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sábado, 14 de enero de 2017

Capítulo 3



Amara respiraba con dificultad. La herida que tenía sesgaba en el muslo derecho la martirizaba. Cada fibra de su ser sentía el dolor. Caminaba con dificultad, arrastrando la pierna como si la tuviese paralizada. No se regeneraba por la falta de sangre. No había vislumbrado un humano o animal que le sirviera de alimento. Se hallaba en medio de un bosque montañoso, cuyos árboles la protegían de ser quemada por el sol.

La debilidad era impresionante, y si no lograba salir de esa zona, sería presa fácil para quién deseara matarla. Porque lo sucedido al jet no fue un hecho fortuito, causado por el clima o un mal funcionamiento mecánico. ¡Fue un atentado! Otro más de los tantos sufridos.

Pero, últimamente, ocurrían con más frecuencia. En su amada Alemania el chofer de Velkan Angelov, enloqueció y quiso aniquilar a todos sus Adalides, incluso, a ella, dolido porque el Grigori de la Casa de la Serpiente perdió una apuesta que le costó un tercio de su reino. En Inglaterra, David Colbert la salvó de morir despedazada por una bomba que explotó en el Castillo de Bamburgh. Y, ahora, estallaban en mil pedazos su aeronave.

Arrastraba la muerte a su paso.

La rubia mujer de «apariencia» 30 años, no supo con exactitud en qué parte del mundo se había estrellado. Hasta donde tenía conocimiento, sobrevolaban Turquía. Si calculaba los minutos de vuelo transcurrido y hacía uso de su mapa mental, estaría en la parte boscosa del extremo noroeste de Irak.

De ser así… estaba en problemas.

Eran tierras enemigas.

Para su desgracia, sus mejores hombres perecieron en el siniestro. El fuego los envolvió y consumió hasta las cenizas. Aunque agradecía que Velkan no estuviese entre ellos, sería una pérdida lamentable. El aprecio que le tenía al nuevo Sigma se comparaba al amor que sentía por Noah. Por supuesto, en menor medida, el Portador le había robado su corazón.

Pero no le correspondía…

Por primera vez en su vida, maldecía lo que era ella:

Vampira.

De ser humana… la historia hubiera sido diferente. Noah la amaría sin restricciones.

Suspiró y se detuvo para descansar un rato. Llevaba recorrido varios kilómetros y cada vez se adentraba en la profundidad de la naturaleza. La sed le provocaba ardor en la garganta, que hacía que le costara ensalivar. La temperatura confabulaba en su contra para hacerle más despiadado su predicamento. El calor era insoportable, a tal punto que su ropa se pegaba a su piel, debido al sudor.

Amara gruñó ante el estado en que se encontraba. Parecía una pordiosera descalza y con el cabello enmarañado. Su costoso vestido de Cristian Dior, estaba mugroso y roto por todas partes. Se reprendió a sí misma por haber sido tan confiada. Por regla general, exigía una revisión al transporte por el cual se movilizaba. La experiencia le enseñó a ser prudente y tomar medidas extremas. Pero su «Eliam», que volvió de la muerte, a través de la reencarnación, le restó toda traza de raciocinio y la hizo débil.

Entonces, en una fracción de segundo…

Olfateó un zorro.

Su sed se acrecentó.

Se agazapó un poco entornando la vista por entre los árboles, y lo vislumbró a 200 metros. Sonrió y sus colmillos superiores e inferiores se alargaron. No era un humano de edad media, ni uno que estuviera en la decadencia de su vida. Pero aquella especie bien que podría satisfacerla y curar un poco sus heridas. 

Tomó una bocanada de aire, para infundirse valor. El muslo le sangraba y palpitaba. Si quería atrapar al pequeño animal, tendría que aguantarse el dolor y correr con todas las fuerzas que pudiera darle las piernas.

Se preparó y apretó los dientes.

Hora de cazar.

No obstante, no contó con un inconveniente.

Un psiball, salido de la nada, impactó cerca de ella. Fue un estruendo que la hizo caer de espalda. La esfera luminiscente por poco la deja sin cabeza.

