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sábado, 14 de enero de 2017

En presencia de un fantasma



Era tarde y el reloj marcaba las tres de la madrugada. No podía dormir. Los ojos intensos de David Colbert me revoloteaban en la cabeza. Era aturdidor repasar en mi mente, una y otra vez, la forma en cómo me miró, cómo me sonrió y se disculpó.
Pero al pensar en esa mujer, una punzada aguijoneó mi corazón, porque él no estuvo a solas conmigo, estaba acompañado de esa «lagartija» con aires de superioridad. ¿Qué me pasaba? ¿Por qué me afectaba tanto? David solo fue a curiosear o a buscar un regalo para alguien, o para ella, y no encontró nada.
Me cansé de dar vueltas en la cama y salí de ella buscando qué hacer para pasar el tiempo. Sin embargo, no podía debido a los eventos que sucedieron durante el día. Tomé un libro y me senté en el sillón, para distraerme. Leí durante media hora, pero no logré concentrarme, él estaba en cada párrafo, en cada línea y palabra escrita en el texto. Lo tenía en la cabeza: David, David, David...
Lo imaginaba pintando algún cuadro macabro, con las cejas fruncidas y sus manos manchadas de óleo, dando pinceladas por aquí y por allá de forma magistral. Inspirándose en su musa, de la cual yo daría lo que fuera, hasta un brazo, por ser esa deidad que le diera el ímpetu para desbordar todo el talento en sus obras de arte.
También fantaseaba en que estuviera tendido en su cama, descansando luego de un arduo día de trabajo. Con el pecho desnudo, bocarriba, y con una expresión de completa serenidad en el rostro. Me acercaría a él y lo acariciaría. David no me sentiría, pues yo sería un espíritu que decidió escapar de su cuerpo para volar hacia su presencia. Me aprovecharía de ese estado astral, palmeando sin ningún tipo de vergüenza cada fibra de su musculosa anatomía. Aspirando su aroma, besándolo con mis labios invisibles sin dejar un espacio libre, y haciéndolo vibrar por las posibles imágenes sensuales que lograron proyectarse hasta su mente onírica.

Suspiré apesadumbrada.
—Ni siquiera conoce mi nombre —me quejé cerrando el libro de golpe.
Me levanté enojada por mis estúpidas fantasías y bajé a la cocina para buscar algo que me hiciera conciliar el sueño. Solo yo perdía el tiempo con un hombre que había acabado de conocer, pero que sabía de él desde hacía mucho tiempo.

Al llegar, no encendí las luces para no despertar a tía que suele ser tan alarmista. Abrí la nevera para servirme un poco de leche en un vaso. No era habitual que padeciera de insomnio; por lo general caía rendida apenas colocaba la cabeza sobre la almohada. Pero David alteró todo aquello y ahora estaba como un búho en la penumbra.

No obstante, por algún motivo estaba ansiosa por irme de la cocina. Un creciente miedo de pronto comenzó a albergarme, como si me estuvieran vigilando. Miré a mi alrededor y todo estaba en calma. Tan silencioso que hasta era pavoroso. El espacio se hizo amplio y yo me sentí pequeñita, como una hormiguita a punto de aplastar.

