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sábado, 14 de enero de 2017

Entre lámparas y antiguedades



Después de charlar un rato y conocer mejor al chico –que por cierto se llama Ryan– me despedí de él para dedicarme a desempolvar el anticuario. Pasé varios minutos en la faena, y el sujeto que casi me arrolla, seguía dentro de su auto. Probablemente esperaba a alguien del edificio donde estaba aparcado. Era curioso, pero me daba la impresión de haberlo visto antes, aun así la gorra y los lentes me impedían identificarlo.
Sin embargo, al cabo de un rato, la campanilla de la puerta sonó. No advertí quién había entrado, pues estaba de espaldas acomodando una máscara de los Diablos de Yare, que tía había comprado en Venezuela hace años, cuando visitaba a unos familiares.
—Enseguida le atiendo —dije, girándome hacia la persona.
Mi corazón empezó a latir con fuerza al fijarme en el hombre que acababa de entrar.
—¿En qué pu-puedo ayudarle? —Me arreglé la maraña de pelos que tenía por cabellera.
David estaba inmóvil en mitad de la tienda; seguía con sus lentes puestos y la gorra como si intentara pasar inadvertido; lo que era difícil dado el tremendo auto que se gastaba. Permaneció en silencio por unos segundos para luego empezar a pasearse por entre las antigüedades interesado en algún objeto.
—Busco... —lo pensó un poco mientras observaba el lugar—, una caja de música. —Su voz era suave con acento extranjero.
—¿Para obsequiársela a su novia? —Me arrepentí de haberla formulado.
—No —respondió, mirando sin ningún tipo de interés un portarretratos de plata.
Con el corazón desbocado, hurgué entre las estanterías pensando que algo debíamos tener que le gustara. Creé un poco de desorden, lo que aumentaría el trabajo para más tarde, pero quería que se fuera como un cliente satisfecho; uno que quizás podría volver otro día…
Por fin hallé un pequeño cofre de principios del siglo XX en perfectas condiciones. Me percaté que mis manos temblaban. Las apreté y las sacudí varias veces tratando de controlar el nerviosismo.
Respiré hondo y fui hacia el mostrador.
Al regresar, David estaba de espalda observando la máscara que minutos atrás yo había colgado en la pared.
—Tengo esta que quizás le pueda interesar —le indiqué, posando sobre el mostrador el antiguo cofre.
David se dio la vuelta y me miró al instante.
Se había quitado los lentes oscuros.
¡Dios; qué hombre tan guapo! Con razón Ryan babeaba por él. Tenía un rostro de ángel por el que cualquiera mataría. Sus ojos azules me hipnotizaron, apenas se posaron sobre los míos. Los tenía rodeados por espesas pestañas y enmarcados por un par de cejas castañas muy pobladas. Su nariz recta, era perfecta para esas facciones tan masculinas, y sus labios… Mmmm, sus labios carnosos se veían que eran la perdición de la población femenina.

Caminó hacia mí. A medida que avanzaba, sentía una fuerte atracción, una energía que me envolvía y me hacía querer ir rápido a su encuentro. Y eso me sorprendió.

