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domingo, 15 de enero de 2017

Capítulo 3



 —¡¿Qué le pasó, señorita Andrea?! —se asombró el ama de llaves en el umbral de la puerta principal. Usaba un delantal de rayas horizontales rojas, haciéndola ver más robusta.

—Me caí —respondí mientras subía las escaleras hacia el porche de la casa. Estaba apaleada con el bochorno de tener que dar tontas explicaciones. Mi poca destreza para montar la bicicleta impidió que mis reflejos actuaran con precisión. Todo lo contrario, terminé besando el suelo de forma aparatosa.  

La anciana arrugó el ceño y desaprobó el diminuto short que traía puesto. En cuanto llegamos a la Ponderosa, asomó la cabeza por una ventana y salió deprisa a recibirnos.

—Debió usar pantalones —reprochó observando la sangre en mi rodilla aporreada—. No ese taparrabo…

Verónica puso los ojos en blanco, tal vez cansada de sus comentarios fuera de lugar.

Entregó su bicicleta y la mía, a Leonor y un muchacho; estos, enseguida, las llevaron al garaje que quedaba cerca de las caballerizas. Carlos e Isaac siguieron a los chicos con las suyas. Lo más probable era que tuvieran intensiones de continuar con la expedición otro día.

—Tiene razón —dije sin llevarle la contraria—. Para la próxima tomaré precauciones.

La anciana asintió satisfecha.

Entré a la sala y subí las escaleras rumbo al segundo piso. Me costaba doblar la pierna izquierda; cada vez que lo hacía, la herida tironeaba con dolor.

Por desgracia, el viaje hacia el embalse no se llevó a efecto por lo sucedido. Isaac desistió de la idea de seguir adelante. Ordenó devolvernos antes de que mi condición empeorase. Él pasó por una situación como esa y tuvieron que suturarlo con varias puntadas en el hospital.

Lo malo es que tuvimos que devolvernos como vinimos. Si lo hacíamos a pie, tardaríamos horas y el agotamiento nos molería.

Tuve que hacerme la valiente y garantizarles a los chicos que resistiría el pedaleo hasta llegar a destino.

El ciclista se quedó atrás, no sin antes disculparse una vez más. Se montó en su bicicleta y continuó por su camino.

Me dio lástima el muchacho, se veía a leguas que era buena persona, me hubiera gustado conocerlo bajo otras circunstancias.

Ni siquiera supe su nombre.

Pero fue mejor así. Isaac estuvo a punto de volarle los dientes de un puñetazo.

Entré a mi habitación y me quité la ropa, procurando no lastimar la rodilla. Una ducha me libraría del sudor y aliviaría la tensión que se instaló en mi espalda.

Cada vez que tenía cerca a Isaac, pensamientos lujuriosos me asaltaban sin contemplación. De seguir así, entraría en un estado de ebullición. Los meses que tenía sin relaciones sexuales me pasaron factura.

Una vez refrescada, me acosté en la cama, aún enrollada en la toalla; padecía de dolores musculares y una severa migraña debido a la insolación. Necesitaba descansar y olvidarme del pésimo día, Carlos no paró de quejarse por culpa del imprudente extraño, y Verónica sonriendo como lunática las veces que Isaac me miraba por sobre su hombro.

Desde mi caída no volvió a hablarme, se sumergió en su habitual silencio, manteniendo su vista constante en cualquier parte, menos en mí. Pero era un esfuerzo que le costaba, su subconsciente lo traicionaba y se pillaba a sí mismo contemplándome.

Sonreí y cerré los ojos, abrazando la almohada.

Le gustaba, pese a que él trataba de ocultarlo. Después de todo, el accidente no fue tan malo, a causa de ello, percibí que seguía apreciándome.

Tendría que darle las gracias a Verónica por convencerme de acompañarla a El Jarillo. De no haberlo hecho, estaría lamentándome de mi suerte.



*****



Desperté revitalizada tras varias horas de sueño. El almuerzo pasó de largo, sin que ninguno de los huéspedes asomara la cabeza por la cocina. La señora Josefa fue amable en no molestarnos y dejarnos descansar. El ejercicio físico fue demasiado, ocasionándonos sueño. El ambiente fresco, la naturaleza, el aire puro… todo era un aliciente para nuestro organismo.

Rodé los ojos hacia la ventana y observé el paisaje exterior. Anocheció y la oscuridad reinaba en cada lindero de la hacienda.

De un salto me levanté de la cama, dirigiéndome hacia la maleta a un lado de la puerta del baño. La arrastré y levanté, colocándola sobre el colchón.

Removí la ropa, en busca de algo que me hiciera lucir mejor. Opté por un vestido floreado de tirantes. El largo de la falda apenas rozaba las rodillas, por lo que la tela no me lastimaría la herida. En cuanto al cabello, lo recogí en una cola de caballo. Unas sandalias planas que mantenía los dedos de los pies destapados, le daba al atuendo un toque informal.