La sensación era abrumadora, pero no por ello me iba a dejar dominar. Traté de restarle importancia y bebí de la leche con rapidez. Cada trago era abundante, mientras que mis ojos rodaban por la oscuridad sin saber qué buscar.
Entonces… sentí una brisa helada que me estremeció.
Cerré a toda prisa la nevera convenciéndome que esa era la causa de aquel repentino cambio climático. Pero mis ojos giraron hacia la izquierda sin comprender por qué lo hacía, y me arrepentí de haberlo hecho. Los vidrios de las ventanas de la cocina se empañaban poco a poco; parecía que el invierno no se quería ir, peleaba con la primavera para prolongarse.
Sentí un intenso deseo de salir corriendo. No era normal tanto miedo. La respiración se hizo insoportable y los latidos de mi corazón los sentía en el estómago.
Pero entonces vi algo aterrador.
Al darme la vuelta, vi una joven con ropas antiguas.
—¡Debes irte! ¡Corres peligro! —exclamó.
Jadeé.
Quería gritar, pero estaba muda de terror. Deseaba correr, pero mis piernas no respondían, estaba paralizada ante aquel espectro. Mi mano derecha perdió toda fuerza, soltando el vaso que se estrellaba contra el piso esparciendo su contenido por todas partes. Mi corazón latía con fuerza, pero mi sangre había dejado de circular por las venas.
Horrorizada, observé al fantasma levitar cerca del piso, sus pies no eran visibles. Era rubia, con un rostro pálido y profundas ojeras. En sus ojos azules había temor, tal vez el mismo que experimentó antes de morir de forma trágica.
—Él vendrá por ti.... —manifestó ella con voz de ultratumba. Mi corazón palpitaba con violencia a medida que respiraba más fuerte. Quería preguntarle quién era la persona que vendría por mí, pero cada vez que intentaba hablar, salía un leve sonido como si me estuviera asfixiando—. Pronto, vete... no tendrás oportunidad ante él.
Luego el fantasma se desvaneció.
No supe cuánto tiempo estuve paralizada en la cocina temblando de miedo.
Hasta que pude reaccionar.
—¡TÍAAAAAAA! —grité, subiendo a toda carrera las  escaleras—. ¡FANTASMAAAAS!
Tía ya había saltado de su cama con escopeta en mano.
Me tropecé con ella justo en la salida de la habitación, yo gritaba sin cesar como si la casa se estuviera incendiando, pero esto era peor, mucho peor, había visto una aparición.
—¡Cálmate! ¿Qué te sucede? —preguntó, introduciéndome a su habitación.
—U-un fffan-tasma en la s-sala —apenas podía hablar.
Tía encendió la luz.
—¿Qué dijiste?
—¡U-un... fantasma! —dije con voz ahogada.
—Ah... —Sus inexpresivos ojos negros se perdieron detrás de mí.
—¿No m-me... crees?
—¡Oh, sí! —susurró—. Se trata del fantasma de Ros...
La miré estupefacta.
—¿Quién?
—Rosángela, una chica que murió hace muchos años.
No podía creer lo que estaba escuchando. Fue como si me hubiera soltado una bomba.
—¡¿S-sabías que un fantasma ronda la casa desde hace tiempo y no me dijiste nada?! —me molesté—. ¡¿Por qué no me  advertiste?! —Todo parecía una locura.
—¿Para qué asustarte? Pensamos que se había ido.
¿«Pensamos»?
—¿Quiénes? —pregunté recordando el comentario del señor Burns en el anticuario. La supuesta «bienvenida».
—Peter y yo buscamos ayuda para sacarla de la casa —reveló. 
—¿Cómo, cazafantasmas o algo así?
—Sí —corroboró—. Fue bastante resistente al principio, pero se marchó.
Dejó la escopeta en el armario y nos sentamos en la cama.
—No fue muy efectivo —increpé mordaz.
Tía se encogió de hombros.
—El exorcismo se hizo hace dos años, y desde entonces no ha vuelto a aparecerse —frunció las cejas—. ¿Me pregunto qué la trajo de nuevo? 
Me miró y yo me inquieté.
—Ella me hizo una advertencia —comenté.
—¿Qué? ¡¿La escuchaste?!
—¡Te estoy diciendo que me hizo una advertencia! —exclamé impaciente. El estrés sacaba lo peor de mí.
—Sorprendente... —musitó pensativa—. Ninguno… —dijo—. Hasta ahora tú eres la única, de las personas que la han visto, que has podido escucharla. Siempre que se manifestaba veían sus labios moverse, pero solo eso, ya que ella no decía ni pío. ¿Qué te dijo?
Semejante revelación me impactó. ¿Por qué tenía que ser yo la que había escuchado al fantasma?
Suspiré.
—Bueno... que debía irme porque alguien vendría por mí.
—¿Quién? —se preocupó.
Me encogí de hombros.
—No lo sé, ella desapareció. ¿Crees que se vuelva a aparecer? —pregunté aprensiva.
Asintió.
Estupendo… Mis ojos se desplazaban de un lado a otro por la habitación.
—¿Qué sabes de ella, de… Rosángela? —pregunté curiosa.
Ella suspiró.
—Lo único que se sabe es que la mató su novio hace cien años.
—¿Y lo atraparon? —pregunté.
Negó con la cabeza.
Con razón esa chica estaba penando. Tenía un asunto pendiente por resolver: la justicia.
Tía sonrió al ver mi temor.
—¡No te preocupes! Es solo un fantasma que necesita ayuda para poder cruzar al otro lado.
Pero antes de que yo pudiera formular otra pregunta, ella miró el reloj en la mesita de noche y exclamó:
—¡Las cinco de la mañana! Deberíamos dormir un poco, nos espera un largo día.
Suspiré. En cambio yo no tenía ningunas ganas de descansar, temía volverme a encontrar con esa entidad. 

