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domingo, 15 de enero de 2017

Capítulo 3



Tan pronto puso un pie dentro de Poison, Sarah se arrepintió en el acto. El lugar se caracterizaba por ser poco «familiar». Menos, un club nocturno para divertirse con los amigos. Aquello le resultaba tosco, más bien, peligroso, con gente bebiendo de su botella y escaneándola de arriba abajo, como si no perteneciera allí. Un pez fuera del agua se sentía, mientras caminaba hacia el interior, buscando con desespero a Luna Ramírez.

—¡Aquí! —exclamó ella, abanicando la mano y elevando la voz para hacerse escuchar por encima de la estruendosa música. Demasiado espantosa, rap de la peor clase, de la cual, Sarah se preguntaba cómo alguien soportaba semejante ruido sin que se le reventaran los tímpanos.

La halló en una mesa, al fondo del recinto, junto con su hermano, su cuñada y el tal Bruno.

El supuesto chico que los acompañaría no estaba. Lo que era bueno para Sarah, ya que no pretendía compartir con un desconocido. 

—Hola —saludó tan pronto se acercó hasta ellos. Nacho y Bruno se levantaron de sus asientos por caballerosidad. La diferencia de tamaño y complexión física entre los dos, saltaron a la vista. El hispano dejaba mucho que desear con su contextura delgada y estatura baja, mientras que el otro, rozaba el metro noventa y con sobrepeso.

El primero movió una silla y se la ofreció para que se sentara.

—Tiempo sin verte —expresó Camila; la rubia esposa de Nacho. Tenía seis meses de embarazo, con una lata de Pepsi entre sus manos.

Sarah carraspeó.

—Sí… he… estado muy ocupada.

—¿Haciendo qué? —inquirió Nacho, dando un sorbo a su cerveza. Como siempre, se destacaba por ser impertinente.

—En mis diseños.

—¿Qué diseñas? —A Bruno le atizó la curiosidad.

Sarah agradeció que le preguntara sobre lo que ella se defendía muy bien.

—Accesorios. Ya sabes: collares, sarcillos, pulseras…

¡Wow! Te felicito.

—Son muy bonitos —intervino Camila, sonriente—. Tengo un juego que ella me regaló en mis cumpleaños.

—Pronto estarás vendiendo tus diseños por todo el país —vaticinó Luna, acicalándose su larga melena de color azabache.

—Pero, ¿de qué le vale?, la mantiene solterona.  

—Bombón… —Camila le dio una suave palmada en el brazo a su esposo para que mantuviera la lengua quieta. La versión contraria de Luna, que se destacaba por ser comprensiva.

—Mira…

—¿Recuerdas a Bruno Ross? —interrumpió Luna a Sarah, con su mano extendida hacia su pretendiente. De ese modo, evitaba una confrontación entre esos dos.  

La muchacha, conteniendo su enojo, asintió.

—¿Cómo estás?

—Bien, gracias —dijo el aludido con timidez, acomodándose sus lentes rectangulares sobre un rostro bonachón. Luna se veía pequeñita a su lado, con su cuerpo menudo y formas voluptuosas, mientras que su acompañante, se asemejaba a un enorme oso de peluche de 35 años.

—Y, ¿qué te parece?

Sarah no supo qué le quiso preguntar su amiga, que abanicaba sus largas pestañas alrededor de sus ojos negros.

—¿Sobre qué?

—Sobre Poison. ¿Te gusta?

La muchacha miró su entorno y esbozó una sonrisa desabrida. Si por ella fuera se iría de allí de volada.

—Es… interesante.

Nacho rio, intuyendo que la neoyorquina frecuentaba lugares más refinados.

—¿Qué vas a tomar? —le preguntó.

Ella lo pensó. ¿Habría algo decente para beber, salvo la cerveza?

Lo dudaba.

—Una light.

Nacho resopló.

—Si quieres «agüita de cebada», ve a un ancianato. Aquí se sirve bebida para machos.

—¡Ignacio José! —Lo reprendió su hermana—. Sé más cortés.

Este se carcajeó.

—¡Bromeaba! —Solía hacerlo con frecuencia para sacar a Sarah de las casillas. La apreciaba, pero alguien tendría que ser el encargado de sacudirle los cimientos para que dejara de ser tan estirada. Y él conocía al candidato perfecto para ella.

Puso sus dedos entre sus labios y pitó, para llamar la atención de una mesonera.