¡¿Pero, que dem…?!

Amara se sobresaltó y rodó los ojos hacia su rededor. El tronco que recibió el golpe de aquel poder aural se partió en dos. Quién lo ejecutó debía ser un Portador muy poderoso.

Gruñó, y movida por la adrenalina, se incorporó al instante. No bebería del zorro, pero sí de ese individuo.

Evitó analizar cómo este la encontró con tanta rapidez. Necesitaba enfocarse en su adversario y rastrearlo antes de que perdiera su vitalidad. Si ella perecía, su reino caería. La Casa del Fénix quedaría sin un regente que la gobernara. Velkan era un excelente Sigma que mantendría a su pueblo calmado por un tiempo, pero no podría ocupar su lugar, los demás Grigoris jamás lo permitirían; la mayoría era oportunista, y si tenían la posibilidad de aumentar sus territorios sin irse a la guerra, lo aprovecharían. Todo estaba cimentado en las Reglas Vampíricas: si un Grigori perdía su inmortalidad, su reino debía repartirse entre los restantes.

Muy conveniente para los que no la estimaban.

Sobre todo uno.

Azael.

Otro psiball surcó el aire e impactó en el suelo, levantando plantas silvestres y tierra de forma violenta. La vampira corrió con dificultad, gruñendo y tratando de protegerse de los rayos solares que se colaban a través de las copas de los árboles. Sumaba unas cuantas quemaduras a lo largo de su cuerpo. En especial los brazos, que fueron los que protegieron su rostro de la explosión. De lo contrario, estaría desfigurada.

El silencio en el Bosque del Mediterráneo Oriental se interrumpía con cada estremecimiento que producían las mortales esferas contra los árboles y la superficie terrestre. Amara luchaba para no ser alcanzada; si alguno lograba su objetivo, sería su final.

Se refugió detrás de una roca de enormes proporciones. Un pedazo de montaña que en algún momento del pasado se desprendió y rodó cuesta abajo.

Sería su escudo, de momento.

—¡No tienes a dónde escapar! ¡Te liquidaremos! —exclamó la carrasposa voz de Oron Powell.

Amara sintió que un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Si aquel anciano la estaba atacando, de seguro no estaba solo. Oron era de los que gustaba fraguar una buena emboscada.

No contestó, no caería en el error de revelar su ubicación. Los Portadores, aparte de ser los mejores rastreadores, eran implacables con los vampiros.

Estaban allí para asesinarla.

Maldito, escupió para sus adentros. Así que era él quien estuvo detrás del atentado. Le haría pagar su osadía.

Sopesó qué ruta tomar sin que le dieran alcance. Su debilidad empeoraba a cada segundo y no podía remediarlo. Si tan solo hubiese bebido un poco del zorro, tendría la energía suficiente para alejarse lo más rápido posible de ese lugar.

—¡Estás rodeada! —advirtió el Portador, escuchándose cada vez más cerca.

—¡Eres un bastardo, Oron! ¿Qué pasó con el pacto, ya no habrá más paz entre nosotros? —reprochó ella en voz alta. ¿Qué caso tenía mantenerse en silencio si ellos la percibían con sus visiones? El pacto se estableció para controlar la conversión de los vampiros y evitar que la Tríada le ayudase.

El condenado Augur cambió de parecer.

Porque solo él tenía la potestad de cancelar dicho pacto e iniciar una nueva contienda entre humanos y vampiros. 

¿Y todo por qué?

Por una sencilla razón: los Egregios.

La Hermandad de Fuego temía que sus descendientes sintieran algún tipo de afecto hacia los Grigoris, en el momento dado de que tuvieran que conocerlos.

Pero esa suerte no la poseía ella, que tuvo la desdicha de soportar el desamor de Noah. El desprecio fue tan grande, que hizo que sus camaradas se inquietaran. Si uno de ellos odiaba, lo más seguro que los otros también.

—Así es —confirmó el anciano con parquedad. Ya no habría más paz.

