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domingo, 15 de enero de 2017

Prólogo

—Vaya, qué raro encontrarte aquí. Al parecer te gusta estar al lado de la comida —espetó Patricia Fuenmayor, entrando a la cocina. Lucía un vestido negro ajustado que le llegaba justo debajo de las nalgas.
Solté en la bandeja, la bolita de carne que estuve a punto de probar. El apetito se esfumó tan pronto ella hizo acto de presencia.
—¿Cuál es el problema? —repliqué con la lengua adormecida por el licor, detestando que siempre encontrara algún pretexto para criticarme.
Patricia, contoneando sus anchas caderas, se acercó hasta la encimera central y se sirvió más hielo para su bebida.
—Ninguno —respondió sin mirarme. Le sonrió a un chico que pasaba por su lado y que, un minuto antes, sacó una cerveza de la nevera.
—¿Pero…? —la insté a hablar. La conocía muy bien para saber que tenía un «pero» atragantado en la garganta.
Ella me miró de arriba abajo y desaprobó mi indumentaria.
—Si sigues comiendo de esa manera, parecerás una ballena. Mírate, esa blusa está apunto de expulsar los botones. ¡Se te notan los cauchitos!
En un reflejo, encogí la panza para verme más «delgada».
—¿Y a ti qué te importa? —la increpé tomando de nuevo la carne y zampándomela a la boca. No me dejaría amilanar por esa idiota.
Patricia echó hacia atrás su abundante melena negra y respondió:
—Me importas poco. Para mí eres un cero a la izquierda, gorda y sin gusto por la moda.
Sonreí mordaz. Me criticaba y era igual que yo: bajita, morena y pasada de peso.
—Un burro hablando de orejas…
La otra se tensó.
—¿Qué quisiste decir con eso?
Me encogí de hombros. La dejaría con el misterio para que lo resolviera después.
—Nada. Solo decía.
Patricia dejó el vaso que sostenía en la encimera y puso las manos en su cintura.
—¿Crees que eres mejor que yo? —Chasqueó los labios en ademán negativo—. Te equivocas, querida, te supero en muchos términos.
Di dos pasos hacia ella y la encaré.
—¿Lo dices por la fortuna de tus padres?
Esta se cruzó de brazos, airada.
—Lo digo por todo.
Entrecerré los ojos, dispuesta a fracturarle su aristocrática nariz de un puñetazo.
—¿Cómo, qué…? —la desafié a que escupiera su veneno.
Patricia miró por sobre su hombro hacia la sala. Los compañeros de la facultad de Derecho, charlaban y reían, celebrando el cumpleaños número 22 de Isaac Martínez, novio de la engreída con aires de superioridad. Ninguno se daba cuenta que a escasos metros estaba por iniciarse la Tercera Guerra Mundial.
—No tienes lo que yo tengo —siseó.
Puse los ojos en blanco.
—Habla claro… —Me tenía cansada sus ridiculeces.
Se tomó un segundo, mirándome de soslayo.
—Isaac.
Parpadeé.
—¿Qué hay con él?
—Te gusta.
En un sentido auto protector, negué con la cabeza.
—Solo es mi amigo —mentí—, y lo quiero.
—Seguro… Tanto así, que babeas por él.
—¡Eso no es cierto!
—¿Ah, no? —Sus ojos oscuros se tornaron escrutadores—. ¿Niegas que lo preguntes a cada instante?
—Por supuesto, idiota, no lo dejas solo nunca. Carlos y Armando se quejan de que ha cambiado mucho; de no ser porque vamos a la misma universidad, ni le vemos la jeta.
—Él prefiere estar conmigo que con gente sin clase.
Qué ridícula...
—Ay, por favor… ¡Bájate de esa nube! Lo acaparas, valiéndote, quién sabe de qué, para que no visite a sus amigos.
Las aletas de la nariz de Patricia se abanicaron por la rabia. Sin proponérmelo, le toqué una fibra sensible.
—Y a ti te afecta más que nadie —graznó.
Conté hasta diez para no estallar. Odiaba admitirlo, pero tenía razón: yo más que nadie sufría por sus ausencias.
Lo extrañaba.
—Es mi amigo.
Patricia dio un paso hacia mí y me apuntó con el dedo acusador.
—«Amigo», ratón del queso —replicó haciendo referencia a que mi sentir hacia su novio era más profundo—. Eres una mojigata[1].
La sangre me hirvió.
—Cuidado con lo que dices.
Esta alzó la mandíbula una pulgada.
—¿Por qué?, ¿qué me vas hacer? ¿Vas a golpearme, mojigata?
—Patricia… Te lo advierto: apártate. —Su rostro lo tenía a centímetros del mío, desafiante.
Ella sonrió despectiva.  
—Mo-ji-ga-ta.
Ufs. ¡Ya me hartó!
La abofeteé.
