sábado, 5 de mayo de 2018

Capítulo 4

Tres meses después.

Donovan Baldassari observaba con melancolía el amanecer. En esa parte del continente, los rayos solares incidían con menor vigor; por lo que, el neonato, lo apreciaba a cabalidad.
Estaba sentado en el pórtico de su cabaña, con los pies en alto sobre la baranda y la silla reclinada contra la pared.
Después del incidente en Bamburgh, se marchó de Inglaterra hacia tierras inhóspitas donde nadie lo molestara. Allison le imploró que se quedara, pero él no estaba allí para ser un peón más; había nacido para cosas mejores, y obedecer a un chupasangre antiguo, no se contaba entre sus planes.
Reconocía que cuando estuvo al borde de la muerte, aceptó convertirse en uno de ellos. Sin embargo, ¡se le hacía insoportable! Aún se sentía como un Portador, a pesar de que la hermandad era un nido de ratas. Solo necesitaba depurarse para que todo se encausara por la senda correcta…
Soportar el desarraigo, lo mantenía de un humor de perros. Bamburgh nunca fue su hogar, al igual que el Zigurat dejó de serlo, hacía mucho. Era un alma errante, que vagaba sin rumbo, y sin saber a dónde ir o con quiénes relacionarse. No se arrepentía de volarle los dientes al malnacido aquel, aunque lamentaba haber lastimado a los que a él tanto le importaba; incluyendo a Lily Acevedo, la morena de piel canela que le gustó la temporada pasada. Pero para Donovan no fue suficiente; lo que tuvo con esta, apenas fue un enamoramiento pasajero.
Él albergaba sentimientos más profundos hacia su mejor amiga. Allison era el amor que siempre quiso y nunca pudo tener. Por ese motivo, era mejor marcar las distancias antes de sumirse en la depresión.
Aun así, no pudo evitar que Lily llorara su partida y jurara esperarle si él volvía. Lo que sería imposible; permanecer más tiempo entre esa gente, supondría volverse loco; por lo que prefirió ignorar la promesa de la chica y rogar a que se fijara en otro, del que la hiciera feliz.  
Él necesitaba encontrar su lugar, así fuese en el Cielo o el Infierno…
Aspiró profundo una bocanada grande de aire, llenando sus pulmones a la máxima capacidad, y luego la soltó de golpe, con una sonrisa satisfecha. Por esas latitudes, el oxígeno gozaba de su pureza, sin contaminaciones propias del monóxido de los autos o las motocicletas. Las montañas nevadas, le obsequiaban una maravillosa visión de la que se deleitaba cada vez que allí se sentaba. Tomaba su taza de plasma, con un regusto que lo hacía sentir culpable. Suiza se le antojaba tranquilizadora para su volátil genio. A pesar de que no sería el país definitivo del que pasaría el resto de sus días, de momento, permanecería dentro de sus fronteras, hasta resolver qué hacer con su vida.
Sonrió sin que la alegría llegase a sus ojos oceánicos. ¿Quién lo diría? Marianna antes se comportaba como una niña caprichosa, ahora le tocaba a él el turno de sufrir la transición neonatal.
Ni David, ni Sven, deseaban tenerlo en sus filas. Un vampiro temperamental, que lanzaba psiballs cada vez que le sacaban de las casillas, era para cometer asesinato.
Cerró los ojos y disfrutó de la briza que acariciaba su rostro. Tres meses habían pasado al refugiarse por esos parajes. Cada noche soñaba que comía pollo rostizado en salsa agridulce, y luego despertaba, encontrándose con su patética realidad.
El sol comenzaba a anunciarse, extendiendo sus tentáculos hacia él, y amenazar con abrasarlo, hasta convertir su cuerpo en cenizas.
Una contradicción, teniendo en cuenta que, entre los dones de Donovan, resaltaba la piroquinesis.
Y, como tal, debía soportar el sol con aplomo.
No obstante, dicho «don», era una especie de castigo que, Dios o quién fuera, le impuso, para que este llevara más allá del límite, cada una de sus moléculas, y mantuviese a raya a sus seres queridos. Era un fenómeno entre su clase. Creaba fuego, pero moría bajo otro que se extendía por el firmamento.
Un día de aburrimiento, quiso probar una teoría: Si él, como vampiro piroquinético, no se calcinaba…, podría soportar las inclemencias de los rayos solares de igual modo.
En pleno mediodía, subió a la superficie, para exponerse en los jardines internos de Bamburgh. Si todo salía bien, el astro rey lo abrasaría como a un humano común, y no causaría conmoción entre los visitantes del castillo. Él solo sería un chico pálido que paseaba por el entorno, con los brazos extendidos a los lados y una sonrisa dibujada en el rostro...
