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jueves, 12 de enero de 2017

Capítulo 3


Velkan esperó por mi reacción, pero yo no estaba en capacidad de hablar o expresar algo; el descubrimiento me dejó impactada, había traspasado el umbral de la vida y la muerte sin percatarme de ello. Boqueaba como pez fuera del agua, anonadada y sin tener la menor idea del calificativo que debería ponerme en esos momentos. ¿Perpleja? Por supuesto. Lo que menos me hubiera imaginado era que terminaría siendo una vampira con colmillos y gruñidos, incluidos. 
El bastardo no se separó de mí, manteniendo su cercana posición casi al punto de rozarme el rostro con su nariz. Estaba expectante, deseoso de saber lo que pasaba por mi cabeza, con un deje de preocupación instaurado en esos ojos que me resultaban inquietantes; demasiados extraños y únicos, como si no tuviesen color. Sin embargo, eran atrayentes. La luz de la lámpara de la mesa incidía sobre ellos, brillando como dos diamantes costosos que te atrapaban para que lo admiraras embelesada.
Aparté la mirada hacia un lado, fuera del magnetismo animal que ejercía sobre mí; desplegaba todo su poder hipnótico para mantenerme serena, para que no huyera lejos y advirtiera a los demás de la clase de abominación que él era. 
¿No vas a decir nada? —La curiosidad lo desbordaba.
 Me alcé de hombros, apesadumbrada.
¿Qué debo decir…? —formulé otra pregunta a cambio; ni siquiera yo tenía la respuesta. 
Velkan alzó la mano para acariciarme el rostro. Me miraba con cierta compasión.
Pero mi rechazo fue tan rápido que me había alejado tres metros de su lado. La sola idea de que me tocara, me asqueaba.
La mano de Velkan quedó paralizada en el aire sin poder tocarme.
¿No tienes preguntas qué formular? Los neonatos son muy preguntones; molesta tanta curiosidad —inquirió como si no le hubiera ofendido mi alejamiento; su mirada imperturbable indicaba que no le afectaba nimiedades como esas.
Desde mi ubicación, me crucé de brazos, alzando la mandíbula una pulgada; sin temores, que no viera cuánto me intranquilizaba su presencia.
Tengo una —respondí ante su insistencia.
Velkan esperó la pregunta.
¿Hasta cuándo me mantendrá encerrada? Me quiero largar de aquí lo más pronto posible.
Sus ojos diamantinos se volvieron oscuros, como el ónice.
Hasta que pases el proceso de transición.
Luego de eso me voy. —No era tonta, comprendía a la perfección que, como vampira recién convertida, no podía estar por ahí mordiendo cuellos como loca. Me imaginaba que en cuanto tuviera un humano cerca, me abalanzaría sobre él sin pensarlo dos veces y sin percatarme quién me pudiera ver. Por lo tanto, era vital que el mito se mantuviera así: en mito, tan prioritario para los vampiros, que hasta el momento ningún ser vivo ha creído lo contrario. Y yo no deseaba que me arrancaran la cabeza por indiscreta. No quería que unos «Vulturis» me sentenciaran por no cumplir las reglas.
Velkan esbozó una sonrisa que no me gustó para nada.
¿Qué le causa risa, idiota? ¿Tengo cara de payaso o qué? —espeté.
Su mirada se endureció.
Agradecería que te guardaras las ofensas para otra persona; a mí me respetas —dijo con severidad.
Una corriente eléctrica me recorrió la espina dorsal; el vampiro entablaba su posición dominante frente a una vampira inexperta.
Ni asentí ni negué con la cabeza; me mantuve firme, pero con la mirada esquiva. Tenía que estar recordándome que, si me perdonó la vida, fue por algo, pero si abusaba de su paciencia, la suerte ya no estaría de mi lado.
¿Qué quiere de mí? —me angustié—. No creo que me convirtieras en vampira porque le haya «caído bien».