*****
La mañana en el anticuario resultó como siempre: monótona. Tía salió temprano de la casa, dejándome una nota donde me avisaba que había viajado hasta Raleigh para ver unas antigüedades. Como nos trasnochamos la noche anterior por causa de Rosángela, no dejó nada preparado para que pudiera almorzar, y mis habilidades culinarias dejaban mucho que desear. Así que telefoneé a Ryan para informarle que pasaría por el cafetín a comer.
Al caminar rumbo al Cocoa Rock, vislumbré a lo lejos el deslumbrante Lamborghini. Venía en mi dirección. Las piernas comenzaron a flaquearme. Traté de caminar a un ritmo acompasado, respirando hondo para poderme tranquilizar. Los destellos del sol incidían sobre el superdeportivo, era como una gran estrella que refulgía en el pavimento. Una estrella metálica negra, que me encandilaba.
Quedé paralizada cuando el Lamborghini se detuvo cerca; por un momento pensé feliz que se bajaría y me saludaría.
Pobre ilusa.
Mi decepción fue tal al advertir que se bajaba por la parte del copiloto, una rubia exuberante de ojos azules. No era la «platinada» que había visto el día anterior, esta era rubia natural –o así parecía ser–, llena de juventud y más hermosa. Tuve que alzar la vista, apenas la chica se irguió sobre la acera. Era demasiado alta. ¿Cuánto medía? ¡¿Un metro noventa?! Su belleza era absurda. ¿Cómo competir con ella? Era comparar a una diosa con una insignificante mortal. Simplemente: absurdo. Ahora entendía por qué David no se mostró cariñoso con esa «Ilva», puede que fuera alguna amiga, tal vez con ciertas atribuciones que solo la confianza le concedía.
Traté de ver a David, sin éxito. El descapotable tenía puesto el techo de lona y las ventanillas estaban cerradas y polarizadas. Emprendí la marcha sintiéndome como una tonta. Pero al pasar por el lado de la rubia, justo antes de que ella cerrara la puerta del auto, me pareció que quizás, solo quizás... por una ínfima fracción de segundo... David me había visto de refilón. Tal vez era producto de mi imaginación, pero en el fondo deseaba que fuese así.
Empuñé las manos a los costados, conteniendo la rabia y los celos que sentía. Un hombre tan atractivo no perdería el tiempo con alguien como yo –tan gris y del montón–, cuando a su lado tenía a una de las mujeres más despampanantes que jamás haya visto en la vida.
Con desaliento y arrastrando los pies, seguí con mi marcha. El nudo en la garganta se me tensó y me dolió. El contener las ganas de llorar se me hacía insoportable. Quería darme la vuelta y salir corriendo hacia el anticuario para descargar toda la tristeza lejos de la mirada de los curiosos. Pero eso implicaba que tenía que pasar de nuevo por el lado de esa chica que se encontraba admirando una prenda de vestir en la vitrina de una boutique. Al menos David se había marchado dejando a su novia sola. Sin embargo, no tenía ningún deseo de volver a sentirme mal. Continué caminando hacia el cafetín. 