La aludida acudió con celeridad. El uniforme que usaba le quedaba tan ajustado, que sus protuberantes senos sobresalían del escote.

—¿Qué desean? —preguntó con voz chillona y mascando chicle de forma ordinaria.

Nacho tragó saliva. Los senos de la mesonera lo trastocaron, teniéndolos a escasos centímetros de su nariz.

—Cu-cuatro cervezas —tartamudeó.

La mesonera le sonrió seductora.

—¿Algo más…?

Nacho miró a su esposa.  

—¿Otra Pepsi, cariño? 

Esta negó con la cabeza, molesta. Le desagradó la presencia de la mujer.

—Saliendo —replicó la mesonera, contoneando las caderas hacia la barra.  

Sarah pensó que algunas mujeres tenían por deporte coquetear con cualquier hombre.

Se fijó que le pasó la mano con suavidad por la espalda de un cliente y le dijo algo a su oído. Este asintió, sin saber si le sonreía o no. La cuestión, sea lo que fuere que ella le hubiese propuesto, él aceptó.

—Es Derek —informó Nacho ante su insistente mirada— ¡Hey, Derek! ––exclamó, haciendo aspavientos con los brazos; lo reconoció estando de espaldas.

Sarah se volvió hacia Nacho y luego en dirección de a quién iba dirigido el saludo de su amigo.

Y fue cuando su corazón comenzó a latir desaforado por primera vez desde que terminó su relación sentimental con Oliver Morgan hacía dos años.

Por Dios…, expresó en su interior.  

El aludido entornó la mirada hacia Nacho y luego hacia ella, como un acto de reflejo, para luego fruncir las cejas con cierto enojo. Dijo algo al oído de la chica que lo acompañaba y se levantó de su asiento para dirigirse hacia ellos a paso lento.

Sarah no supo explicarse así misma qué fue lo que se removió dentro de su ser, sintió cómo si le hubieran inyectado una dosis revitalizante de energía y sacudido el alma con mucha fuerza.

Al verlo, sus pies quedaron pegados en el piso.

Alto, de metro ochenta y cinco. La estatura perfecta para los de su tipo. ¿Edad? Quizás unos treinta y pocos. Esbelto, sin saber si su cuerpo lo tenía definido con una buena musculatura o si solo se trataba de volumen por las capas de ropa elegante que llevaba puestas. Caminaba a sus anchas, con la sonrisa de lado, la barba de tres días, y el cabello negro desordenado. El saco arrugado y la camisa blanca desabotonada hasta la mitad del pecho, dejaba mucho que desear. A pesar del desorden de su indumentaria, comprendía que solo deseaba relajarse, y Sarah ansiaba por conocerlo.

Pero en él resaltaban advertencias que a la muchacha no le pasaban desapercibidas.

Lo rodeaban las mujeres a medida que avanzaba hacia el grupo, como Moisés abriéndose camino en el Mar Rojo. A todas les prestaba su debida atención; con algunas tardaba más de lo necesario; un número, una caricia, un beso… Tenía cierto aire rebelde que la intrigaba. La cerveza en la mano y el cigarro entre los dedos, le indicaba que no le importaba las apariencias. Un juerguista, que le daba igual si el lugar parecía un antro o un pub de lujo; si el licor corría con ligereza y las mujeres estaban dispuestas a satisfacer sus necesidades, él disfrutaría hasta en el mismo infierno.

Nacho se levantó de su asiento y abrazó al sujeto sin haberse visto en mucho tiempo. Desde que formó familia, dejó el condado por unos años, en busca de mejores oportunidades, pero como no los consiguió, retornó el verano pasado.  

—¡Hasta que por fin te veo la jeta! —Le increpó con socarronería—. De vez en cuando contesta el bendito móvil, que nadie te está cobrando dinero.

El otro se carcajeó mientras deshacía el abrazo.

—Lo apago para que no me molesten —dijo—. Ya sabes… Hola, Luna, bella como siempre. No cambias —se dirigió a la hispana, sin tener intención de coquetearle. La chica no entraba en la lista de las «conquistables». La apreciaba como a una hermana.

Esta le mostró toda la dentadura. Se levantó de su silla y se extendió por sobre la mesa para darle un beso en la mejilla.

—¡Cómo te he extrañado! —le expresó sin preocuparse que su acompañante le atacara los celos. Derek en más de un ocasión ayudó a su familia cuando pasaban por problemas económicos. Una factura vencida, un préstamo para comprar alimentos, el pago del alquiler… Al igual que ellos, vivía en la pobreza, pero ajeno a las necesidades primordiales.