Los psiballs se reanudaron y, esta vez, el número aumentó. Amara no hacía nada por defenderse. Estaba aovillada, limitada a un exiguo refugio, que no le duraría por mucho tiempo. Sentía que desfallecía, el sol le mermaba las fuerzas.

Y, como si fuese adivina, la enorme roca comenzó a levitar.

Oron la había hallado.

La vampira se levantó y trató de correr para escapar de la onda expansiva que uno de sus adversarios expulsó hacia ella. Pero no lo hizo con la suficiente rapidez, su velocidad era tan precaria como la de una mortal insignificante. Cayó sobre su pecho y se golpeó medio rostro contra el suelo. Un hilillo de sangre brotaba de la comisura de sus labios, inundando su boca con un sabor metálico y salado. El sabor común que solía paladear a diario para alimentarse.

Lo malo era que esta provenía de sus encías.

Le costaba respirar, y cuando intentó arrastrarse, la inmovilizaron con ondas aplastantes.

—Uno a uno caerá y la humanidad se verá librada de la peste que ustedes representan —espetó Oron caminando a paso lento hacia la malherida reina—. La Hermandad se alzará y una nueva Orden se impondrá en cada continente. La Oscuridad pronto será vencida.

—Eso está por verse… —masculló Amara, mientras intentaba moverse. Se sentía atada de pies y manos.

Al ser sometida, los ancianos se pusieron al descubierto sin el temor de ser atacados. Estaban al pleno conocimiento de que solo ella sobrevivió a la caída del jet. Por tanto, la tenían en sus manos.

Como pudo, Amara observó que eran cinco sujetos de edad muy avanzada. Oron era el más «joven», tal vez, con unos 60 años y poseedor de más de un poder aural.

—¿Qué pasa, por qué no surte efecto? —preguntó uno de ellos al observar que esta seguía aferrándose a la vida.

—Paciencia, mis queridos hermanos. Le está tomando su tiempo.

—¿Estás seguro que se hizo de la forma correcta? —cuestionó Máximo, el Portador más temperamental del grupo.

Oron lo atravesó con la mirada y le respondió:

—Lo estoy. Ella pronto cambiará.

Amara tembló ante lo que fuese que estuviesen planeando.

Los hombres la rodearon con una sonrisa despectiva, jactándose de su derrota.

Oron seguía levitando la roca, con el deseo expreso de estrellarlo contra la Grigori alemana. Una abominación como esa no le quitaría la paz mental a su hijo, sería la primera en morir. Se había dado cuenta de la incertidumbre que este padeció ante de desaparecer para siempre a tierras extranjeras. Por un instante, dudó en permanecer a su lado.

—Adelante —desafió Amara, mirando de reojo la roca que levitaba sobre ella.

Oron no lo pensó dos veces y la aventó con todo su poder telequinético para dejarla como una estampilla. Aplastada.

Amara cerró los ojos y sintió como si el mundo le hubiera caído sobre su espalda. Jadeó, perdiendo la respiración. El impacto fue doloroso, reventándole órganos internos y fracturándole cada hueso de su cuerpo.

Se desmayó y quedó inerme ante sus enemigos.

Los Portadores protestaron. La roca fue insuficiente para matarla, se partió en dos.

Entonces, Oron, escuchando a sus compañeros, aceptó la mejor sugerencia.

El sol.

Con su mente, movió las copas de los árboles, para que el astro rey ejerciera toda la fuerza calórica sobre la vampira.

—¡NO! —gritó la voz de un hombre joven desde el fondo del paisaje boscoso.

Oron sintió un estremecimiento, y se volvió hacia ese punto, dejando de ejercer la telequinesis. Una vez más, el cielo se ocultaba detrás del espeso follaje. Pero no le importaba. Ya que estaban siendo abordados por un ser que él amaba como si fuera de su propia sangre.

Noah.

—Cometerán un error si la matan —expresó este mientras se acercaba—. Desatarán la guerra una vez más.