Pero se equivocó.
Apenas extendió la mano hacia el sol… se quemó.
Dicha osadía, le valió una amenaza de Sven y una jalada de orejas de Marianna, quienes fueron notificados por Yeeslane Torres desde el Área de los Monitores.
Suspiró entristecido.
¡Qué ganas tenía de retroceder el tiempo y decirle a su hermana que lo dejase morir!
Habría sido mejor yacer en una tumba, que vivir de esa manera. Se sentía salvaje, inhumano…
Gruñó. ¡Él no era así! Ocultándose en las sombras, huyendo del sol, cuando él tenía la capacidad de producir una ínfima parte de este.
Entonces… ¿qué iba hacer?, ¿seguir lamentándose de ser vampiro?
Por supuesto que no.
Tenía que redimirse. Pero a los pies de un Grigori no sería.
Taca, taca, taca, taca, taca, taca…
—Pero, ¿qué demonios…? —A sus oídos, llegó el ruido que produce el rotor de un helicóptero cuando se acerca.
Donovan saltó de la silla, enfocando la vista hacia arriba, y sin poder salir del pórtico, para buscarlo. El sol, a pesar de su incipiente incandescencia, le impedía que cruzara la línea que lo mantenía resguardado.   
Se limitó a observar el helicóptero que sobrevolaba el espacio aéreo, a baja altura. En su fuselaje, carecía de escudo o emblema que identificara, si este pertenecía a la milicia o a alguna empresa que lo acreditara.
Lo siguió con la mirada, sopesando, si él debía correr al bosque que colindaba con la cabaña y esconderse bajo la copa de los árboles, o arriesgarse a un posible ataque. Nunca bajaba la guardia, por muy «inocente» que fuera lo que se le presentara.
—Saludos, joven Donovan.
La presencia, imprevista del anciano, sobresaltó al aludido.
Oron se proyectó en medio del pórtico, junto con seis portadores que lo miraban con cara de pocos amigos; entre ellos, Kitzia Garko. Ambos telequinéticos se encargarían de inmovilizarlo, de ser necesario.
Donovan se preparó para un enfrentamiento, preguntándose en su fuero interno cómo dieron con su paradero. Jamás permanecía por más de una semana en un sitio fijo.
Oron levantó las manos incorpóreas para que nadie lastimase al muchacho. Muerto, de nada les serviría. 
—Vinimos en son de paz —dijo con su habitual parsimonia en la voz, para que este se calmara. El helicóptero aterrizó a escasos metros de la cabaña, descendiendo sus tripulantes al instante, con sus armas de largo alcance apuntando hacia la cabeza del renegado.
—Y si vinieron en «son de paz», ¿por qué las armas? —inquirió Donovan con desdén, midiéndolos a todos con precaución. El número de Portadores y Descendientes lo superaban con creces. 
Oron esbozó una sonrisa a medias.
—Es precaución. Es todo.
—¿De que los ataque?
—Digamos… de su «volubilidad».
¡¿Su qué…?!
—¡¿Me está insultando?!
Los ancianos rieron ante un chiste que Donovan no comprendió.
—¿Cómo lleva el cambio? —Oron le lanzó otra pregunta, eludiendo la suya.
—Una «maravilla…» —masculló el otro.
Kitzia lo miró con rabia y los demás se mantenían cautos de recibir una embestida.
—¿Qué extraño? —replicó Oron—. No es lo que percibo en usted. Más bien: añoranza.
Los Portadores contuvieron una sarcástica risa. Los Nocturnos eran la peor plaga que azotaba a la humanidad.
Eran parásitos.
Donovan, inquieto, cambió el peso de su cuerpo en sus pies. El vejestorio tenía la capacidad de observar el pasado con tan solo posar la mano sobre la cabeza de una persona.  Con «ver» lo que él meditó hacía diez minutos, era suficiente.
—Bueno, qué se le va hacer… Lo hecho: hecho está —admitió su descontento. ¿De qué servía mentir, cuando ellos tenían la capacidad de desnudarle hasta el alma?
Oron sonrió con soterrada satisfacción. ¡Cómo le placía escuchar eso!
—¿Está conforme con lo que es? O desea ser lo que una vez fue…
El joven Tridente lo meditó.
¿Vagar por las sombras con sus poderes descontrolados, o caminar durante el día, siendo un Portador poderoso?
¿Qué trampas le fraguaron?
Aun así, respondió:
—Estoy conforme con lo que soy.
—¡Siendo una aberración! —escupió Demetrio Álvarez, quién pugnaba por hacer temblar la tierra con su mente para que se abriera y se tragara al bastardo.
 Donovan retrocedió unos pasos para entablar distancia con los ancianos.
—¡Y ustedes, ¿qué…?!  ¡¡¿NO LO SON?!! —rugió, empuñando las manos.
—Hermanos míos —Oron se dirigió a sus acompañantes proyectados—, déjenme a solas con…