Ella se sobó la mejilla, sorprendida. No se esperaba mi violenta reacción.
—¡Maldita! —Se abalanzó sobre mí para golpearme.
Las botellas, vasos y todo cuanto había en la cocina cayó al piso al instante. Patricia y yo nos agarramos de las greñas con fuerza. Los arañazos comenzaron a marcarse en la piel de nuestros brazos, nos comportábamos como dos gatas salvajes que defendían su territorio; una pugna de poder, por la más fuerte y por la que se quedaba con el macho alfa.
—¡Eh, deténgase!
—¡¡Pelea!! —exclamó un chico emocionado, detrás del otro.
En cuestión de segundos, la cocina fue invadida por los invitados.
En un hábil movimiento, tumbé a Patricia y me puse sobre ella a horcajadas.
Le di un par de puñetazos. Su rostro sangriento se movía a ambos lados.
—¡Auxilio! ¡Alguien que me ayude! —gritaba atemorizada. Enfureció a una leona, ahora que se aguantara.
—¡ANDREA! —estalló el agasajado de la fiesta.
Corrió hacia mí, y me rodeó la cintura, levantándome con rudeza.
—¡Suéltame! —grité con ganas de seguir dándole a esa bastarda su merecido.
Isaac me lanzó hacia Laura y Verónica, que me sujetaron de los brazos enseguida.
Acudió hacia Patricia, auscultando sus heridas.
Ella lo abrazó, echa un mar de lágrimas.  
—¡Me atacó! —chilló señalándome temblorosa—. ¡No le hice nada y me atacó!
—¡Mentira! —repliqué, removiéndome de las manos de mis amigas. La condenada se hacía la víctima—. ¡Tú comenzaste! —Bueno, di el primer golpe, pero ella inició el enfrentamiento.
Patricia lloró con más ahínco, negando con la cabeza.
Isaac la ayudó a levantarse con cuidado.
—¡¿Qué te pasa?! —increpó, escandalizado de mis actos—. ¿Por qué la atacaste?
 —Por celos —respondió Patricia por mí—. Me odia porque soy tu novia.
Los presentes me escanearon con severidad. Tenían ante ellos a una mujer envidiosa que hacía todo por separar a una pareja que se amaba.
Sin embargo, yo no era así.
La odiaba, pero no para provocar su rompimiento.
—Salgan todos. Necesito hablar con ella a solas —pidió Isaac a los que nos rodeaba.
Los aludidos murmuraron entre ellos, dando la vuelta hacia la sala. Laura y Verónica me soltaron y obsequiaron una sonrisa entristecida, acatando la orden.
—También tú —agregó él, acariciando el cabello de Patricia.
Esta lo besó en los labios y me miró con un triunfo brillando en sus ojos de carbón. Si antes maquinó para alejarnos, logrando un relativo éxito, ahora lo conseguía por completo.
Isaac y yo quedamos a solas en la cocina.
Antes de iniciar cualquier tipo de conversación, caminó hacia la puerta que divide las dos áreas de su casa, cerrándola para mayor privacidad. Así nadie prestaría oídos a lo que tendría que decirme.
—¿Por qué la odias? —inquirió en tono acusador.
—No la odio.
Sí la odiaba.
—Y los golpes, ¿qué? ¿Fueron de gratis?
Sacudí la cabeza.
—Déjame que te explique.
Él alzó una mano para que me callara.
—¿Sabes cómo te hace quedar todo esto? ¿Lo sabes?
Ni negué ni asentí. Por supuesto que lo sabía.
En una tonta.
—Ella te manipula —le hice ver.
—¡Y tienes que golpearla! —estalló.
—No, pero…
—¿Pero, qué…? ¿Ah? Desde el día en que te la presenté, la tuviste entre ceja y ceja. Ella hace lo posible por agradarte y tú la tratas mal.
Jadeé. La engreída era astuta.
—Todo lo contrario —repliqué—. Se ha encargado de mantenerte alejado de nosotros. Ya no compartes, ni respondes a nuestras llamadas.
—He estado ocupado.
—Con Patricia —reproché con ojeriza.
—¿Y qué? —espetó—. Es mi novia. Tú no tienes por qué entrometerte.
Bajé la mirada, entristecida. Isaac había cambiado.
—Tienes razón —musité—, no tengo por qué hacerlo. Lo siento. No volverá a suceder.
Un silencio abrumador nos envolvió. En sus ojos avellana reflejaba el enojo, y los míos, dolor.
—Me decepcionas, Andrea. Te creí mi amiga, pero no lo eres.
Con las lágrimas a punto de delatarme, abrí la boca para replicar.
Pero él no permitió que me defendiera. Me dio la espalda y se marchó de la cocina, dejándome sola.
Lloré. La amistad entre Isaac y yo terminó. 
Y todo gracias a una anaconda.







[1] Melindrosa, puritana, escrupulosa, gazmoña, hipócrita.

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