Velkan guardó silencio. Y para variar, no respondía a las preguntas que yo consideraba importantes.
Me aclaré la garganta con un carraspeo bastante sonoro; tosí por inercia, tratando de soliviantar la sed que me torturaba. Me estaba impacientando; la sed empeoraba con el transcurrir de los minutos. Me preocupaba, conocía muy bien lo que me sucedía; no obstante, lo ponía en tela de juicio. ¿Tenía sed porque quería beber agua, o porque quería beber…? 
Pensarlo, me abrumaba.
¿Sed? —preguntó él, solícito. Era bueno adivinando las expresiones de mi rostro.
—Sí. ¿Podría darme un poco de agua, por favor?
Se carcajeó.
Los vampiros no tomamos agua.
—¡Pero tengo sed! —protesté. Ni a un condenado a muerte se le negaba el preciado líquido.
Aunque tomes agua, no se te aplacará.
Entonces un jugo o un vaso de leche…
De nuevo se carcajeó.
¡Deje de reírse, que no es para tanto!
Molesta por las burlas y por su falta de caballerosidad, caminé hacia el cuarto de baño echando chispas por las orejas y con ganas de asestarle un merecido puñetazo en su resplandeciente dentadura. A ver si podrá reírse de la misma manera sin dientes. 
¿A dónde va? —me persiguió divertido—. ¡Espera! ¡¿Qué vas hacer?!
Sin responder, le cerré le puerta del baño en pleno rostro.
Me abalancé sobre el lavabo con una imperiosa velocidad que casi arranco la llave del grifo por mi ansiedad. Junté las manos y acaparé un poco de agua para beberla rápidamente; la sorbía con impaciencia, tomaba y tomaba sin siquiera aplacar la sed que me atormentaba. Pegué los labios al grifo para así beber mayor cantidad en menor tiempo. Sin embargo… nada.
Pero unas terribles náuseas afloraron para mi descontento.
Devolví toda el agua sobre el lavabo con unas cuantas arcadas. El malestar fue tremendo, sentí retortijones en mi vientre; la boca se me secó más de la cuenta y el interior de la garganta me ardió como si tuviera llamas. Bebí agua, no ácido.
Al levantar el rostro y ver en el espejo la cara de malestar que traía encima, me impresioné.
Me veía borrosa.
¡Pero qué dem…! 
Los vampiros no nos reflejamos en los espejos —dijo Velkan a mi lado. El matiz divertido de su voz ya no lo tenía impreso. 
Lo miré perpleja.
¿Por qué? —pregunté estupefacta, dejando pasar por alto que había ingresado al baño sin mi permiso.
Es una señal de alerta para los humanos —me informó—. Al no ver nuestros reflejos, sabrán de antemano que están en presencia de un vampiro. 
Como si la horripilante palidez no fuera suficiente. 
Suspiré con desaliento.
Ya veo… —Entorné los ojos de vuelta hacia el lavabo—. Una excelente señal.
Así es.
Abrí el grifo para dejar correr el agua. Ya no me apetecía probarla de nuevo. Pero la sed seguía ahí, torturándome.
—Pudiste advertirme —le reproché.
Velkan puso la mano izquierda sobre la encimera, recostando todo el peso de su cuerpo sobre ella. Adoptaba una posición relajada a pesar de mi enojo. 
Lo siento, no me diste oportunidad de advertirle: el agua, ni ningún líquido puede saciar nuestra sed. Solo la sangre humana.
—¿Y la animal? —le objeté sin aceptar lo que había dicho.
Este esbozó una sonrisa condescendiente.
¿Te gusta las novelas de vampiros? —indagó imaginándose  la clase de idiota que yo era. 
Asentí, avergonzada. Me estaba dejando llevar por la literatura de ficción.  
Pero la sangre de un animal puede aplacar la sed… —repliqué en mi defensa—. Digo, es sangre. ¿No?
Comprenderá que eso es pura mierda —volteó la tortilla. Al responderme, me estaba develando el misterio. 