—Sí, es muy hermosa. —Me miró a los ojos sin prestar la menor atención a la caja musical.
Por poco y me derrito. Los deslumbrantes ojos azules de ese hombre me miraban desde lo alto. Debía medir un metro ochenta y cinco de estatura. Me veía tan pequeñita frente a él que tenía que alzar la vista para encontrarme con su mirada.
Quería disculparme por mi actitud frente al semáforo, pero por alguna razón no me atrevía hacerlo.
—El cofre es de mil novecientos…
—Diez—me interrumpió, acomodándose los lentes en la gorra y tomando el cofre con ambas manos.
—¿Cómo lo sabe? —pregunté, fijándome en el impresionante anillo de oro en su mano izquierda.
—He visto algunas parecidas a esta en los museos y anticuarios. Es muy común. —Al hablar más, me daba cuenta que su acento era británico.
—Ah... ¿Es usted algún coleccionista o algo por el estilo?
Negó con la cabeza.
—Me gusta coleccionar esculturas traídas de mis viajes, pero no colecciono cajas de música —sonrió.
Mi corazón latía de tal modo, que llegué a pensar que saltaría por encima de la blusa.
David tenía un porte majestuoso, parecía de la realeza. Su sola presencia era intimidante. No se veía como del tipo de gente que suele frecuentar un pequeño anticuario en un pueblo recóndito del país. Su aroma me atontaba de buena manera, era un olor muy particular y familiar. Lo había percibido en el pasado. No recordaba dónde, tal vez de mi infancia, pero todo lo que provenía de él era inquietante.
No dejaba de observarlo, su apariencia personal era muy pulcra y sus ropas pagarían una semana de alquiler de algún apartamento costoso. Tenía la impresión de que ya lo conocía, pero no sabía con exactitud de dónde…
No me había percatado que lo miraba con tanta fijeza y que él se había dado cuenta.
—Ah... eh... Discúlpeme. Es que usted me parece tan familiar... —sentí las mejillas arder por la vergüenza.
David enarcó las cejas, sorprendido.
—Tal vez...
Observé sus ojos azules resplandecer por mi comentario.
—¿Es usted actor? —pregunté con timidez.
La pregunta le arrancó una risotada.
—No.
—¿Ah, no? —¿De dónde te conozco?—. ¿Cantante?
—No —sonrió.
—¿Modelo? —Tiene pinta.
—No.
—Hum... —Entorné los ojos hacia él, observándolo con atención—. ¿Algún deportista famoso?
Negó con la cabeza sonriéndome entre dientes.
A ver, a ver, a ver….
—¡Ya sé! —Sentía que había dado en el clavo—. Usted tiene un programa de televisión, ¿verdad?
David se carcajeó.
—No.
—¿De dónde rayos te conozco? —formulé la pregunta en voz alta sin importarme en absoluto—. Porque sé que te he visto en alguna parte. ¡Estoy segura de ello!
Por un momento David Colbert observaba en silencio mis facciones y mi pelo. Como si algo en mi aspecto le llamara la atención.
Luego se reclinó sobre el mostrador, hablándome en voz baja:
—Tal vez de otra vida.
Lo miré con ojos exorbitados.   
—S-sí, tal vez...
Sentí una ola de calor cuando se fijó en mi pecho.
Dejé de respirar.
—Bonito relicario —dijo.
—Ah... —parpadeé—. Gracias. —Me llevé la mano al collar—. Es un regalo de mi madre.
—Parece antiguo.
—Lo es —sonreí con timidez—. Ha estado en mi familia por muchos años. Prometí que nunca me lo quitaría.
Él no dejaba de mirarlo. Estaba fascinado.
—Es una joya hermosa. ¿Puedo? —Levantó la mano para tocarlo.
Observé su mano aguardar con paciencia.
—Seguro. —Alcé el relicario para que lo pudiera apreciar mejor.
David se inclinó hacia mí, lo que casi me provocaba una inhalación profunda, pues su olor era atrayente. Mi corazón se aceleró, haciendo que mi nerviosismo fuera evidente. Se quedó detallando con las cejas fruncidas el labrado del relicario que traía puesto, como si estuviera observando una pieza única por la que un coleccionista daría obscenas cantidades de dinero para adquirirla.
—¿Significa algo la rosa blanca para ti? —inquirió mientras soltaba el colgante con delicadeza, sin apartarse.
Sentí que el relicario me ardía en la piel como llamas.
—No. La verdad... —lo toqué—, es que no lo sé. Quizás sea un simple adorno.
David hizo un gesto que indicaba que no estaba de acuerdo.
—Yo diría que es más que eso —refutó.
—¿Alguna idea? —Sentía su cercanía embriagante.
—La rosa blanca es símbolo de pureza —dijo—. La mujer que lo porte es una persona especial.
Negué con la cabeza.
—No me creo especial.
—En eso te equivocas... —me regaló una sonrisa que por poco me quita el aliento.
Nos miramos a los ojos y su magnetismo hacía que perdiera toda voluntad por contenerme.
Bajé la mirada tratando de desviar la atención hacia otra parte.
—Tiene un soberbio anillo. —David empuñó la mano para mirarlo—. ¿Es de alguna universidad?
Él se rio ante mis indagaciones.
—No. Solo es una reliquia.
