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jueves, 12 de enero de 2017

Prólogo


Puede que mis palabras suenen redundantes y hasta trilladas, pero ¿qué puedo decir al respecto cuando me crucé en el camino de un ser tan apuesto que solo deseaba saciarse de sangre? Mi corazón se paralizó, la respiración se agitó y mi torrente sanguíneo se congeló. La muerte misma estaba ante mí, con ojos impactantes y atemorizantes. Para él, yo no era una persona, sino su objetivo, la presa indefensa que le calmaría las ansias por beber del preciado líquido carmesí. Huir no era una alternativa, mis piernas no respondían al urgente llamado mental, estaban pegadas en el piso, inmóviles, temblando como hojas batidas contra el viento y bajo la lluvia.
Mis lágrimas se desbordaron enseguida, sabía lo que a continuación iba a suceder: me extraería hasta el alma, acabaría con mis sueños y alegrías. Estaba a la merced de un lobo disfrazado de cordero. El maestro de la mentira. Su aparente humanidad no era más que una distracción; demasiado hermoso para ser cierto, cualquier mujer desearía sucumbir en sus brazos y morir envuelta en el fuego de la seducción.
Pero conmigo eso no sucedía.
¿Cómo sentir deseo cuando los segundos los tenía contados?
Lo más probable, era que cayera en sus redes sin mucho esfuerzo, de conocerlo bajo otras circunstancias. Sus ojos eran como el fuego: amarillos como el ámbar y rayados como los de un gato; magnéticos, sanguinarios y llenos de misterio. Me hubiera gustado acceder a ellos y revelar sus más oscuros secretos; hacerme su única confidente y no permitir que otra me robara ese privilegio.
Sus labios carnosos se curvaron en una sonrisa siniestra, me tenía arrinconada contra la pared, no tenía escapatoria, el callejón tenebroso y bañado por la tormenta sería el escenario para un asesinato perfecto. Sin evidencias y testigos. Mi cuerpo mutilado sería la única prueba fehaciente de que un vampiro de piel pálida como la cal, había pasado por el lugar.
Mi grito fue ahogado por el choque de nubes de forma estruendosa. Una batalla épica se libraba en el cielo entre el dios del trueno y los demás inmortales. Los relámpagos iluminaban cada tanto el rostro del extraño sujeto. Se deleitaba con mi sufrimiento, tomándose el tiempo para que me abordara el terror. Ambos estábamos empapados por la lluvia torrencial; el frío me laceraba la piel y congelaba los huesos de forma inmisericorde. Pero yo era la que padecía el castigo brutal de la naturaleza, pues a él no le afectaba en absoluto. Fui estúpida, se la puse fácil, pasaría a formar parte de las muertes sin explicación, una más del montón, una para el olvido…
Esperé el mordisco, cuando acercó su rostro a mi cuello, sin prisas. Lo disfrutaba, dándole largas al asunto, quería verme sufrir, pedir clemencia.
Cerré los ojos, cortando la imagen. A pesar de su desbordante belleza, era desalmado, poco le importaba si le causaba sufrimiento a una familia que perdería a una hija; me había reducido a la nada; insignificante rebaño que había cometido el grave error de tomar un atajo para evitar la furia de una ciudad alemana decadente y salvaje.
Sus colmillos puntiagudos se alargaron y cerraron a mi alrededor con fuerza.
Y, entonces fue cuando sentí lo que era el dolor.
Lloré.
Mi sangre era drenada a una velocidad inimaginable, como cuando se bebe a través de una pajilla el jugo de naranja.
Gritar, llorar, golpear, arañar…, nada de eso hacía. No tenía armas con qué defenderme, estaba debilitada, en sus manos, casi desfallecida. Se me nublaba la visión.
¿Qué era arriba?
¿Qué era abajo?
Nada tenía sentido.
Mi corazón pasó de palpitar frenético, a dar unos cuantos latidos; era mi fin, ya nada importaba, la muerte se alzaba sobre mí, cubriéndome con su manto negro. El lamento de haber perdido la batalla sin haberla librado, me amargaba, pues lo más preciado que podría tener cualquier ser humano, fue arrebatado por un vampiro que se había saciado con...
Mi vida.

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