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sábado, 14 de enero de 2017

Prólogo



Era primero de abril y amanecía en un pueblo que no conocía. Según lo investigado, Isla Esmeralda formaba parte de Bogue Banks, una isla de barrera en el condado de Carteret al sureste de Carolina del Norte.
Tía manejó su Volkswagen del 69. Yo no tenía humor para estar detrás del volante de mi auto, estaba trasnochada y mi sentido de la orientación caía en cero. Aún traía el cansancio del día anterior cuando abandoné Nueva York para emprender otra etapa en mi vida. La muerte de mi padre en un avión, me trastocó todo. Quién iba a decir que a mis 19 años había sufrido tanto.
Cruzamos el puente de Atlantic Beach, uno de los dos que comunicaban con el resto del continente y que se encontraban en cada extremo de la isla. El tablero colgado arriba de los semáforos indicaba la ruta que debíamos tomar. Doblamos a la derecha, por la carretera 70, hacia Morehead City.
Tía fue amable en ofrecerme trabajo, a pesar de haber recibido como herencia una módica cantidad de dinero y la casa de veraneo en la que ella vivía. Lo hacía para que me adaptara y resolviera mi futuro. Era una mujer independiente, próspera y dueña de una tienda de antigüedades que la ha mantenido solvente económicamente durante muchos años.
Al acercarnos a la comunidad, noté que algunas personas nos miraban desde lejos. Unos sonreían y otros fruncían las cejas como si les causáramos desagrado. Tal vez se debía al mal carácter de tía Matilde, que no era una dulce anciana, y, por extensión, me juzgaban por ser su familiar sin conocerme.
Tuve una fea sensación al entrar al anticuario, un frío intenso que me caló hasta los huesos. La piel se me puso de gallina; afuera, el clima era cálido y el termostato al lado de la puerta indicaba 22°C. El lugar era pequeño para la gran cantidad de objetos que se encontraban amontonados unos sobre otros.
Me miré en un espejo victoriano de medio cuerpo, y desaprobé la imagen que allí se reflejaba: flacucha, cabello negro y erizado, hasta la mitad de la espalda, y con un escaso metro sesenta y cinco de estatura. No era una modelo de pasarela, pero mis rasgos no pasaban desapercibidos por ahí: la piel trigueña y boca grande –heredado de mi madre–, con el que le arranqué miles de besos a mis ex novios; el rostro ovalado y los ojos marrones –aporte genético de mi padre–, «mejoraba» un poco mi apariencia física; y la personalidad explosiva –regalo de tía Matilde–, me ayudaba a tener pocos amigos y muchos enemigos.
Sonreí con desgana y el sonido de la campanilla de la puerta me sacó del letargo.
—¡Por fin llegaste, gruñona! —gritó un anciano con alegría.
Tía se sobresaltó y se acomodó rápido su cabello negro azabache que le llegaba hasta los hombros. A pesar del hecho de tener más de 62 años de edad, no permitía que las canas le incrementaran la edad. Se lo teñía para verse más «joven».
—¡Sabes muy bien que no me gusta que me llamen así! —replicó ella con una leve sonrisa.
—Veo que por fin encontraste otra ayudante —dijo el desconocido. El hombre era alto, robusto y canoso.
—Es la sobrina de quién te hablé —respondió ella, haciendo un ademán con su mano en mi dirección—. Querida, te presento a Peter Burns, amigo entrometido y gran cocinero.
El anciano se dirigió a mí, enfocando los ojos azules detrás de sus anteojos.
—Encantado de conocerla, jovencita. Tan hermosa como su tía —me besó la mano. Y luego con una sonrisa pícara, preguntó—: ¿Ya le dieron la «bienvenida»?
Extrañada, no supe qué contestar.
—¡Peter! —tía lo reprendió. Sus ojos negros estaban abiertos como platos.
Él se rio como si hubiese dicho algún chiste privado.
—Ya se la darán… —dijo socarrón.
Tía gruñó y se cruzó de brazos, enojada.
—Allison —ella me llamó—, si quieres puedes dar una vuelta por Morehead City para que lo conozcas. Tengo que hablar un «asuntito» con este señor.
Asentí sin replicar. Era el momento indicado para caminar y respirar aire fresco. La pequeña ciudad portuaria no se comparaba con nada a lo que haya visto en el pasado. Formaba parte de la llamada Costa de Cristal, por su increíble auge y poder económico, por la belleza de su paisaje y atracción turística.
Pero las miradas curiosas de los lugareños me intimidaron mientras caminaba por los alrededores. Me observaban con cierto enojo, como si les estuviera invadiendo su territorio.
Incómoda, crucé la calle sin percatarme que un descapotable negro se aproximaba a alta velocidad.
¡Cielos!
El deportivo frenó a tan solo centímetros de mis rodillas y el conductor me miró boquiabierto por encima del parabrisas.
Estaba sorprendido.
—¡Está en rojo, animal! —grité furiosa—. ¡¿Eres miope?!
En el momento, él no reaccionó, pero las bocinas de los otros autos lo despabilaron, haciendo que pusiera el suyo en marcha rápidamente. Terminé de cruzar la calle, rezongando por su imprudencia. ¡¿Qué le pasaba a la gente que no respetaba las señales de tránsito?!
—¡¿Sabes a quién le acabas de gritar?! —expresó un chico que vio todo desde la acera.
—No sé, ¿a quién? —pregunté de mala gana mientras me acercaba a él. Las piernas me temblaban del susto.
—¡A  David Colbert! —dijo.
Me encogí de hombros, indiferente.
—¿Y quién es «David Colbert»? —gruñí sin dejar de sentir que el nombre me resultó conocido.
Los ojos de chico se iluminaron emocionados como si le hubieran hablado del mismísimo Dios en la Tierra.
—Es el hombre más apuesto y misterioso de toda Carolina del Norte, sin contar con el dinero que tiene. Todas las mujeres se mueren por salir con él. ¡Incluyéndome!
Lo escaneé con la mirada. No había que ser un genio para darse cuenta que el chico era gay. Alto, pelo decolorado y un look muy de los años ochenta, declarando abiertamente, lo poco que le importaba guardar las apariencias. Si viviera en Nueva York pasaría por un residente más. Se adaptaría a la  perfección.
—No es más que un burro al volante —espeté y comencé a caminar para continuar con el recorrido.
El chico abrió la boca, perplejo por mi comentario, y me siguió como si nos tuviéramos confianza.
—Qué agria eres… —dijo.
Le puse los ojos en blanco y, al instante, no pude evitar observar al extraño hombre seguirme con la mirada desde su vehículo; o eso me pareció, dado los anteojos de aviador que le ocultaban los ojos. A pesar de la gorra y los lentes oscuros que le cubrían la mitad del rostro, se veía que era guapo. Enseguida me arrepentí de mi conducta impulsiva, y más cuando me fijé que el deportivo se deteníaen un edificio justo enfrente de la tienda de antigüedades.
—¿Verdad que es guapo? —sonrió el chico, ensoñador.
—Eh... ¿quién?
—¡David Colbert! —exclamó impaciente.
Resoplé.
—No me gusta —refuté.
—Hum... —entrecerró los ojos con suspicacia—. No te pregunté si te gustaba. ¡Te pregunté si te parecía guapo!
Parpadeé, sorprendida de mi reacción.
—Si te gustan los desaliñados… —expresé desdeñosa, pero enseguida me arrepentí. ¿Acaso había tenido tiempo de ver bien su aspecto? Apenas le vi el rostro.

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