Al entrar, disimulé mi desconsuelo saludando con un abrazo a Ryan. Pedí una hamburguesa y me senté junto con él en la primera mesa que se había desocupado. Por fortuna era una que se encontraba lejos del ventanal que daba hacia la calle. No tenía ganas de ver a «la jirafa» pasar. Ryan habló por espacio de quince minutos mientras yo me comía con desgana la hamburguesa, había perdido el apetito por la desilusión de saber que David andaba con otra.
—Estás muy callada. ¿Me puedes decir qué es lo que estás pensando? —inquirió Ryan al percatarse de mi tristeza.
Sin responder, me encogí de hombros.
—¿Qué rayos te pasa? —se impacientó.
—No me pasa nada —concreté con voz apagada.
—Ah... Entonces debo suponer que mis conversaciones son aburridas.
Sin prisas, tomé el último sorbo de Coca-Cola y le contesté:
—Son de lo más entretenidas.

Él asintió complacido.
—Bien... —continuó con su retahíla sacándole el jugo al último cotilleo local.
Pero antes de terminar, notó que yo seguía sumergida en mis pensamientos.
—¿Vas a decirme de una buena vez qué te pasa?
Vacilé.
—Hoy... me siento fea. —Me arrepentí de haberlo dicho. Su risa retumbó por toda la cafetería, volteando hacia nosotros más de un cliente curioso.
—¿Y por qué hoy «te sientes fea»? —preguntó sin dejar de sonreír.
Volví a encogerme de hombros.
—Solo me siento fea.
Entrecerró los ojos, escudriñando mi apariencia.
—Hum, tal vez si te aclararas el cabello, te maquillarás más y mejoraras el vestuario...
—¡Hey!

Su estrepitosa risa de nuevo me avergonzó.
—Bromeaba. ¡Qué delicada! —exclamó sin ningún tipo de vergüenza.
Luego dejó de reírse y levantó la vista sobre mi hombro, mirando hacia el fondo.

Seguí la trayectoria de su mirada y vi un grupo de chicos pegados en el ventanal, admirando algo que había afuera.

—¿Y estos qué tanto miran? —preguntó Ryan en voz baja.
—Ni idea —me encogí de hombros volviéndome hacia él.
—¡Qué mujerona! —exclamó un joven.
—Se necesitará una escalera para poder llegar hasta su rostro —dijo otro chico, excitado.
No me volteé. La verdad es que no estaba interesada en comentarios lujuriosos de adolescentes.
—Nunca han visto a una mujer —murmuré, indiferente.
Ryan le restó importancia con una sonrisa desdeñosa.
—¿Creen que sea de por aquí? —preguntó otro.
—Lo dudo —contestó uno de ellos.
—¿Tendrá novio?
—No seas tarado, Alan, mira adónde se está dirigiendo. «Ese suertudo...» —masculló—. Si tuviera dinero saldría con mujeres tan hermosas como ella y no con esperpentos tan feos como algunas de las que están por aquí.
El comentario del chico me ofendió.
—Sí, muchísimo dinero —acentuó otro con sarcasmo.
Al ver la cara de ensoñación de Ryan, me pregunté si mi amigo era bisexual.
—¿Qué tanto miras? —le pregunté.
Ryan señaló con el dedo índice, hacia afuera.
Al girarme, me sobrecogí. El auto deportivo de David, aguardaba por la mujer que caminaba con pasos sensuales hacia él y que tanto tenían embelesados a los jóvenes que la miraban desde el ventanal del cafetín.
—Tal parece que es su nueva conquista —dijo Ryan.
—¿Quién es? —contuve el enojo.
—Ni idea. Es la primera vez que la veo.
—Es muy hermosa.
—Hermosa es quedarse corto —agregó—. David Colbert es muy selectivo, le gusta rodearse de mujeres bellas. Sobre todo, rubias…
Me lamenté. Yo no era tan agraciada como para ser considerada rival de cualquiera de las «rubias» amantes de ojos azules del gran pintor inglés, era una enana de ojos marrones y cabello negro.
Ryan reparó en mi enojo hacia la chica despampanante.
—¡Alguien está celosa! —canturreó.
Lo miré echando fuego por los ojos.
—¡Uf! Si las miradas mataran... —rio entre dientes—. Pero no te culpo,  ¿quién no estaría celoso? Los bellos están con los bellos, y los feos están... Bueno... eh... —calló en cuanto le lancé una fulminante mirada—. Qué se le va hacer, así es la vida.
—Sí, así es la vida... —musité con tristeza.
Ryan fue más condescendiente.
—Allison, no pierdas el tiempo pensando en él. Los de su tipo no se fijan en alguien como nosotros.
Suspiré.
—Lo sé —me entristeció, era una gran verdad.  Solo era un patito feo que se enamoró de un hermoso cisne que no tenía ojos sino para los de su misma especie.