—¡Es peligroso! —protestó Kytzia ante el pedido descabellado del Augur.
—Por favor —este insistió—, se los ruego. —Era imperativo que el joven Baldassari confiara en él. De lo contrario, todo esfuerzo por destruir a la Tríada y a los Caídos, sería infructuoso.
Los ancianos obedecieron con reticencia. A pesar de que el muchacho era inestable, Oron sabía muy bien lo que hacía.
Uno a uno, desaparecían del pórtico, como fantasmas que cruzaban al más allá. En este caso, a sus cuerpos de carne y hueso, ubicados a kilómetros de allí.
—Los demás, regresen al helicóptero —Oron continuó con el pedido a los Descendientes, y esperó a que los jóvenes cumpliesen con la orden impuesta.
Luego volvió su mirada hacia Donovan y sonrió.
—Disculpa a nuestro hermano; su lengua es locuaz. Pero tiene razón: ser vampiro es una aberración. Está en contra de todos los sagrados preceptos de nuestro Creador. Permítanos ayudarle.
—¿Y de qué manera sería, ¿eh? ¿Lavándome el cerebro, cómo cuando me atraparon? No, gracias. Ya me lo hicieron una vez, ¿recuerda? Me convirtieron en su perrito faldero, después de que me azotaran la espalda. —Castigo que se había ganado hace cuatro años por ser cómplice en la huida de Noah y Allison para cruzar la dimensión, y salvar la vida de sus familiares. El condenado de David Colbert los mantuvo cautivos, exigiendo un intercambio. La vida de estos por Allison.
Su obsesión por ella, lo orilló a tomar medidas extremas para recuperarla.
Oron lo miró condescendiente.
—Nosotros sufrimos con usted, joven Donovan. Lo que uno sufre…
—Sí, sí, sí. Ya lo sé: «Todos los sufrimos» —concluyó este con resquemor—. No me venga con esa mierda de la «unidad y el amor», porque se lo puede meter por el culo. Ya no me la creo.
Oron asintió sin refutar. Dejaría que el muchacho desahogara su sentir.
—Es la verdad —insistió—. El lazo áurico que nos une, va más allá de lo simple y lo ordinario. En usted, no está permanecer en la oscuridad. ¡Es un ser de luz! Y, como tal, se resiste al cambio. ¿O es mentira lo que expreso?
Donovan bajó la mirada.
—Vamos… —el anciano lo animó—. Acompáñenos. Vuelva a ser uno de nosotros. Lo recibiremos con los brazos abiertos.
—¿Volver?  —el otro lo miró perplejo.
—¿Por qué lo duda?
—Tal vez, porque son unos hijos de putas mentirosos. —Apenas pusiera un pie en el Zigurat, le dispararían en medio de los ojos. Dudaba que los residentes de la ciudad amurallada, aceptaran de buena gana su retorno. 
Oron sacudió la cabeza.
—Defendemos lo que amamos.
—¿A expensas de nuestra propia felicidad?
—¿A expensas del bien común? ¿Acaso ya no le importa la humanidad? A pesar de que es un vampiro, en usted hay trazas de humanidad. No las desoiga.
—Y si me niego, ¿qué? ¿Me matarán? Aquellos… —señaló a los Descendientes cerca del helicóptero—, están listos para hacerlo.
—Le prometo que partiremos sin disparar una bala o un psiball. Todo está en usted.
Donovan deseaba patearle el trasero al anciano; por desgracia, estaba ahí, proyectado, y en clara ventaja.
Si lanzaba un psiball, lo más seguro, es que le regresasen cien.
Sin embargo, se relajó, y se sentó en la silla, donde minutos atrás, observaba la salida del sol.
—No es una decisión que deba tomar así nomás —dijo.
Oron dio un paso al frente. No le convenía que este lo pensase mucho o que consultara con terceras personas; lo más probable, es que lo convencieran de lo contrario.
—Me temo que es una oferta que no se volverá a presentar. Y los Tridentes son nuestros hijos más amados. —Suspiró—. Donovan… —lo llamó—. Yo perdí al mío a causa de esa vampira. Y deseo, más que nadie, que recapacite y retorne a casa. Lo amo y sufro por él, porque la lujuria a nublado su raciocinio, al igual que la señorita Allison, con el británico. No sea usted, uno de ellos. ¡Puede volver a ser humano! 
Humano…
Ese regalo se lo dieron una vez a su hermana, y esta lo rechazó.
Ahora se lo ofrecían a él.
Respiró profundo. ¿Qué tenía que perder?
Era problemático, no agradaba ni a los chupasangres, y le costaba relacionarse con una mujer. Al menos, estaría entre los suyos, hasta ganarse el perdón.
Miró hacia el helicóptero y luego a Oron que aguardaba con un brillo acerado en sus incorpóreos ojos envejecidos.
—Está bien —aceptó—. Volvamos a casa.
El anciano sonrió triunfal.
No se equivocó al asegurarle a sus coterráneos, de que el muchacho era el más poderoso de la hermandad, y, a su vez…, el más débil.