Estaba lista.

Si la amistad con Isaac venía vislumbrándose con buen talante, bienvenida sea.

Pero, si no…

Sacudí la cabeza y me perfumé, por si las moscas. Presentía que algo sucedería esa noche.

Cené sin compañía, una vez más, mi falta de apreciación por el tiempo me jugaba una broma pesada. Leonor me sirvió la cena e indicó que mis amigos conversaban en la azotea. Procuré comer deprisa y unirme a ellos. En cierto modo me sentía excluida, era una tontería de mi parte, pero no evitaba sentirme así.

Al cabo de un rato, caminé hacia el tercer piso. La casa era enorme, con pasillos largos y arcos de madera. El arquitecto que la diseñó se esmeró en los detalles: puertas altas y ornamentadas, paredes recubiertas de ladrillos lisos, chimeneas rústicas, techos triangulados, complementados con muebles antiguos de los años cuarenta, y lámparas de bronce.

Una construcción magistral, sin lugar a dudas.

—Despertó la bella durmiente. Ya iba a mandarte un príncipe para que te despertara —dijo Verónica, guiñándome el ojo.

—Muy graciosa —repliqué un tanto enojada. Ya sabía de a qué «príncipe» se refería.

En cuanto al aludido, este hablaba por el móvil en la parte más retirada de la azotea. Crispaba las manos como si estuviera discutiendo. Me daba la espalda, algo lo tenía de mal humor, haciéndose patente para todos.

Pese a ello, se lo veía sexy con sus vaqueros desteñidos que le caía hasta las caderas y su camiseta blanca estampada. Parecía un roquero que daba sus primeros pasos en el mundo de la música.

Verónica sonrió al pillarme observarlo embelesada, y codeó a Laura, sentada a su lado. Ambas intercambiaron una mirada cómplice de la que me puso nerviosa; esas dos cuando planificaban algo era de temer.

—Hola —saludé a Carlos y Armando que repararon en mi presencia. Conversaban entre ellos de lo que sus novias no fueron partícipes, quizás, abordando temas exclusivos de chicos, de lo que al sexo femenino no le interesaba.

—¿Cómo sigue la rodilla? —preguntó Armando, enfocándose sobre la laceración que tenía. Laura y Verónica se carcajearon ante un comentario que se hicieron entre ellas.

—Un poco adolorida —dije, ignorándolas—, pero no me limita para caminar.

—Bien, porque no quiero alquilar una silla de ruedas —bromeó—. Sería difícil rodar por ahí contigo.

Lo miré sin comprender.

—¿Cómo «rodar»?

—Mañana se retoma el viaje al embalse. Laura y yo los acompañaremos —aclaró—. Juan, el ayudante del señor Pedro, nos conseguirá un par de bicicletas.

Hice un feo gesto.

—Están locos si piensan que los acompañaré de nuevo. No estoy para montarme en una. ¡Mírenme! —Alcé un poco el ruedo del vestido y les mostré la rodilla—. ¡Me duele!

Armando ni se inmutó.

—Qué floja eres —expresó—. Puedes hacerlo sin problemas.

Sacudí la cabeza.

—Mañana me quedo en la hacienda. Ustedes vayan a dónde quieran ir.

El chico puso los ojos en blanco, sin insistir en convencerme de acompañarlos.

—¿Tomás una? —consultó Carlos, haciendo referencia a la cerveza que él sostenía.

—Claro —respondí al instante. Que el licor terminara de aplacar los nervios que sentía.

Carlos se levantó de su asiento y se dirigió hacia un minibar de bambú ubicado cerca. Su diseño distaba mucho de aquellos tallados en roble u otro tipo de madera. Este lo hicieron para resistir los embates de la intemperie, pese a que un techo de dimensiones pequeñas lo cubría.

Alcancé a ver que el refrigerador lo tenían para un solo propósito: abarrotado de cerveza. En algún momento, mientras estuve dormida, los muchachos fueron al pueblo para abastecerse de ella. No me imaginaba a la señora Josefa o a su esposo embriagándose a la luz de la luna en casa ajena. Era un matrimonio que respetaba el entorno ajeno.

Me senté en el círculo de sillas, entre Armando y otra silla vacía. Estábamos al descubierto con un cielo estrellado sirviéndonos de cobijo. Las siluetas de las montañas nos rodeaban, apenas iluminada por algunas casas campestres. Los grillos chillaban y los sapos crujían. El olor a durazno se percibía en el ambiente. Los árboles frutales abundaban por los predios y aromatizaban de manera agradable el aire, llegando su olor a nosotros cuando la brisa nocturna soplaba con suavidad.