*****



No cené. Subí las escaleras sintiendo que mis piernas pesaban toneladas, tal vez, porque llevaba sobre mis hombros toda la tristeza contenida hasta el momento. Resultaba trágico cómo la soledad formaba parte de mi vida; era mi fiel acompañante desde que era niña. Estuvo presente al fallecer mamá de cáncer cuando yo tenía siete años de edad, también cuando tía Matilde se marchó de la casa por culpa de los enredos de Diana –mi madrastra–, y una vez más me envolvía en un abrazo frío y cruel tras la muerte de mi padre, meses atrás. Y ahora se empeñaba en ser mi eterna pareja. Nunca me abandonaba ni permitía que abordara sueños e ilusiones.
Ese día en el anticuario, cuando conocí a David Colbert, sin saber por qué razón, la soledad ya no formaba parte de mí. No me importó, no razoné ni medité, ni mucho menos, la extrañé. Al verlo a él por primera vez, tan magnífico y perfecto, sentí que estaba completa.
Pero al ver a aquella exuberante mujer, comprendí que una vez más mi fiel pareja destruía cualquier atisbo de esperanza que albergaba mi corazón. La destruía sin ninguna clemencia ni consuelo, me hería para siempre y sin remedio.
Abrí la puerta de mi habitación y una ráfaga de frío me atravesó.
La puerta del balcón estaba abierta. Crucé la oscuridad para cerrarla. Pero entonces sentí un bajón de temperatura que me asustó.
De nuevo sentía el intenso frío calarme hasta los huesos. Daba la impresión que tuviera voluntad propia, lo que ocasionó que se me erizara la piel.
Giré nerviosa, ya sabía lo que ocurría. Entre la penumbra había una silueta informe que se desplazaba con lentitud.
Asustada, permanecí inmóvil con un grito ahogado en la garganta.
—¿Qui-quién está ahí? —tartamudeé.
No hubo respuesta.
Volví a sentir el frío por la espalda; di media vuelta en dirección hacia ese espectro merodeador. Traté de alejarme, retrocediendo sobre mis pasos hacia la puerta que permanecía entreabierta. Pero se cerró con violencia.
Aterrorizada me giré sobre mis talones.
No vi a nadie.
Entonces el frío se trasladó hacia el frente golpeándome con bocanadas de aire intenso.
—Allison —la voz espectral me congeló el corazón. Era la misma que había escuchado la noche anterior.
Intenté huir, pero tropecé con el sillón detrás de mí.
—Vete… volvió hablar el fantasma. No lo pedía con amenaza.
No tuve fuerzas para gritar, estaba conmocionada.
—¿Por qué? —pregunté.
La presencia no me respondió.
Entonces, llenándome de coraje, le grité:
—¡¿POR QUÉ?!
—Él vendrá por ti.
La valentía se me esfumó.
—¿Q-quién? —Me estaba hartando. ¿Por cuánto tiempo podía soportar sus apariciones?
La silueta cruzó la habitación y se detuvo justo en un halo de luz eléctrica proveniente del balcón. Bastó solo unos segundos para ver su rubia cabellera y toda su espectral fisonomía. Fue suficiente para fijarme en las heridas de su cuello.
En mi mente había una temerosa pregunta: ¿Cómo murió?
Deseaba formularla en voz alta, pero no me atrevía porque las ensordecedoras palpitaciones de mi corazón, me indicaban que huyera despavorida de la habitación.

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