6 comentarios:

  1. No puede ser que Donovan regrese con los portadores no esperaba esto de el

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    1. Por la razón de que él está confundido. Pero no es tonto, sabe con quiénes está tratando. Pero más puede el vínculo Aural que tiene con los ancianos.

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  2. NOOOOOO NOOOO Y MAS NOOO!!! Al igual que Marisol Rivera, no me esperaba q tan facil aceptara irse con ellos, yo lo hubiera pensado mas, recordar que me caatigaron y que tampoco son blancas palomitas, tambien tienen sus pecados...

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    1. El destino le tiene deparado una sorpresa a él. Todo sucede por una causa. <3

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  3. Pero se ablando muy,muy rápido y eso que es conoce bien lo mentirosos que son en la hermandad,bueno,lo que le pase,se lo busco,allá él, por inestable y además se hace mucho el guapito.

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    1. A primera vista, sí. Pero deben tener en cuenta que Donovan tiene el sentido del arraigo hacia los suyos. Los dones aurales, mantiene a los Portados atados. ¿Recuerda lo que le pasó a Noah?, ¿cómo él se sentía? Hasta Allison en su momento... Esto lo he resaltado muchas veces. :D Además, Donovan por ser piroquinetico es el más impulsivo. Pobre... no sabe lo que le espera. jajaja

      ¡Gracias, bella por pasarte! :D

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