—¡Se equivoca, ella debe morir! —gritó uno de los ancianos que no comprendía por qué Oron se mantenía rígido. Se suponía que estaban allí para liquidar a la mujerzuela e iniciar una revuelta sangrienta que acabaría con los Eternos de una vez por todas, y no razonar con un joven exiliado.

Máximo Cuarzo, acreedor del don del clima, desató una tormenta eléctrica que hizo que las nubes tronaran ruidosas y el viento soplara con más incidencia. Haría como Zeus: lanzaría rayos a sus contrapartes.

Oron levantó la mano para indicarle al atmoquinético, que se detuviera. No era conveniente que el cielo se oscureciera, fortalecería un poco a la vampira.

El aludido obedeció reticente, ya habría oportunidad para chamuscar a esos dos.

—¿Qué haces aquí? —inquirió Oron al muchacho con rudeza. Si mal no recordaba, dentro del pacto se exigía que los integrantes de la Tríada no pudiesen ayudar a los vampiros. Si les perdonaron la vida, fue porque se guardaba la esperanza de convencerlos algún día de retomar las investiduras de la Hermandad.

Por lo pronto, no era seguro, el deseo de abandonar el Zigurat y ayudar al Grigori británico estaba muy reciente.

—Lo mismo pregunto yo: ¿qué hacen ustedes aquí? ¿Por qué la quieren matar? —Los ojos grises de Noah rodaron hacia Amara que yacía inconsciente. Se la veía tan indefensa que fue inevitable sentirse abrumado.

—Aléjate, hijo, esto no te concierne. La Grigori debe pagar por sus pecados. Durante milenios ha causado muchos desmanes a la humanidad.

Noah frunció el ceño y estudió a los ancianos. Ninguno le pondría un dedo encima. La mujer no era una perita en dulce, pero tampoco una criatura que debía sucumbir a los pies de sus adversarios. Si debía morir, que fuera con dignidad.

—Lo siento, no lo permitiré.

—¡Traidor! —exclamaron furiosos, Máximo y Douglas Conrad al mismo tiempo.

Tres psiballs volaron hacia él de forma contundente. Si uno lo alcanzaba lo sacaban de combate.

Noah tuvo que teleportarse varias veces, de un punto a otro, para que no lo lastimaran. Los psiballs eran terriblemente dolorosos y hasta mortales si se expulsaban con furia.

—¡ALTO! —Oron trató de impedir que el enfrentamiento llegara a mayores. No valía la pena el odio entre ellos.

Nadie lo escuchó.

Ondas expansivas, psiballs, y rayos que caían del cielo, arremetían contra el muchacho con violencia. Su objetivo era simple: matarlo.

Impaciente y temiendo por la vida de su hijo, Oron arrancó un gran árbol desde su raíz utilizando la telequinesis.

Lo lanzó contra sus hermanos.

No les haría daño. Estaban proyectados, sus cuerpos de carne y hueso reposaban sobre los sillones de una de las residencias en las que solían hospedarse cuando cruzaban el portal.

Los ancianos se arrojaron al instante. Podrían estar como espectros en el bosque, pero el instinto protector era innato.

—¡Maldición, Oron, ¿qué te pasa?! ¡Pudiste matarnos!

—Como si pudiera… —masculló Noah después de que reapareciera al lado de Amara. La vampira, quien no recobraba la conciencia, sangraba de forma alarmante.

—No podré protegerte si la ayudas.

—Lo siento, padre, debo hacerlo. Esto está mal…

—¡Desgraciado! —prorrumpió Máximo, lanzándole un psiball que lo tomó con la guardia baja. Le dio justo en el pecho.

—¡NO! —Oron se preocupó. Su hijo estaba por ser ultimado.

Máximo y los demás Portadores, lanzaron ondas expansivas aplastantes para inmovilizarlo.

Pero, justo cuando las ondas estuvieron a escasos centímetros de alcanzarlo, Noah extendió la mano y tomó el brazo de Amara para desaparecer con ella de vuelta a la habitación del hotel.

Ahora le deparaba algo peor.

Mucho peor…

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