselos.

El comisario asintió conjeturando la clase de sujeto que haría algo así.

¿Un ajuste de cuentas? ¿Un novio rencoroso? ¿Una cita que salió mal?

El odio era capaz de hacer perder la cordura hasta en el más centrado de los hombres. Muchas muertes eran registradas en el sistema, destacando la capacidad de los humanos para perpetrar horrendos crímenes. La mayoría ocasionado por familiares incapaces de perdonar una afrenta, o impacientes por salir de una situación desagradable.  

No obstante, agotaría todos sus recursos para atraparlo.

Lo que haya hecho la mujer en el pasado, indiferente de su profesión, no merecía morir de esa forma. Fue un ser agraciado que le truncaron la vida con salvajismo.

—¿Hubo abuso sexual? —Lo que casi siempre desembocaba en un asesinato. Aunque, por el modo en cómo la mutilaron, implicaba algo peor.

Venganza.  

El forense sacudió la cabeza por segunda vez.

—Aún trae ropa interior. —Levantó un poco el ruedo del vestido.

La explicación le pareció insuficiente al comisario.

—Pudo haberlo hecho —cuestionó—. ¿Revisó que tuviera semen? —Lo más probable es que le hizo un trabajito a un cliente y este no se conformó con lo poco que le brindaba.   

—Lo hice, pero no hay rastros —respondió el joven—. Además, no hay señales de violencia alrededor del área genital. Tendré que examinarla en la morgue para determinar con mayor exactitud cuándo fue la última vez que tuvo relaciones sexuales.

El anciano se puso en pie, irguiendo su escaso metro setenta de estatura. Se rascó la mejilla, pensando que no hacía falta. Por norma general, cuando a una mujer la violaban y asesinaban, su cuerpo aparecía desnudo o escaso de ropas, con una cantidad de moretones o arañazos en sus extremidades. Los que presentaba la víctima se destacaban por ser diferentes. Como si la hubieran apuñalado dormida y luego destrozado.

Sin embargo, no lo objetó, descartarían toda posibilidad para llevar las pesquisas por buen camino.

Rodó los ojos hacia los curiosos; entre ellos se hallaban los tres chicos que la encontraron mientras trotaban. Se preguntaba si uno de esos sería el asesino. Se le hacía factible que este estuviera deleitándose de su «obra de arte» desde el anonimato.

Pidió a uno de los agentes que tomara datos de los presentes, y que escoltara a los que la encontraron hacia la comisaría. Si el culpable estaba allí, se pondría nervioso.

Con suerte, resolvería el caso pronto.

Los reporteros mantenían sus cámaras preparadas detrás de la franja amarilla, a la espera de una gran noticia. 

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