—Esto es el paraíso —comenté pagada de mí misma; con gusto pasaría una temporada larga en ese lugar, si tuviera la oportunidad. Los problemas cotidianos quedaban en la ciudad, otorgándonos un merecido descanso.

—Ya lo creo que sí —replicó Carlos mientras me entregaba la cerveza fría.

—Gracias —le sonreí. Este me devolvió el gesto y se sentó junto a su novia.

Verónica le dio un casto beso y le dijo algo al oído, de la que él esbozó una sonrisa maquiavélica.

Sea lo que fuere me dio mala espina.

En un afán por ocultar mi temor, miré a través de las barandas que rodeaba la azotea, hacia la casa destinada para los Contreras.

Me llamó la atención que un hombre joven salía de ella; no sabía quién era, ni le apreciaba sus facciones. La distancia dificultaba reconocerlo. Tal vez, un peón que trabajaba la tierra o una visita que los ancianos tenían.

La cuestión, es que este mantenía un porte que causaba admiración.

Rápido volví la vista cuando un repentino perfume masculino inundó mis fosas nasales.

Mmm…

El aroma era delicioso, una mezcla de vainilla, rosas y cedro. Me estremecí al percatarme de a quién le pertenecía. Isaac se sentó a mi lado, dejando su móvil en el borde de una maceta grande. La persona con quien habló le cambió la expresión de su rostro, luciendo enojado, con la mirada perdida en algún punto de la serranía del estado Miranda. Nada del chico alegre o impulsivo, de temprano en el día, quedaba; este se mantenía dentro de sus propios pensamientos, meditando la avinagrada conversación que había acabado de sostener.

—¡Se me ha ocurrido una idea! —exclamó Verónica, poniéndose en pie—. ¿Qué les parece si jugamos a la botellita?

¿Eh?

Por poco me atraganto con la cerveza cuando la escuché. Ya decía yo que tanto cuchicheo era de preocupar.

—Ay, no, Verónica, eso es para niños… —protestó Armando con desaliento.

—¡Sí, sí, me gusta ese juego! —aplaudió Laura, siguiéndole la corriente a su amiga.

—Pero, amor…

—Las reglas son las siguientes —interrumpió Verónica a Armando, alzando un poco la voz—: Será verdad o penitencia. Al que le toque la punta, deberá responder la pregunta que le formule al que le toque la base de la botella. ¿Qué les parece?

Oh, oh…

—¿Y si no respondemos? —pregunté azorada, temiendo lo peor.

—Sencillo: cumplirá la penitencia que su contraparte le imponga.

—¿Cómo qué? —la asalté. Mi corazón comenzaba a palpitar con fuerza.

Verónica se encogió de hombros, restándole importancia.

—No sé… Cacarear, saltar en una pata, desvestirse…

¿¿¿QUÉ???

Esta hija de…

—¡Sí! —concedió Armando, cambiando de parecer. El hecho de ver desnudos, en especial, de las chicas, lo animaba.

De inmediato miré a Isaac, este parecía indiferente, ajeno a lo que ahí se fraguaba.

—Bueno, ¿qué esperamos? —aupó Carlos, siendo el primero en sentarse en el piso de madera.

Armando, Laura y Verónica hicieron lo mismo.

—Vamos, no sean mojigatos. Yo sé que ustedes se mueren por participar —dijo Verónica a Isaac y a mí.

El aludido se sentó en el piso sin protestar. Para él daba igual un juego de niños o una partida de póquer. Sea lo que fuere que lo sacara de su ensimismamiento.

—¿Andrea? —me llamó Verónica.

—Vamos, no seas aguafiestas —secundó Carlos con su condenada sonrisa maliciosa.

Entrecerré los ojos. Pelirrojo desgraciado, algo tramaba y no sabía qué.

Suspiré derrotada y me senté con cierta dificultad. La rodilla me recordaba el incidente con el ciclista, por lo que tuve que dejar las piernas un poco estiradas.

—¿Quién da inicio? —preguntó Armando, impaciente.

—Yo. Ya que fue mi idea, me concierne comenzar con la primera ronda —dijo Verónica.

Tomó un gran sorbo de su cerveza, terminándola toda, y ubicó la botella vacía en el centro del círculo de amigos.

La hizo girar con rapidez.

Deseé que el pico de la botella apuntara hacia otra parte y no a mí.

Los segundos que esta giró se me hicieron escasos. Por fortuna le tocó a Laura.

El otro extremo de la botella apuntaba a Carlos. Él tendría la dicha de preguntar o imponer una penitencia.

Carlos carraspeó y se sobó las manos, como todo un As de la maldad.

—Laura —la llamó—: Dinos las posiciones en que te puso Armando cuando te lo hizo esta mañana.

Todos se carcajearon. Isaac apenas sonrió. Yo me moría de los nervios. ¿Qué se les ocurriría a esos bastardos para abochornarme de llegar mi turno?