O eso creía ella…

Sarah entornó los ojos hacia la chica. Con que «este amigo», ¿eh? Y «asuntos de negocios». ¡Já! La relación existente entre los Ramírez y el otro, tenía historia.

—¿Ya terminaste de escribir el libro? —se interesó Nacho, abanicando a su hermana para que se sentara.

El recién llegado sacudió la cabeza sin dejar de mirar a Sarah. Se sintió desubicado, vacilando si seducirla más tarde o congraciarse con ella. Obvio que le atraía su físico, pero se andaría con cuidado; las mujeres se destinaban para un fin, y ésa, al parecer, daría batalla.  

—Falta poco —contestó con voz de lija. Una característica que lo hacía más atrayente a las féminas.

—Pues date prisa, porque terminarás como mi amiga: solterón.

A Sarah las mejillas se le tornaron rojas ante el comentario de Nacho. Según él, permanecer sin compañero sentimental por mucho tiempo, lo consideraba un delito capital.

Pero no se dejaría embaucar. La actitud soberbia del atractivo hombre, le desagradó, pero luchó por no demostrarle a él y a sus amigos, qué tanto le afectó. Sus ojos cafés, eran el punto álgido de todo ese compendio tipo James Dean. Enigmáticos y fríos, imperturbables por así decirlo. Jamás se topó con unos que la abrumaran tanto. Tenía un destello casi animal, asemejándose a los de una cobra dispuesta a atacar a su presa sin piedad.

Y ella era la presa…

Se fijó que el hombre tenía pequeños tatuajes negros en los dedos de cada mano. Se preguntó si tendría otros debajo de toda esa ropa, y sin querer… lo imaginó desnudo.

Se ruborizó de nuevo y su mirada fue a dar a la mesa para no levantar sospechas.

No obstante, Derek se dio cuenta y sonrió con pedantería.

Pero no dijo nada, acostumbrado a ser el centro de atención, ya sea por las buenas o por las malas.

Dio una última calada al cigarrillo, expulsando el aire hacia arriba, y luego lo arrojó al piso, aplastándolo con su zapato.

—¿Y quién te dijo que estoy solo? —replicó, apuntando su mandíbula hacia un grupo de mujeres que lo saludaban coquetas desde la barra.

—Bueno, lo decía por tus meses enclaustrados detrás del computador; estás pálido por falta de sol —explicó Nacho sin tomar asiento. A falta de una silla extra para su amigo, decidió permanecer de pie.

 —¿Es escritor? —preguntó Camila, curiosa por la amistad de su esposo. Lo escuchó nombrarlo en un par de ocasiones, pero nunca acordaron un reencuentro, hasta ese instante.

—Uno muy malo —respondió Derek paseando su mirada por la mesa, y deteniéndose más de la cuenta sobre la joven de ojos verdes.

Sarah tragó saliva y sus piernas temblaron.

Su apariencia física no resaltaba la de un respetable «escritor», más bien, pasaría por un gánster o un mafioso de saco y corbata.

Aunque esta última pieza brillaba por su ausencia.

—Mentiroso —soltó Nacho—. Firmas con las mejores editoriales.

Derek se encogió de hombros, haciendo gala de su «modestia».

—Me dan para comer.

A Sarah le sorprendía que Luna o Nacho no le hubiesen hablado al respecto sobre la amistad que sostenían con este.

 Se inquietó sobre su asiento al ser observada con insistencia.

—¿Algún título que conozcamos? —Camila se interesó al instante. Era una ávida lectora que no perdía ocasión para hacerse de un buen libro.

—Es el que escribió «Muerte en el bosque» —respondió Nacho, como si nada. Le daba igual si este fuese o no famoso. Conocía sus costumbres y manías que haría enojar hasta su propia madre.

Camila jadeó.

—¡¿En serio?! ¿Eres Derek Rivers?

Nacho puso los ojos en blanco.

—Obvio, querida.

—Esa novela es fabulosa —replicó esta, asombrada.

—Tengo entendido que van hacer un película —comentó Luna, emocionada. ¿Quién le iba a decir que su ex vecino tenía semejante talento? De saberlo, hubiera puesto los ojos en él desde hacía tiempo, pero no estuvo destinado para ella. Las penurias lo convirtieron en un ser solitario.  

Derek le obsequió una ardiente mirada a Sarah.

—Aún están buscando a la protagonista…

—¡Pues que me contraten! —bromeó Luna.