—Ah... Ya veo. —Eché un vistazo hacia la imagen repujada del anillo. Tenía la forma de un medallón, del tamaño de una moneda de veinticinco centavos. Contenía dentro el perfil de un león rampante. La típica imagen que se asocia con la realeza.
—Parece una insignia de hermandad —comenté.
Él negó con la cabeza.
—Es el blasón de mi... familia —explicó.
—Vaya —sonreí—. El único «blasón» que tenemos en mi familia es el que está colgado en el baño para las toallas —manifesté con ridiculez.
Al parecer David encontró en mi comentario un buen chiste, porque no dejó de carcajearse por largo rato.
Cuando puso ambas manos sobre el mostrador, advertí en una mancha en forma de estrella que tenía en el dorso de la derecha. Su coloración rojiza resaltaba del bronceado de su piel y estaba ubicada entre el dedo pulgar e índice.
—¿De nacimiento? —la señalé. No parecía ser un tatuaje.
—Eh... sí. —Bajó la mano en el acto. Estaba incómodo.
Sonreí.
—No te avergüences, es muy hermosa.
—Tú eres la hermosa —replicó de vuelta.
Sentí que moría y volvía a nacer. 
Por desgracia, la campanilla de la puerta sonó de nuevo. Tía entraba con una pila de libros entre los brazos. Su presencia me distrajo y no supe en qué momento David Colbert se había marchado.
Sin embargo, no dio tiempo para poderme lamentar, Ryan entró al anticuario alterado.
—¡Dime qué quería! —gritó eufórico.
¡Ssshhhhh! ¡Qué son esos gritos! —reprendió tía, molesta, dejando los libros sobre el mostrador con rudeza.
Ryan me repitió la pregunta en voz baja:
—¡Dime qué quería!
—¿Quién? —pregunté aturdida. Se tomaba muchas atribuciones para el poco tiempo que teníamos conociéndonos.
—¡David Colbert, tarada!
Tía gruñó mientras caminaba hacia el escritorio.
—Lo siento, señora Brown. —El chico se avergonzó.
Se acercó susurrándome al oído.
—Estaba parado en la puerta del cafetín, cuando lo vi entrar al anticuario. ¡¿Qué le hiciste?! ¡Parecía perturbado!
 Tuve que parpadear para poderle contestar.
—¡Nada! ¿Qué se supone que le iba hacer? No creo que le haya afectado en algo.
—Al contrario, la perturbada era yo. No entendía cómo un extraño pudo haberme trastornado a tal punto de sentirme abrumada por su sola presencia.
Me sentía desdichada, pensando que esa sería la primera y la última ocasión en que hablaría con David Colbert. Estaba segura que me iba a cambiar el resto de la vida.
—¿A qué vino? —Se moría por saber.
Esa era una muy buena pregunta.
—Creo que buscaba algo, para… alguien. —Si bien me daba la impresión que no era «algo» lo que buscaba.
—Qué curioso —él meditó—. Siempre lo he visto por el condado, pero nunca se detiene a comprar en ninguna parte.
—¿Nunca? —Me asombré.
—¡Nunca! ¿Te he dicho que es muy misterioso?
Tía alzó los ojos por encima del monitor entornándolos recelosos hacia nosotros.
—¿A qué te refieres? —la curiosidad me aguijoneaba.
Él suspiró.
—Hace unos años, David Colbert se estableció en las afueras de Beaufort. ¿Sabes dónde queda Beaufort?
—No.
—Queda cerca de Morehead City. Es la capital de Carteret.
Hizo una pausa para que yo asimilara la información. Lo poco que habíamos hablado en la calle, fue suficiente para que se enterara que era nueva residente del condado y familiar de Matilde Brown.
—Su presencia causó revuelo en todo Carteret! —continuó—. ¡Las mujeres se volvieron locas! Es como si una estrella de cine súper sexy hubiese llegado. ¡Pero no salía con ninguna de ellas, parece que le gustan extranjeras! —Hizo una mueca desaprobatoria—. Todas hermosas, sin importar la edad.
Me sentí decepcionada.
—Solo es un mujeriego.
—No es por eso...
—Entonces, ¿por qué? —pregunté cansina.
—Prométeme que no te reirás.
—Está bien… —me cansaba tanto misterio.
Echó una miradita hacia tía y se acercó para explicar:
—Su conducta es de lo más extraña: no se relaciona con la gente, vive apartado de los demás, no le gustan que le tomen fotos, no da entrevistas televisivas, y no se sabe mucho de su pasado —dijo—. Creo que eso de ser famoso se le subió a la cabeza, ¿no crees?
Fruncí las cejas.
—¿Cómo que «famoso»? —Mi intuición era acertada cuando presentía que lo había visto en alguna parte.
Ryan explayó sus ojos grises con mucha sorpresa.
—¡¿No lo conoces?! —Se sorprendió—. ¡No lo puedo creer! ¡¿Pero de qué pueblito saliste tú?!
—¡Soy neoyorquina! —le informé enojada. La gente de Carteret era muy entrometida.
Él lanzó una risa sarcástica.
—Eres de Nueva York, la tierra que abre las puertas a los artistas plásticos, ¡¿y no conoces quién es David Colbert?!
Su comentario quedó resonando en mi cabeza como un eco: artista plástico.... artista plástico.... artista plástico...
¡Oh, oh!
—¡Ay, mi Dios…! —ahogué un grito.
—¿Ya sabes quién es? —preguntó al ver mi conmoción.
Asentí impactada.

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