Ella, sin dejarse amilanar, lo pensó.

—A ver… La carretilla, el misionero, el 69…

Los chiflidos y vítores se avivaron.

Armando infló su pecho, orgulloso. Era un veterano en la cama.

—Muy bien, respondiste, ahora bebe de tu cerveza —dijo Verónica, llevando a cabo las reglas del juego.

Laura, triunfal, así lo hizo.

Luego ella tomó la botella central y la hizo girar para ceder el turno de las preguntas a los demás.

El pico apuntó a Isaac.

La base le tocó a Verónica.

Esta habló:

—Como nos tienes en ascuas con tu mala cara, nos vas a decir de qué hablabas con Patricia.

Al instante, presté oídos a lo que él diría. Así que era con ella que discutía.

Una brisita me batió el cabello e hizo sentir bien. La noche estaba más fresca que durante el día. Fue reconfortante, sudaba más que una cerda a causa de las preguntas que se formulaban.

—Es privado —respondió Isaac, lacónico.

Verónica se cruzó de brazos y su mirada chispeó, aunque no sabía si por el licor o su picardía.

—Muy bien, ya que te lo reservas, harás penitencia. —Me miró y yo palidecí. ¿Qué pensaba hacer esa loca?

La mataría si me ponía en un predicamento.

—Quítate toda la ropa.

Abrí los ojos como platos. Armando se carcajeó y Laura sonrió de oreja a oreja.

Sin inmutarse, Isaac se levantó, quitándose primero los zapatos y después la camiseta por encima de sus hombros.

Mi mandíbula se desencajó y mis ojos casi se salen de sus cuencas.

Los abdominales de Isaac se definían a la perfección, cada milímetro de su torso parecía cincelado por un escultor. Me daban ganas de pasar la lengua a través de él y lamerlo con devoción. Sus pectorales invitaban a posar mi cabeza sobre ellos y acurrucarme hasta quedarme dormida, mientras que sus bíceps me acobijaban para protegerme del mundo exterior.

Pero lo mejor ocurrió cuando se quitó el pantalón.

Santísima María, madre de Dios…

Isaac no le tenía que envidiar a las piernas de un futbolista. Estas eran torneadas y musculosas, resaltando así el trabajo que el deporte logró en él.

Sin poder evitarlo, me enfoqué en su bóxer y en el bulto que se ocultaba debajo. Una línea de vellos oscuros y ensortijados trazaba el camino hacia este, incitando a que lo admirasen en toda su extensión.

A Verónica le brillaron los ojos.

—Dije «toda» la ropa —recordó maquiavélica.

Isaac sonrió y tomó la cinturilla de su bóxer.

Yo tragué en seco. Quería ver.

—¡No, no, no! Déjatelo, que me causarás náuseas —exclamó Carlos, tapándose los ojos y los de su novia.

—¡Pero es mi penitencia!

—Olvídalo, Vero, para eso te muestro el mío, pero a solas.

La aludida asintió. Tenía que acceder a esa petición o enfrentar una discusión con él.

Isaac se encogió de hombros y se sentó en el piso en ropa interior.

Me miró de refilón e hizo girar la botella con fuerza.

Por un instante contuve la respiración, la botella giraba y giraba sin aminorar su velocidad. La punta se desplazaba con rapidez por cada uno de los presentes, amenazando con escoger a su próxima víctima.

Rogué a todos los santos, a las vírgenes benditas, e incluso, hasta los difuntos, con tal de que la condenada botella no se detuviera frente a mí.

Pero la suerte no estuvo a mi favor.

El pico… el maldito pico de botella me señaló.

Y para rematar el predicamento, el otro extremo le tocó de nuevo a Carlos.

Mierda.

Verónica y él cruzaron miradas, asintiendo sonrientes ante un acuerdo silente.

Mierda, mierda.

Carlos carraspeó para atraer mi atención.

—Andrea, por ser tan quisquillosa —dijo—, haré una pregunta apropiada para ti.

Suspiré aliviada, al menos era considerado.

—¿En qué piensas cuando te masturbas?

Tosí.

¡Ese bastardo!

Carlos, Armando e Isaac aguardaban mi respuesta. En especial el último, que parecía envolverme con su mirada de fuego.

—No voy a responder a eso.

Carlos sonrió malévolo.

—Conoces las consecuencias.

Asentí temblorosa. Una penitencia que me pondría en mayor vergüenza.

—¿Qué debo hacer? —haría lo que fuera, menos responder a esa pregunta. Por norma general, solía masturbarme pensando en mi examigo. Por extensión, no deseaba revelar ese secreto. Si mentía, ellos me descubrirían, dado que era pésima para mentir.

Carlos hizo un breve silencio y luego contestó:

—Besa en los labios a Isaac por cinco minutos. 




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