Camila, cansada de esperar a que su esposo los presentase, extendió la mano hacia él.

—Hola, soy Camila, la esposa de este tonto.

Nacho hizo un gesto de olvido.

—¡Ay, discúlpame, querida!

Derek depositó su cerveza en la mesa y extendió la mano hacia ella.

—Un placer conocerla, señora.  

—Lo mismo digo. Y no me llames «señora», me haces sentir vieja. Camila, a secas.

Él asintió, estrechándole la mano.

—“Camila”, entonces.

Nacho señaló hacia Bruno.

Aprovecharía para ponerle nombre a lo que sea que había entre él y su hermana.

—Este es el novio de Luna.

Los aludidos enrojecieron. El condenado se pasó de la raya.

—A-aún no lo somos… —explicó Luna, avergonzada, con ganas de patear a su hermano. El tarado era todo un caso haciendo las presentaciones de rigor.

Bruno extendió la mano para saludarlo.

—¿Cómo le va? —Una pregunta que hacía por mero formalismo.

—Bien —respondió Derek con parquedad, intuyendo que el gigante estaba tan incómodo como él. De saber que tendría que estar dando explicaciones de sus avances literarios y su estilo de vida, no hubiera salido de su casa esa noche.

—Pero se han besado, ¿no? —inquirió Nacho a Luna con ojos entornados. Si le daban una respuesta afirmativa se pondría de peor humor. Eso indicaba que comenzaron a conocerse sin establecer ningún tipo de lazo sentimental de por medio.

Luna y Bruno intercambiaron miradas silenciosas.

—Estamos saliendo —contestó ella, yéndose por la tangente.

Nacho la estudió con detenimiento, sobre todo, a su acompañante.

—Más te vale que no te aproveches de ella.

—Ignacio…

El aludido alzó las manos, en señal de dejar el asunto por la paz.

Miró a Sarah y sonrió picarón.

Ahora el turno sería de ella.  

—Y, por último, pero no menos importante —continuó con la presentación—: Sarah Simons. Cascarrabias, engreída y diseñadora de collares.

—De accesorios —corrigió Sarah—. Y no soy cascarrabias.

—Pero sí engreída —replicó el otro con socarronería.

—¡Por supuesto que no!

—¿Ves? —Este le indicó a Derek—. Cascarrabias.

Sarah deseó propinarle un par de pescozones a su amigo. Tenía 32 años y se comportaba como un adolescente ebrio. No lo hacía por mala voluntad, más bien, como una especie de hermano mayor que se preocupaba por su bienestar personal. Al igual que Luna, contaba con su apoyo cuando lo necesitase. Un incondicional del cual siempre le estaría agradecida, pese a que algunas veces la distancia se interponía.

—Mucho gusto —dijo Derek, extendiendo la mano no habituada para sellar una presentación. Por lo visto, zurdo.  

—Igualmente. —Ella levantó la suya para estrechársela, procurando que no le temblara e hiciera el ridículo frente a todos. Saludar con la izquierda se le hacía raro.

Sin embargo, no supo interpretar la acción del hombre, quién tomó la cerveza sobre la mesa, como si ella no estuviera a la altura de sus exigencias.

Sarah quedó con la mano tendida en el aire y la indignación a punto de hacer estragos en su cordura. Nadie, hasta ahora ese idiota, la menospreció de esa manera. Desde que tenía uso de la razón, los chicos hacían cola para salir con ella; la acosaban, y en la medida que su cuerpo adquiría las formas propias de una mujer hermosa, le sobraban pretendientes para conquistarla.

Entonces, ¿quién le dio a él el derecho de remover su mundo de esa manera? 

Derek se despidió del grupo, sin antes regalarle a Sarah una última mirada. Las mujeres que lo esperaban al pie de la barra, lo recibieron como si lo hubieran extrañado durante mucho tiempo. Caminaron con él hacia la salida. Esa noche tendría un encuentro sexual de proporciones épicas.

Sarah se removió en su asiento sin saber por qué le molestaba. Era un hombre libre y podría hacer de su vida lo que le viniera en gana. Lo mismo se aplicaba a ella, que mantenía su soltería a capa y espada. El amor no estaba previsto, tenía como meta fija el trabajo.

Rodó los ojos hacia Nacho, y este sonreía de oreja a oreja.

Síp, fue un éxito.

Sarah frunció el ceño sin comprender.

Sea lo que fuere que su amigo quiso expresar…

Le causó inquietud. 




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