Me sorprendió. 
—¡¿No brillamos en el sol?! —comencé con el interrogatorio, imaginándome cierto libro juvenil. Era inevitable no hacerlo. 
Nos achicharramos —dijo con voz cansina, como si hubiese respondido la pregunta muchas veces. Para él podrían ser tontas, pero, para mí, eran de vital importancia. Tenía que saber; sobre todo, una que consideraba vital. 
¿Dormimos? —Al instante me arrepentí de haberla formulado.
Velkan me miró con lujuria.
Oh, sí, por favor…
El baño de pronto se volvió demasiado pequeño, haciendo que me recorriera un frío por la espina dorsal. Ese vampiro libidinoso se estaba haciendo ideas erróneas en la cabeza. 
¡No estoy sugiriendo pasar la noche con usted! —exclamé, airada—. ¡Le pregunto si los vampiros duermen! —Calma, Vanessa, contrólate, o ese loco te clava una estaca en el pecho por altanera. Aunque pensándolo mejor, tiene una «estaca» guardada en su pantalón que con gusto querrá clavarte.
Por supuesto —aseveró—. No tanto como los humanos, pero al final de la noche, dormimos. ¿Alguna otra pregunta?
Entrecerré los ojos con suspicacia.  
Veo que usted lee esos libros —expresé, mordaz. 
Investigación —reveló sin inmutarse—. Todo libro de vampiro que sale publicado, lo leemos para saber qué información se ha filtrado.
Imaginarlo husmeando qué ha salido en el mercado literario, era sorprendente. 
¿Alguno que deba conocer? —pregunté con inquina. 
Hasta el momento ninguno —respondió—. Aunque algunos escriben lo típico: no salimos al sol, no tenemos reflejos, súper velocidad, gran fuerza, no envejecemos… De llegar a salir uno que nos comprometiera, desapareceríamos al autor con todos los libros incluidos.
Ahora la que se reía era yo.
Eso es imposible —dije—, muchos se venden por la red.
Tenemos nuestras mañas —comentó.
Dejé ese tema en paz; seguir ahondando, era caer en provocaciones, y la sed me tenía con pésimo humor.
Velkan esbozó una sonrisa ladina de «no te preocupes, nena, te solucionaré el problema». Salió del baño y yo me fui detrás de él, pisándole los talones. Me ganaba la curiosidad por saber qué tramaba. 
Pediré servicio al cuarto —dijo, socarrón.
Levantó la mano y chasqueó dos veces los dedos como si le estuviera dando órdenes a un perro. Me pareció ofensivo que lo hiciera, su prepotencia era absoluta, quizás, acostumbrado a dirigirse al personal de servicio de esa manera.
No me dio tiempo de recriminarle su falta de delicadeza, cuando, de pronto, una mujer alta se asomó por la puerta.
Mande, mi señor —se anunció ella con voz sumisa. Hasta la forma cómo le rendían pleitesía me molestaba.
Escaneé la mujer. Sin duda alguna, vampira. Nada agraciada. Alta como una jirafa y flaca como un esqueleto. 
Una botella O-Positivo del 72 —Velkan le pidió. Sus ojos rodaron hacia mí, interrogantes y mostrándome todos sus deslumbrantes dientes—. ¿O prefiere un cuello tibio? —preguntó como si de un menú se tratara.
Estupefacta, no supe qué responder.
Eh…
Puedo mandar por un humano enseguida —agregó, sonriente—. ¿De qué edad lo prefiere? ¿Dieciocho? ¿Treinta? ¿Sesenta? Los de treinta son una buena cosecha; tienden a conservarse más para no envejecer.
Arqueé las cejas, abrumada. Ese vampiro no tendría reparos en quitarle la vida a un ser inocente para alimentarme. Le daba igual a quién desangraba; los humanos eran para él rebaños de sangre destinados para aplacar a los que tenían hambre.
Sin embargo, aún no estaba preparada para comportarme como una bestia.


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